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jueves, agosto 16, 2007

GUIA HOLMESIANA PARA JÓVENES INVESTIGADORES: BIBLIOTECA SELECTA DE LECTURAS SECRETAS (II)

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Recomendada para:
Amantes de Michael Chabon que leyeron en su juventud a Conan Doyle y ahora prefieren olvidarlo como una lectura culposa y se sienten importantes por leer al narrador norteamericano. Quiero decir: La solución final con sus guiños deliciosos (nada gratuitos, pajeros a ratos, demasiado bien insertados como para desmerecer con ese final), con su resolución canónica (que Holmes no sea capaz de resolver el misterio) traiciona a Holmes en lo esencial: de acuerdo, se trataba de hacer una historia apócrifa. Bien, el joven detective debe saber que los problemas no van por ahí ni de lejos: el problema de Chabon es que en su intención de homenajear al relato Conandoylesco ha olvidado la pasión y lo ha usado para tejer una típica novela moral. En pocas palabras: La solución final tiene un estilo elegante y delicioso, inusual, con las metáforas más bellas que puedan ustedes imaginar en Chabon, pero no tiene alma: tiene una moraleja que huele a naftalina por lo usada que está (¡otra vez los jewish como víctimas! ¡otra vez el horror del nazismo!) y un error de la misma envergadura que cada hallazgo que presenta, y por desgracia en este tira-afloja entre buenos y malos momentos (ej: el concepto del final del misterio sin resolver con la moraleja vs la resolución del asesinato y la poca profundidad en un personaje tan sugerente como Kalb; lo innecesarios que resultan los diálogos con Panicker contra lo brillante de presentar a un Holmes crepuscular decididamente icónico) parece que ganan los segundos.

Una madeja enmarañada:
El anciano, o sea Holmes, se encuentra con un extraño compañero en su retiro en la campiña inglesa: un muchacho judío y mudo llamado Linus Steinmann que lleva un loro llamado Bruno que recita extrañas combinaciones numéricas que muchos ven como códigos militares. Las cosas se complican cuando también, Mr. Shane, de la Oficina de asuntos exteriores que se negaba a informar sobre el asunto del loro y aparece asesinado. El anciano vuelve a la acción para resolver este doble misterio.

El informe:
“Muy bien. -El anciano soltó una risita reseca, dirigida enteramente a sí mismo-. He tomado en consideración las necesidades de mis abejas. Y creo que puedo perder unas pocas horas. Así pues, les ayudaré .Levantó un dedo largo a modo de advertencia-. A encontrar el loro del chico.-Laboriosamente, y con un aire que rechazaba de antemano cualquier ofrecimiento de ayuda, el anciano, apoyándose pesadamente en su bastn negro y lleno de muescas, se puso de pie-. Si por el camino no sencontramos al verdadero asesino, bueno, pues mejor para ustedes.”

Con Lupa:
“El anciano había vistado una vez con anterioridad Gabriel Parke; debió ser en algún momento de la década de 1890. Entonces también se había tratado de un caso de asesinato y, también había un animal de por medio: una gata siamesa, laboriosamente adiestrada para administrar un veneno malayo muy raro frotando sus biogotes contra los labios de la víctima”

miércoles, marzo 21, 2007

Ultimate Sherlock Holmes

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Para compensar todo este torbellino de retrasos holmesianos... próximamente.... un macroespecial que no olvidarán. Mientras debería decir algo al respecto de lo de Neil Marshall ¿eh?

Pero si ya está la genial Young Sherlock Holmes, dirán. La idea de un Ultimate Sherlock Holmes (porqué nada de SH begins ¿eh? tiene que ser Ultimate para que sea molón) me parece muy atractiva siempre y cuando se haga una secuela conceptual de las virtudes de Levinson que deben ser asumidas por cualquier pupilo. La elección de Marshall de momento no me parece pero que Levinson/Spielberg/Amblin ya nos demostró que se puede reeditar a un mito siendo pulposo y fiel a la vez. No intenten irse por los cerros de úbeda pero construyan desde la dinamitzación. Y lean a Kim Newman, por favor. (ya saben lo que le pasó a Bryan Singer con otro símbolo por leer poco y ser nostálgico, ya lo saben).

Noel y yo tenemos una idea genial que debería ser tenida en cuenta por los más poderosos ejecutivos.:
Nuestra historia se estructura en una partida de ajedrez, en blanco y negro, una noche de lluvia con unos derrocados y ancianos Sherlock Holmes y James Moriarty. El corpus narrativo debe ser un largo flashback que corresponda a cada movimiento, por el amor de Nabokov.

miércoles, enero 03, 2007

GUÍA HOLMESIANA PARA JÓVENES INVESTIGADORES: BIBLIOTECA SELECTA DE LECTURAS SECRETAS (I)

[....]indagar en el siempre inabarcable mundo de los bootlegs, oficiales y oficiosos (ya saben, Holmes se enfrenta a Jack el Destripador, o el doctor Watson es en realidad Arthur Conan Doyle travestido y sin sífilis)
JOHN TONES

El joven detective debe tener como linterna un libro llamado Sherlock Holmes. Biografía del experto maestro Paul M. Viejo que sirve para situarse un poco en el intricado mundo de las cronologías (que él ya aclaró en la primera entrega, por cierto) que rodean al mito. Y después al adentrarse debe tener en cuenta la modernidad de Holmes como icono pop pionero y la modernidad que hay también en sus mismas secuelas no oficiales.

Adrian Conan Doyle, hijo del autor, perpetró las historias según rumores basándose en los papeles ocultos de su progenitor de historias futuras. Lo hizo con la complicidad de John Dickson Carr, un autor de muy reivindicables novelas de misterio con un ojo puesto en los ambientes sobrenaturales clásicos (Inglaterra, historias de fantasmas, crímenes extraños) y el whodunit. A mi lo que me fascina del asunto es lo anticipatorio de su propuesta (no digo original) en el sentido de que se inventan historias ya mencionadas en las que pertenecen al canon, creando y explorando el universo del que son partícipes todos los fans a través de este acceso a los archivos secretos de Watson, o sea los casos que no debían publicarse para evitar escándalos.


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-LA AVENTURA DE LOS SIETE RELOJES.
Recomendada para: ¿Completistas? Todo lo contrario para divertidos investigadores dispuestos a ver más allá del legado continuista y apreciar los valores hiperbólicos y personalísimos del relato. También para jóvenes cronodetectives.
Una madeja enmarañada: Habían llegado hasta mí, de cuando en cuando, ciertos vagos rumores acerca de sus actividades: que lo habían llamado a Odesa cuando el asesinato de Trepoff […]
Un escándalo en Bohemia.
Una joven llamada Miss Forsythe recurre a Holmes para que averigüe el porqué de un tal Charles Hendon que tiene la extraña manía de destruir relojes. Sólo con este punto de partida (completamente trivial como dice Watson o mejor aún, absurdo) ya merecería ser adorado, pero además contiene deliciosos diálogos de doble sentido y muy sugerentes metáforas incorporadas por un Dickson Carr en un estado de gracia monumental deconstruyendo toda la mitología de Holmes con toda la ironía que era necesaria (y sin caer en la gruesa caricatura).
El informe:
—Me desespera el hacerlo, Mr. Holmes, aunque voy a intentarlo. Durante el pasado año, fui muy feliz con mi empleo en casa de Lady Mayo. Debo decirle que mis padres fallecieron, pero que recibí una esmerada educación y las referencias que pude obtener para ocupar la plaza vacante, fueron afortunadamente satisfactorias. Lady Mayo, he de reconocerlo, es en cierto modo de apariencia repelente. Es de la vieja escuela, augusta y severa. Sin embargo, para mí ha sido la amabilidad personificada. Fue ella quien sugirió que tomásemos las vacaciones en Suiza, temiendo que el aislamiento de Groxton Low Hall pudiera deprimirme el ánimo.
En el tren, entre París y Grindelwald, conocimos... a Charles. Debiera decir Mr. Charles Hendon.
Holmes se había retrepado de nuevo en el sillón, juntando las yemas de sus dedos, según era su hábito cuando se hallaba de talante judicial.

—¿Fue esta la primera vez que encontró al caballero?

—¡Oh, sí!

—Ya veo. ¿Y cómo trabaron conocimiento?

—Pues de una manera trivial. Mr. Holmes. Estábamos los tres solos en un compartimiento de primera clase. Los modales de Charles eran tan correctos, su voz tan bella, su sonrisa tan cautivadora...

—No lo dudo pero le ruego que sea precisa en los detalles.

Miss Forsythe abrió de par en par sus grandes ojos azules.

—Creo que fue la ventanilla —dijo—. Charles (debo decirles a usted que tiene unos ojos notables y un poblado bigote color castaño), se inclinó y solicitó de Lady Mayo el permiso para bajar la ventanilla. Ella asintió, y a los pocos momentos nos hallábamos todos charlando como antiguos amigos.

—¡Hum! Ya veo.
—Lady Mayo, a su vez, me presentó a Charles. El viaje a Grindelwald transcurrió rápida y felizmente. Pero no bien hubimos traspasado el umbral del “Hotel Splendide”, cuando ocurrió el primero de los horribles sobresaltos que han hecho desgraciada mi vida desde entonces... A pesar de su nombre, el hotel es más bien pequeño y encantador. Al instante supe que Mr. Hendon era un hombre de alguna importancia, aunque él se había descrito modestamente como un simple caballero que viajaba con sólo un criado. El gerente del hotel, Mr. Branger, se aproximó y se inclinó profundamente ante Lady Mayo y también ante Mr. Hendon. Este cruzó algunas palabras en voz baja con Mr. Branger, quien volvió a repetir la profunda reverencia. Con lo cual Charles se volvió sonriente... y de súbito se alteró toda su compostura...
Aún lo estoy viendo allí de pie, con su larga casaca y su sombrero de copa, y con un grueso bastón de paseo bajo el brazo. Su espalda estaba vuelta un semicírculo ornamental de helechos y siemprevivas que encuadraban una chimenea de baja repisa y sobre la cual se hallaba un reloj suizo de exquisito diseño... Hasta aquel momento yo no había parado mientes en el reloj. Pero Charles, profiriendo un grito ahogado, se abalanzó hacia el hogar. Alzando el pesado bastón de paseo, lo abatió contra el reloj, asestándole golpe tras golpe hasta dar con él, hecho triza, en el suelo...
Luego, giró en redondo y regresó lentamente. Sin media una sola palabra de explicación sacó de su bolsillo la cartera y entregó a Mr. Branger un billete de una cuantía superior a diez veces el precio del reloj, comenzando luego a hablar volublemente de otros asuntos... Ya puede usted imaginarse, Mr. Holmes, que todos los presentes nos quedamos, como es fácil comprender, de una pieza.
Mi impresión era que Lady Mayo estaba asustada, a pesar de toda su aparente dignidad. Sin embargo, juraría que Charles no se había sentido asustado, sino simplemente, furioso y resuelto. En aquel momento me fijé en el criado de Charles, que se encontraba de pie al fondo, en medio del equipaje. Era un hombre pequeño y flaco, cuyo rostro estaba poblado con unas patillas desmesuradas; rostro que traducía tan sólo una expresión de embarazo y, aunque me duela pronunciar la palabra, de profunda vergüenza también... No se pronunció ni una sola palabra, y el incidente fue olvidado. Durante dos días, Charles estuvo tranquilo y sereno, pero a la tercera mañana, cuando nos encontrábamos para desayunar en el comedor, sucedió de nuevo. Las ventanas de la estancia tenían sus cortinones corridos casi por completo para preservarla de la reverberación del sol sobre las primeras nieves. El comedor estaba bastante lleno con otros huéspedes que ya se hallaban tomando su desayuno. Sólo entonces observé que Charles, quien acababa de regresar de un paseo matinal, llevaba todavía en la mano su pesado bastón.

—¡Respire este aire, señora! —estaba diciéndole alegremente a Lady Mayo—. ¡Lo hallará tan vigorizador como cualquier comida o bebida!

En esto hizo una pausa y lanzó su mirada hacia una de las ventanas. Abalanzándose hacia ella golpeó con fuerza en el cortinón y luego lo descorrió a un lado para dejar al de descubierto las ruinas de un gran reloj, cuyo diseño era el de un sonriente sol.
Creo que me hubiese caído desvanecida, de no haberme sostenido Lady Mayo por un brazo... —Miss Forsythe, que se había, despejado de sus guantes, se llevó ahora las manos a las mejillas, oprimiéndolas—. Pero Charles no solamente destrozaba los relojes, sino que los enterraba en la nieve, y hasta los ocultaba en el armario de su habitación.
Sherlock Holmes, que había permanecido todo el tiempo recostado en su sillón, con los ojos cerrados y la cabeza sumida en un cojín, abrió ahora los párpados.

—¿En el armario? —exclamó frunciendo el entrecejo— ¡Esto es aún más singular! ¿Cómo se dio cuenta de tal circunstancia?

—Para mi vergüenza, Mr. Holmes, me vi obliga a interrogar a su criado.

—¿Para su vergüenza?

—Es que no tenía el derecho de hacerlo. En mi humilde posición, Charles nunca hubiera... Quiero decir que yo no podía significar nada par él...¡Yo no tenía derecho!

—Usted tenía todo el derecho del mundo, Miss Forsythe — replicó amablemente Holmes —. Así pues usted interrogó al criado que ha descrito como pequeño, flaco y con patillas desmesuradas. ¿Cuál es su nombre?.

—Su nombre creo que es Trepley. En más de una ocasión oí a Charles dirigirse a él llamándolo “Trep”. Y juraría, Mr. Holmes, que es la criatura más fiel de toda la tierra. Incluso la vista de su tozudo rostro inglés, era un alivio para mí. Él sabía, adivinaba, mi am... mi interés, y por esto me contó que su amo llevaba ya enterrada o escondido, otros cinco relojes. Aunque rehusaba a confesarlo, puedo decir que el pobre hombre compartía mis temores. ¡Pero Charles no está loco! ¡No lo está! Usted mismo debe admitirlo así, a causa del incidente final.

—¿Sí?

—Sucedió solo hace cuatro días. Debe usted saber que el departamento de Lady Mayo en el hotel, incluía una salita con un piano. Yo soy apasionadamente aficionada a la música, y acostumbraba a tocar, después del té, para Lady Mayo y Charles. Había apenas comenzado a hacerlo en aquella ocasión, cuando entró su criado con una carta para Charles.

—¡Un momento! ¿Observó usted el sello?

—Sí; era extranjero. —Miss Forsythe pareció sorprendida—. Pero seguramente la cosa no tendría importancia, puesto que usted...

—¿Puesto que yo...qué?

Una repentina expresión de aturdimiento, se manifestó en el rostro de nuestra clienta, y luego, como para ahuyentar alguna perplejidad, se apresuró a continuar su relato.

—Charles abrió el sobre, leyó el contenido de la misiva y se puso mortalmente pálido. Con una exclamación incoherente, se lanzó fuera de la salita. Cuando nosotras descendimos media hora más tarde, sólo descubrimos que él y Trepley habían partido con su equipaje. No dejó mensaje ni recado alguno. No lo he vuelto a ver desde entonces.

Celia Forsythe inclinó su cabeza, y las lágrimas se deslizaron de sus párpados.

—Ahora Mr. Holmes, yo he sido sincera con usted y quiero que usted lo sea igualmente conmigo. ¿Qué le decía usted en aquella carta?

La pregunta era tan alarmante, que me eché hacia atrás en mi silla. El rostro de Sherlock Holmes no tenía expresión alguna. Sus largos y nerviosos dedos, se hundieron en una tabaquera persa, y comenzó a llenar una pipa de arcilla.

—En la carta, ha dicho usted... —, confirmó él más que preguntó.

—¡Sí! Usted escribió aquella carta. Vi su firma. Es por esta razón que estoy aquí.

—¡Válgame Dios! —observó Holmes. Permaneció silencioso durante unos minutos, envuelto en el humo azul de su pipa y con la mirada fija y como ausente, posada sobre el reloj de la repisa.

—Hay ocasiones, Miss Forsythe —dijo por fin—, en las que uno debe reservarse sus respuestas. Sólo tengo una pregunta más que hacerle.

—Diga, Mr. Holmes.

—A pesar de todo, ¿mantuvo Lady Mayo su amistad con Mr. Charles Hendon?

—¡Oh, sí! Incluso intimó mayormente con él. Más de una vez la oí que lo llamaba Alec... seguramente era un apelativo intimo... —Miss Forsythe hizo una pausa, con aire de duda y hasta de sospecha— ¿Qué es lo que ha querido usted dar a entender con esa pregunta?

Holmes se puso en pie.

—Tan sólo, señorita, que me agradará mucho intervenir, en este asunto por usted. Según tengo entendido, usted regresa a Groxton Low Hall esta noche...

—Sí. Pero seguramente usted tiene otras cosas que decirme además de esto... ¡Aún no ha contestado a ninguna de mis preguntas!

—¡Bien, bien...! Tengo mis métodos, conforme Watson puede decirle. Pero, ¿le parecería conveniente acudir aquí, pongamos por caso, dentro de una semana, a partir de hoy, a las nueve de la noche? Gracias. Espero tener entonces algunas noticias para usted.

Era claramente una despedida. Miss Forsythe se puso en pie y lo miró con tal aire de desamparo, que yo sentí la necesidad de prodigarle alguna palabra de consuelo.

—¡Cobre ánimo, señorita! —exclamé, tomando suavemente su mano entre las mías—. Debe usted depositar toda su confianza en mi amigo Mr. Holmes y, si puedo decir esto, también en mi.


Con lupa:
Me abstuve de interrumpirlo, para no aguijonear su mordacidad.

—¿Dónde está el crimen Watson? ¿Dónde esta la fantasía, dónde ese toque de lo outré* sin el cual un problema en sí es como arena y hierba seca? ¿Acaso los hemos perdido para siempre?
—¡Mr. Holmes! —prorrumpió, sin preámbulos—. ¡Charles está en Inglaterra!

<<—¡Qué imbécil soy! —Exclamó Holmes dando un puñetazo sobre el escritorio—. Creo que habló usted algo de lo aislado que está este lugar. Watson ¿quiere hacer el favor de alcanzarme ese plano de Surrey?...Gracias. —Su voz se tornó más áspera— ¿Qué es esto...qué es esto? <<—¡Santo Dios, Mr. Holmes! —exclamó Lady Mayo—. ¡No me acordaba de que ya soy muy vieja! Mi juventud fue la época de conducir velozmente, ay, y de vivir aprisa, también. —¿Fue también la época de morir pronto? —preguntó mi amigo—. ¿De una muerte, por ejemplo, como la que puede sorprender a nuestro amigo Charles Hendon esta noche?

Lecturas recomendadas: Historia (winrar).

martes, enero 02, 2007

GUIA HOLMESIANA PARA JÓVENES INVESTIGADORES: EL CANON DE LECTURAS (II)

Las aventuras de Sherlock Holmes (I)
Una base que me fascina: presentar a un personaje como si perteneciera a un inexistente serial al que el espectador está enganchado.
JOHN TONES


Hay que entender este primer volumen de cuentos como una estricta definición de paradigma, de lo que Borges admitió plenamente como el logro absoluto de la creación del personaje (según él sólo un escritor como Conan Doyle lo había logrado, después el pícaro ciego añadió que Barrie casi lo consigue). Es lo que dice la cita de ahí arriba: al acercarse a estas historias ya han empezado por lo que aparente independencia (que luego se relaciona, claro) de los cuentos es fabulosa.

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-UN ESCÁNDALO EN BOHEMIA.
Recomendada para: Está claro que para cualquier detective que sepa valorar la capacidad anticipatoria y tenga dos dedos de frente con los que agarrarse porqué esta es una de las más logradas variaciones del esquema de las stories.
Una madeja enmarañada: Un hombre que se llamar Conde Von Kramm se presenta a Holmes (si, es el rey de Bohemia y nuestro héroe lo deducirá) con un caso de pasiones sentimentales rotas: a punto de casarse el rey encuentra en una foto junto a Irene Adler un peligro para su estatus, así que le pide a Holmes que recupere la foto con la que Adler pretende hacerle chantaje. Lo grandioso de este cuento es la peculiar relación de Adler-Holmes (¿el amor de Holmes? Yo desde luego disiento con la asexualidad del personaje y prefiero la zona de misterio) y su final no satisfactorio.
El informe:
—He aquí los hechos, brevemente expuestos: Hará unos cinco años, y en el transcurso de una larga estancia mía en Varsovia, conocí a la célebre aventurera Irene Adler. Con seguridad que ese nombre le será familiar a usted.
—Doctor, tenga la amabilidad de buscarla en el índice—murmuró Holmes sin abrir los ojos.
Venía haciendo extractos de párrafos referentes a personas y cosas, Y era difícil tocar un tema o hablar de alguien sin que él pudiera suministrar en el acto algún dato sobre los mismos. En el caso actual encontré la biografía de aquella mujer, emparedada entre la de un rabino hebreo y la de un oficial administrativo de la Marina, autor de una monografía acerca de los peces abismales.
—Déjeme ver —dijo Holmes—. ¡Ejem! Nacida en Nueva Jersey el año mil ochocientos cincuenta y ocho. Contralto. ¡Ejem! La Scala. ¡Ejem! Prima donna en la Opera Imperial de Varsovia... Eso es... Retirada de los escenarios de ópera, ¡Ajá! Vive en Londres... ¡Justamente!... Según tengo entendido, su majestad se enredó con esta joven, le escribió ciertas cartas comprometedoras, y ahora desea recuperarlas.
—Exactamente... Pero ¿cómo?.
—¿Hubo matrimonio secreto?.
—En absoluto.
—¿Ni papeles o certificados legales?.
—Ninguno.
—Pues entonces, no alcanzo a ver adónde va a parar su majestad. En el caso de que esta joven exhibiese cartas para realizar un chantaje, o con otra finalidad cualquiera, ¿cómo iba ella a demostrar su autenticidad?
—Esta la letra.
—¡Puf! Falsificada.
—Mi papel especial de cartas.
—Robado.
—Mi propio sello.
—Imitado.
—Mi fotografía.
—Comprada.
—En la fotografía estamos los dos.
—¡Vaya, vaya! ¡Esto sí que está mal! Su majestad cometió, desde luego, una indiscreción.
—Estaba fuera de mí, loco.
—Se ha comprometido seriamente.
—Entonces yo no era más que príncipe heredero. Y, además, joven. Hoy mismo no tengo sino treinta años.
—Es preciso recuperar esa fotografía.
—Lo hemos intentado y fracasamos.
—Su majestad tiene que pagar. Es preciso comprar esa fotografía.
—Pero ella no quiere venderla.
—Hay que robársela entonces.
—Hemos realizado cinco tentativas. Ladrones a sueldo mío registraron su casa de arriba abajo por dos veces. En otra ocasión, mientras ella viajaba, sustrajimos su equipaje. Le tendimos celadas dos veces más. Siempre sin resultado.
—¿No encontraron rastro alguno de la foto?
—En absoluto.
Holmes se echó a reír y dijo:
—He ahí un problemita peliagudo.
—Pero muy serio para mí —le replicó en tono de reconvención el rey.
—Muchísimo, desde luego. Pero ¿qué se propone hacer ella con esa fotografía?
—Arruinarme.
—¿Cómo?
—Estoy en vísperas de contraer matrimonio.
—Eso tengo entendido.
—Con Clotilde Lothman von Saxe Meningen. Hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá sepa usted que es una familia de principios muy estrictos. Y ella misma es la esencia de la delicadeza. Bastaría una sombra de duda acerca de mi conducta para que todo se viniese abajo
—¿ Y qué dice Irene Adler?
—Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Estoy seguro de que lo hará. Usted no la conoce. Tiene un alma de acero. Posee el rostro de la más hermosa de las mujeres y el temperamento del más resuelto de los hombres. Es capaz de llegar a cualquier extremo antes de consentir que yo me case con otra mujer.
—¿Esta seguro de que no la ha enviado ya?
—Lo estoy.
—¿ Por qué razón?
—Porque ella aseguró que la enviará el día mismo en que se haga público el compromiso matrimonial. Y eso ocurrirá el lunes próximo
—Entonces tenemos por delante tres días aún —exclamó Holmes, bostezando—. Es una suerte, porque en este mismo instante traigo entre manos un par de asuntos de verdadera importancia, Supongo que su majestad permanecerá por ahora en Londres, ¿no es así?
—Desde luego. Usted me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde von Kramm.
—Le haré llegar unas líneas para informarle de cómo llevamos el asunto
—Hágalo así, se lo suplico, porque vivo en una pura ansiedad.
—Otra cosa. ¿Y la cuestión dinero?
—Tiene usted carte blanche.
—¿Sin limitaciones?
—Le aseguro que daría una provincia de mi reino por tener en mi poder la fotografía.
—¿Y para gastos de momento?
El rey sacó de debajo de su capa un grueso talego de gamuza, y lo puso encima de la mesa, diciendo:
—Hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes.
Holmes garrapateó en su cuaderno un recibo, y se lo entregó.
—¿Y la dirección de esa señorita? —preguntó.
—Pabellón Briony. Serpentine Avenue, St. John's Wood.
Holmes tomó nota, y dijo:
—Otra pregunta: ¿era la foto de tamaño exposición?
—Sí que lo era.
—Entonces, majestad, buenas noches, y espero que no tardaremos en tener alguna buena noticia para usted. Y a usted también, Watson, buenas noches —agregó así que rodaron en la calle las ruedas del brougham real—. Si tuviese la amabilidad de pasarse por aquí mañana por la tarde, a las tres, me gustaría charlar con usted de este asuntito.
Con lupa:
Ella es siempre, para Sherlock Holmes, la mujer Rara vez le he oído hablar de ella aplicándole otro nombre. A los ojos de Sherlock Holmes, eclipsa y sobrepasa a todo su sexo. No es que haya sentido por Irene Adler nada que se parezca al amor. Su inteligencia fría, llena de precisión, pero admirablemente equilibrada, era en extremo opuesta a cualquier clase de emociones. Yo le considero como la máquina de razonar y de observar más perfecta que ha conocido el mundo; pero como enamorado, no habría sabido estar en su papel. Si alguna vez hablaba de los sentimientos más tiernos, lo hacía con mofa y sarcasmo. Admirables como tema para el observador, excelentes para descorrer el velo de los móviles y de los actos de las personas
—¿De verdad que se apoderó usted de ella? —exclamó agarrando a Sherlock Holmes por los dos hombros, y clavándole en la cara una ansiosa mirada.
—Todavía no.
—Pero ¿confía en hacerlo?
—Confío.
—Vamos entonces. Ya estoy impaciente por ponerme en camino.
—Necesitamos un carruaje.
—No, tengo esperando mi brougham
—Eso simplifica las cosas.
Lecturas recomendadas.: Historia + Ilustraciones originales de Sidney Paget.

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-LA AVENTURA DE LA LIGA DE LOS PELIRROJOS
Recomendada para: Hurgadores y curiosos que aprecien el valor de lo delirante (en un sentido abstracto) en las tramas del más racionalista personaje (en un sentido ficticio). Además, y con toda razón (incluso Conan Doyle reciclaría el esquema a posteriori) es la segunda historia favorita del Baker Street Journal.
Una madeja enmarañada: Jabez Wilson llega a pedir ayuda a Holmes por el misterioso y repentino cierre de la Liga de los pelirrojos, justo después de su admisión en esta y de que le pagaran por copiar la Enciclopedia Británica. Pero hay más en este relato: ¡las típicas puntilladas victorianas acerca del sexo! ¡un malvado que se hace apodar… Spaulding!
El informe:
—Sí, señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la actualidad componen mi casa él y una chica de catorce años, que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la limpieza. Los tres llevamos una vida tranquila, señor; y gracias a eso estamos bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no pasamos de ahí. Fue el anuncio lo que primero nos sacó de quicio. Spauling se presentó en la oficina, hoy hace exactamente ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo: «¡Ojalá Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson!» Yo le pregunté: «¿De qué se trata?» Y él me contestó: «Pues que se ha producido otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Para quien lo sea equivale a una pequeña fortuna, y, según tengo entendido, son más las vacantes que los pelirrojos, de modo que los albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer con el dinero. Si mi pelo cambiase de color, ahí tenía yo un huequecito a pedir de boca donde meterme.» «Pero bueno, ¿de qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo soy un hombre muy de su casa. Como el negocio vino a mí, en vez de ir yo en busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo ponga el pie fuera del felpudo de la puerta del local. Por esa razón vivía sin enterarme mucho de las cosas de fuera, y recibía con gusto cualquier noticia. «¿Nunca oyó usted hablar de la Liga de los Pelirrojos?», me preguntó con asombro. «Nunca.» «Sí que es extraño, siendo como es usted uno de los candidatos elegibles para ocupar las vacantes.» «Y ¿qué supone en dinero?», le pregunté. «Una minucia. Nada más que un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y sin que le impidan gran cosa dedicarse a sus propias ocupaciones.» Se imaginará usted fácilmente que eso me hizo afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba demasiado bien desde hacía algunos años, y un par de centenares de libras más me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto», le dije. «Pues bien —me contestó mostrándome el anuncio—: usted puede ver por sí mismo que la Liga tiene una vacante, y en el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir todos los detalles. Según a mí se me alcanza, la Liga fue fundada por un millonario norteamericano, Ezekiah Hopkins, hombre raro en sus cosas. Era pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los pelirrojos; por eso, cuando él falleció, se vino a saber que había dejado su enorme fortuna encomendada a los albaceas, con las instrucciones pertinentes a fin de proveer de empleos cómodos a cuantos hombres tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué he oído decir, el sueldo es espléndido, y el trabajo, escaso.» Yo le contesté: «Pero serán millones los pelirrojos que los soliciten.» «No tantos como usted se imagina —me contestó—. Fíjese en que el ofrecimiento está limitado a los londinenses, y a hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó de Londres en su juventud, y quiso favorecer a su vieja y querida ciudad. Me han dicho, además, que es inútil solicitar la vacante cuando se tiene el pelo de un rojo claro o de un rojo oscuro; el único que vale es el color rojo auténtico, vivo, llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor Wilson, no tiene sino presentarse; aunque quizá no valga la pena para usted el molestarse por unos pocos centenares de libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos pueden verlo, que mi pelo es de un rojo vivo y brillante, por lo que me pareció que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas probabilidades de ganarlo como el que más de cuantos pelirrojos había encontrado en mi vida. Vicente Spaulding parecía tan enterado del asunto, que pensé que podría serme de utilidad; de modo, pues, que le di la orden de echar los postigos por aquel día y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy bien lo de tener un día de fiesta, de modo, pues, que cerramos el negocio, y marchamos hacia la dirección que figuraba en el anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como aquél en mi vida, señor Holmes. Procedentes del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, todos cuantos hombres tenían un algo de rubicundo en los cabellos se habían largado a la City respondiendo al anuncio. Fleet Street estaba obstruida de pelirrojos, y Pope's Court producía la impresión del carrito de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que pudieran ser tantos en el país como los que se congregaron por un solo anuncio. Los había allí de todos los matices: rojo pajizo, limón, naranja, ladrillo, cerro setter, irlandés, hígado, arcilla. Pero, según hizo notar Spaulding, no eran muchos los de un auténtico rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los que esperaban, estuve a punto de renunciar, de puro desánimo; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de semejante cosa. Yo no sé cómo se las arregló, pero el caso es que, a fuerza de empujar a éste, apartar al otro y chocar con el de más allá, me hizo cruzar por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera que conducía a las oficinas.
—Fue la suya una experiencia divertidísima —comentó Holmes, mientras su cliente se callaba y refrescaba su memoria con un pellizco de rapé—. Prosiga, por favor, el interesante relato.
—En la oficina no había sino un par de sillas de madera y una mesa de tabla, a la que estaba sentado un hombre pequeño, y cuyo pelo era aún más rojo que el mío. Conforme se presentaban los candidatos les decía algunas palabras, pero siempre se las arreglaba para descalificarlos por algún defectillo. Después de todo, no parecía cosa tan sencilla el ocupar una vacante. Pero cuando nos llegó la vez a nosotros, el hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos los demás, y cerró la puerta cuando estuvimos dentro, a fin de poder conversar reservadamente con nosotros. «Este señor se llama Jabez Wilson —le dijo mi empleado—, y desearía ocupar la vacante que hay en la Liga.» «Por cierto que se ajusta a maravilla para el puesto —contestó el otro—. Reúne todos los requisitos. No recuerdo desde cuándo no he visto pelo tan hermoso.» Dio un paso atrás, torció a un lado la cabeza, y me estuvo contemplando el pelo hasta que me sentí invadido de rubor. Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte apretón de manos y me felicitó calurosamente por mi éxito. «El titubear constituiría una injusticia —dijo—. Pero estoy seguro de que sabrá disculpar el que yo tome una precaución elemental.» Y acto continuo me agarró del pelo con ambas manos, y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me dijo: «Tiene usted lágrimas en los ojos, de lo cual deduzco que no hay trampa. Es preciso que tengamos sumo cuidado, porque ya hemos sido engañados en dos ocasiones, una de ellas con peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría contarle a usted anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como para que se asquease de la condición humana.» Dicho esto se acercó a la ventana, y anunció a voz en grito a los que estaban debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un gemido de desilusión entre los que esperaban, y la gente se desbandó, no quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente y yo. «Me llamo Duncan Ross —dijo éste—, y soy uno de los que cobran pensión procedente del legado de nuestro noble bienhechor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia?» Contesté que no la tenía. La cara de aquel hombre se nubló en el acto, y me dijo con mucha gravedad: «¡ Vaya por Dios, qué inconveniente más grande! ¡Cuánto lamento oírle decir eso! Como es natural, la finalidad del legado es la de que aumenten y se propaguen los pelirrojos, y no sólo su conservación. Es una gran desgracia que usted sea un hombre sin familia.» También mi cara se nubló al oír aquello, señor Holmes, viendo que, después de todo, se me escapaba, la vacante; pero, después de pensarlo por espacio de algunos minutos, sentenció que eso no importaba. «Tratándose de otro —dijo—, esa objeción podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de una persona de un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá usted hacerse cargo de sus nuevas obligaciones?» «Hay un pequeño inconveniente, puesto que yo tengo un negocio mío», contesté. «¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson —dijo Vicente Spaulding—. Yo me cuidaré de su negocio.» «¿Cuál será el horario?», pregunté. «De diez a dos.» Pues bien: el negocio de préstamos se hace principalmente a eso del anochecido, señor Holmes, especialmente los jueves y los viernes, es decir, los días anteriores al de paga; me venía, pues, perfectamente el ganarme algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi empleado es una buena persona y que atendería a todo lo que se le presentase. «Ese horario me convendría perfectamente —le dije—. ¿Y el sueldo?» «Cuatro libras a la semana.» «¿En qué consistirá el trabajo?» «El trabajo es puramente nominal.» «¿Qué entiende usted por puramente nominal?» «Pues que durante esas horas tendrá usted que hacer acto de presencia en esta oficina, o, por lo menos, en este edificio. Si usted se ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre este punto es terminante el testamento. Si usted se ausenta de la oficina en estas horas, falta a su compromiso.» «Son nada más que cuatro horas al día, y no se me ocurrirá ausentarme», le contesté. «Si lo hiciese, no le valdrían excusas —me dijo el señor Duncan Ross—. Ni por enfermedad, negocios, ni nada. Usted tiene que permanecer aquí, so pena de perder la colocación.» «¿Y el trabajo?» «Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que procurarse tinta, plumas y papel secante; pero nosotros le suministramos esta mesa y esta silla. ¿Puede usted empezar mañana?» «Desde luego que sí», le contesté. «Entonces, señor Jabez Wilson, adiós, y permítame felicitarle una vez más por el importante empleo que ha tenido usted la buena suerte de conseguir.» Se despidió de mí con una reverencia, indicándome que podía retirarme, y yo me volví a casa con mi empleado, sin saber casi qué decir ni qué hacer, de tan satisfecho como estaba con mi buena suerte. Pues bien: me pasé el día dando vueltas en mi cabeza al asunto, y para cuando llegó la noche, volví a sentirme abatido, porque estaba completamente convencido de que todo aquello no era sino una broma o una superchería, aunque no acertaba a imaginarme qué finalidad podían proponerse. Parecía completamente imposible que hubiese nadie capaz de hacer un testamento semejante, y de pagar un sueldo como aquél por un trabajo tan sencillo como el de copiar la Enciclopedia Británica. Vicente Spaulding hizo todo cuanto le fue posible por darme ánimos, pero a la hora de acostarme había yo acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo, cuando llegó la mañana resolví ver en qué quedaba aquello, compré un frasco de tinta de a penique, me proveí de una pluma de escribir y de siete pliegos de papel de oficio, y me puse en camino para Pope's Court. Con gran sorpresa y satisfacción mía, encontré las cosas todo lo bien que podían estar. La mesa estaba a punto, y el señor Duncan Ross, presente para cerciorarse de que yo me ponía a trabajar. Me señaló para empezar la letra A, y luego se retiró; pero de cuando en cuando aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A las dos me despidió, me felicitó por la cantidad de trabajo que había hecho, y cerró la puerta del despacho después de salir yo. Un día tras otro, las cosas siguieron de la misma forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome encima de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo había realizado durante la semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra. Me presenté todas las mañanas a las diez, y me ausenté a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a venir una vez durante la mañana, y al cabo de un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me atreví, a pesar de eso, a ausentarme de la oficina un sólo momento, porque no tenía la seguridad de que él no iba a presentarse, y el empleo era tan bueno, y me venía tan bien, que no me arriesgaba a perderlo. Transcurrieron de idéntica manera ocho semanas, durante las cuales yo escribí lo referente a los Abades, Arqueros, Armaduras, Arquitectura y Ática, esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia, muy pronto a la b. Me gasté algún dinero en papel de oficio, y ya tenía casi lleno un estante con mis escritos. Y de pronto se acaba todo el asunto.
—¿Que se acabó?
—Sí, señor. Y eso ha ocurrido esta mañana mismo. Me presenté, como de costumbre, al trabajo a las diez; pero la puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la hoja de la misma, clavado con una tachuela, había un trocito de cartulina. Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos del tamaño de un papel de cartas, que decía lo siguiente:
HA QUEDADO DISUELTA
LA LIGA DE LOS PELIRROJOS
9 OCTUBRE 1890

Sherlock Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara afligida que había detrás del mismo, hasta que el lado cómico del asunto se sobrepuso de tal manera a toda otra consideración, que ambos rompimos en una carcajada estruendosa.
—Yo no veo que la cosa tenga nada de divertida —exclamó nuestro cliente sonrojándose hasta la raíz de sus rojos cabellos—. Si no pueden ustedes hacer en favor mío otra cosa que reírse, me dirigiré a otra parte.
—No, no —le contestó Holmes empujándolo hacia el sillón del que había empezado a levantarse—. Por nada del mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto de la rutina, que resulta un descanso. Pero no se me ofenda si le digo que hay en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué pasos dio usted al encontrarse con ese letrero en la puerta?
—Me dejó de una pieza, señor. No sabía qué hacer. Entré en las oficinas de al lado, pero nadie sabía nada. Por último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y vive en la planta baja, y le pregunté si podía darme alguna noticia sobre lo ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me contestó que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross, y me contestó que era la vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al caballero de la oficina número cuatro», le dije. «¿Cómo? ¿El caballero pelirrojo?» «Ese mismo.» «Su verdadero nombre es William Morris. Se trata de un procurador, y me alquiló la habitación temporalmente, mientras quedaban listas sus propias oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde podría encontrarlo?» «En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección. Eso es, King Edward Street, número diecisiete, junto a San Pablo.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales, y nadie había oído hablar allí del señor William Morris, ni del señor Duncan Ross.
—Y ¿qué hizo usted entonces? —le preguntó Holmes.
—Me dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté con mi empleado. No supo darme ninguna solución, salvo la de decirme que esperase, porque con seguridad que recibiría noticias por carta. Pero esto no me bastaba, señor Holmes. Yo no quería perder una colocación como aquélla así como así; por eso, como había oído decir que usted llevaba su bondad hasta aconsejar a la pobre gente que lo necesita, me vine derecho a usted.
—Y obró usted con gran acierto —dijo Holmes—.
El caso de usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De lo que usted me ha informado, deduzco que aquí están en juego cosas mucho más graves de lo que a primera vista parece.
—¡Que si se juegan cosas graves! —dijo el señor Jabez Wilson—. Yo, por mi parte, pierdo nada menos que cuatro libras semanales.
—Por lo que a usted respecta —le hizo notar Holmes—, no veo que usted tenga queja alguna contra esta extraordinaria Liga. Todo lo contrario; por lo que le he oído decir, usted se ha embolsado unas treinta libras, dejando fuera de consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido sobre cuantos temas caen bajo la letra A. A usted no le han causado ningún perjuicio.
—No, señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de quiénes son, y qué se propusieron haciéndome esta jugarreta, porque se trata de una jugarreta. La broma les salió cara, ya que les ha costado treinta y dos libras.

Con lupa:
.
—Comienzo a creer, Watson —dijo Holmes—, que es un error de parte mía el dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico, como no ignora usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre celebridad, mucha o poca, va a naufragar.
—Seguramente que querrá usted ir a su casa, doctor —me dijo cuando salíamos.
—Sí, no estaría de más.
—Y yo tengo ciertos asuntos que me llevarán varias horas. Este de la plaza de Coburg es cosa grave.
—¿Cosa grave? ¿Por qué?
—Está preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de evitarlo. Pero el ser hoy sábado complica bastante las cosas. Esta noche lo necesitaré a usted.
—¿A qué hora?
—Con que venga a las diez será suficiente.
—Estaré a las diez en Baker Street.
—Perfectamente. ¡Oiga, doctor! Échese el revólver al bolsillo, porque quizá la cosa sea peligrosilla.
Lecturas recomendadas: Historia + Ilustraciones originales de Sidney Paget.

sábado, noviembre 04, 2006

GUÍA HOLMESIANA PARA JÓVENES INVESTIGADORES: EL CANON DE LECTURAS

A partir de ahora mensualmente una entrega de mi acercamiento al mito de Sherlock Holmes. Una vez explicada la introducción pasemos a la primera entrega. Que lo disfruten, corrijan y maticen todo lo que les sea posible.

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ESTUDIO EN ESCARLATA (1887).
Recomendable para.: Detectives interesados en poseer ante ellos su propio Episodio 1 para completar su colección. No obstante existe el mito en el gremio de que esta es una prueba imprescindible para reconstruir la figura del detective Baker Street, es elemental, queridos lectores que esto es una falacia de los recopiladores de Conan Doyle y la literatura.
Una madeja enmarañada: Conan Doyle traza sus ya habituales dos partes. En la primera asistimos a la memoir del doctor Watson y su encuentro con el magnífico genio además de presentarse el misterio. La segunda parte, La tierra de los santos, ofrece un interesante visionado de la Salt Lake City de los mormones y la América de los crucifijos: la narración cambia completamente y se nos explica el leit-motiv del crimen. Al final se retoma la memoria de Watson (como si todo hubiese sido una digresión concienzuda, cosa que no me extrañaría) y se resuelve el caso en la mejor línea del noir posterior: crimen pasional.
El informe:
«Ml QUERIDO SHERLOCK HOLMES,
»Esta noche, en el número tres de Lauriston Gardens, según se va a Brixton, se nos ha presentado un feo asunto. Como a las dos de la mañana advirtió el policía de turno que estaban las luces encendidas, y, dado que se encuentra la casa deshabitada, sospechó de inmediato algo irregular. Halló la puerta abierta, y en la pieza delantera, desprovista de muebles, el cuerpo de un caballero bien trajeado. En uno de sus bolsillos había una tarjeta con estas señas grabadas: "Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, U.S.A". No ha tenido lugar robo alguno, ni se echa de ver cómo haya podido sorprender la muerte a este desdichado. Aunque existen en la habitación huellas de sangre, el cuerpo no ostenta una sola herida. Desconocemos también por qué medio o conducto vino a dar el finado a la mansión vacía; de hecho, el percance todo presenta rasgos desconcertantes. Si se le pone a tiro llegarse aquí antes de las doce, me hallará en el escenario del crimen. He dejado orden de que nada se toque antes de que usted dé señales de vida. Si no pudiera acudir, le explicaría el caso más circunstanciadamente, en la esperanza de que me concediese el favor de su dictamen.
»Le saluda atentamente,
TOBÍAS GREGSON.»
Con lupa.:
1. Conocimientos de Literatura: ninguno.
2. Conocimientos de Filosofía: ninguno.
3. Conocimientos de Astronomía: ninguno.
4. Conocimientos de Política: escasos.
5. Conocimientos de Botánica: desiguales. Al día en lo atañadero a la belladona, el opio y los venenos en general. Nulos en lo referente a la jardinería.
6. Conocimientos de Geología: prácticos aunque restringidos. De una ojeada distingue un suelo geoló gico de otro. Después de un paseo me ha enseñado las manchas de barro de sus pantalones y ha sabido decirme, por la consistencia y color de la tierra, a qué parte de Londres correspondía cada una.
7. Conocimientos de Química: profundos.
8. Conocimientos de Anatomía: exactos, pero poco sistemáticos.
9. Conocimientos de literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer todos los detalles de cada hecho macabro acaecido en nuestro siglo.
10. Toca bien el violín.
11. Experto boxeador, y esgrimista de palo y espada.
12. Familiarizado con los aspectos prácticos de la ley inglesa

En la primera parte de la novela es la única que deja clara la verdadera influencia de Joseph Bell para crear al personaje por parte de CD (que fue alumno suyo). No obstante en aventuras posteriores esto se separa porqué Doyle descubre, cual Doctor Frankeinstein, que su criatura ya tiene una entidad icónica suficiente y que ella misma es capaz de ser un personaje autómata que todavía perdura. Holmes representaba el modelo de la razón y de la deducción analítica tan en boga a finales del siglo XIX.
Lecturas recomendadas.:
Texto completo en castellano.

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EL SIGNO DE LOS CUATRO (1890).
Recomendada para: Jóvenes detectives con lupa recién estrenada y cualquier maestro con ganas de ponerse a prueba en los pantanosos y juguetones terrenos que propone Conan Doyle al convertir la estructura del cuento en una forzada aventura llena de delirios.
Una madeja enmarañada: Una serie de momentos irresistibles para el lector ya iniciado, y otra serie de momentos inolvidables para el más mozuelo de nuestros seguidores: ¡Watson encuentra a la que es su futura esposa: Mary Matson! ¡Sherlock se prepara sus soluciones de Cocaína! ¡Un tesoro de la India Colonial! Y sobre ello tenemos el misterio que tan bien heredarían luego Columbus/Spielberg: un plano-jeroglífico dónde sólo podemos leer El signo de los cuatro.
El informe:
“-En síntesis -continuó ella-, el caso es el siguiente: mi padre era oficial en un regimiento de la India, de donde me envió a Inglaterra cuando era muy niña. Mi madre había muerto y yo no tenía familiares en Inglaterra. Conseguí colocación, sin embargo, en un buen internado en Edimburgo, y allí permanecí hasta que tuve diecisiete años de edad. En el año 1878 mi padre, que era capitán de su regimiento, obtuvo una licencia de doce meses y volvió a Inglaterra. Me telegrafió desde Londres que había llegado sin novedad y me pedía que fuera de inmediato a la capital, dándome como su domicilio el hotel Langham. Su mensaje, según recuerdo, estaba concebido en frases plenas de bondad y de cariño. Al llegar a Londres me dirigí al Langham. Me informaron que efectivamente el capitán Morstan estaba alojado allí, pero que había salido la noche anterior y que aún no volvía. Esperé todo el día, sin recibir noticias de él. Esa noche, por sugestión del gerente del hotel, me comuniqué con la policía y al día siguiente todos los periódicos publicaron su desaparición. Nuestras pesquisas no produjeron ningún resultado. Hasta la fecha no he vuelto a tener noticias de mi infortunado padre. Volvía a su patria con el corazón henchido de esperanzas, buscando un poco de paz y de comodidad, y en lugar de eso... -se llevó la mano a la garganta y un sollozo ahogado interrumpió la frase.
Con lupa:
“Sherlock Holmes extrajo un frasco de un anaquel y la jeringa hipodérmica de su estuche. Con sus dedos largos, blancos y nerviosos, ajustó la delicada aguja y se enrolló la manga izquierda de su camisa. Durante un momento sus ojos se apoyaron pensativamente en su brazo nervudo, lleno de manchas y con innumerables cicatrices, causadas por las frecuentes inyecciones. Finalmente se introdujo la aguja delgada, presionó el pequeño pistón, se la sacó, y se dejó caer en un sillón forrado de terciopelo, con un profundo suspiro de satisfacción.”

"-Escúcheme, sahib -dijo el más alto y el más feroz de los dos, que recibía el nombre de Abdullah Khan-. Usted tiene que estar con nosotros o lo tendremos que callar para siempre. La cuestión es demasiado grande para que vacilemos en hacerlo. O está en cuerpo y alma con nosotros, jurándolo por la Cruz de los cristianos, o su cuerpo será arrojado esta noche al foso y nosotros nos pasaremos con nuestros hermanos al ejército rebelde. No hay término medio. ¿Qué prefiere usted... la vida o la muerte? Podemos darle sólo tres minutos para decidirse, pues el tiempo está pasando y todo debe hacerse antes de que la guardia vuelva a pasar por aquí.”
Lecturas recomendadas:
Texto completito (en castellano).

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EL PERRO DE LOS BASKERVILLE (1902).
Recomendada para:
Hechiceros, belcebús y vampiros de glamour netamente victorianos, y también jóvenes aprendices de John Constantine de acento encantadoramente british.
Una madeja enmarañada: Se sabe que a Conan Doyle le fascinaban las leyendas de ultratumba, tanto o más como a nosotros. Así este monstruoso ser con forma de can se basaba en la muy inglesa leyenda de los Hell Hounds, perros venidos del infierno. Holmes y Watson llamados por James Moritmer, para que resuelvan tamaño misterio. Por el camino se toparán con la leyenda de que el perro viene a matar a todos los Baskerville (que tuvo en Henry B. su primer precedente) y entretanto el autor se regodea en todos aquellos páramos por los que John Landis ya nos advirtió que no debíamos andar. Y además compone una novela coral y atmosférica de puro terror.
El informe:
»Sucedió que, algo más tarde, Hugo dejó a sus invitados para llevar alimento y bebida junto, quizá, con otras cosas peores a su cautiva, encontrándose vacía la jaula y desaparecido el pájaro. A partir de aquel momento, por lo que parece, el carcelero burlado dio la impresión de estar poseído por el demonio, porque bajó corriendo las escaleras para regresar al comedor, saltó sobre la gran mesa, haciendo volar por los aires jarras y fuentes, y dijo a grandes gritos ante todos los presentes que aquella misma noche entregaría cuerpo y alma a los poderes del mal si conseguía alcanzar a la muchacha. Y aunque a los juerguistas les espantó la furia
de aquel hombre, hubo uno más perverso o, tal vez, más borracho que los demás, que propuso lanzar a los sabuesos en persecución de la doncella. Al oírlo Hugo salió corriendo de la casa y ordenó a gritos a sus criados que le ensillaran la yegua y soltaran la jauría; después de dar a los perros un pañuelo de la doncella, los puso inmediatamente sobre su pista para que, a la luz de la luna, la persiguieran por el páramo.

»Durante algún tiempo los juerguistas quedaron mudos, incapaces de entender acontecimientos tan rápidos. Pero al poco salieron de su perplejidad e imaginaron lo que probablemente estaba a punto de suceder. El alboroto fue inmediato: quién pedía sus armas, quién su caballo y quién otra jarra de vino. A la larga, sin embargo, sus mentes enloquecidas recobraron un poco de sensatez, y todos, trece en total, montaron a caballo y salieron tras Hugo. La luna brillaba sobre sus cabezas y cabalgaron a gran velocidad, siguiendo el camino que la muchacha tenía que haber tomado para volver a su casa.
»Habían recorrido alrededor de media legua cuando se cruzaron con uno de los pastores que guardaban durante la noche el ganado del páramo, y lo interrogaron a grandes voces, pidiéndole noticias de la partida de caza. Y aquel hombre, según cuenta la historia, aunque se hallaba tan dominado por el miedo que apenas podía hablar, contó por fin que había visto a la desgraciada doncella y a los sabuesos que seguían su pista.
"Pero he visto más que eso -añadió-, porque también me he cruzado con Hugo Baskerville a lomos de su yegua negra, y tras él corría en silencio un sabueso infernal que nunca quiera Dios que llegue a seguirme los pasos”.
»De manera que los caballeros borrachos maldijeron al pastor y siguieron adelante. Pero muy pronto se les heló la sangre en las venas, porque oyeron el ruido de unos cascos al galope y enseguida pasó ante ellos, arrastrando las riendas y sin jinete en la silla, la yegua negra de Hugo, cubierta de espuma blanca. A partir de aquel momento los juerguistas, llenos de espanto, siguieron avanzando por el páramo, aunque cada uno, si
hubiera estado solo, habría vuelto grupas con verdadera alegría. Después de cabalgar más lentamente de esta guisa, llegaron finalmente a donde se encontraban los sabuesos. Los pobres animales, aunque afamados por su valentía y pureza de raza, gemían apiñados al comienzo de un hocino, como nosotros lo llamamos, algunos escabulléndose y otros, con el pelo erizado y los ojos desorbitados, mirando fijamente el estrecho valle que tenían delante.
»Los jinetes, mucho menos borrachos ya, como es fácil de suponer, que al comienzo de su expedición, se detuvieron. La mayor parte se negó a seguir adelante, pero tres de ellos, los más audaces o, tal vez, los más ebrios, continuaron hasta llegar al fondo del valle, que se ensanchaba muy pronto y en el que se alzaban dos de esas grandes piedras, que aún perduran en la actualidad, obra de pueblos olvidados de tiempos remotos. La luna iluminaba el claro y en el centro se encontraba la desgraciada doncella en el lugar donde había caído, muerta de terror y de fatiga. Pero no fue la vista de su cuerpo, ni tampoco del cadáver de Hugo Baskerville que yacía cerca, lo que hizo que a aquellos juerguistas temerarios se les erizaran los cabellos, sino el hecho de que, encima de Hugo y desgarrándole el cuello, se hallaba una espantosa criatura: una enorme bestia negra con forma de sabueso pero más grande que ninguno de los sabuesos jamás contemplados por ojo humano.
Acto seguido, y en su presencia, aquella criatura infernal arrancó la cabeza de Hugo Baskerville, por lo que, al volver hacia ellos los ojos llameantes y las mandíbulas ensangrentadas, los tres gritaron empavorecidos y volvieron grupas desesperadamente, sin dejar de lanzar alaridos mientras galopaban por el páramo. Según se cuenta, uno de ellos murió aquella misma noche a consecuencia de lo que había visto, y los otros dos no
llegaron a reponerse en los años que aún les quedaban de vida.
»Ésa es la historia, hijos míos, de la aparición del sabueso que, según se dice, ha atormentado tan cruelmente a nuestra familia desde entonces. Lo he puesto por escrito, porque lo que se conoce con certeza causa menos terror que lo que sólo se insinúa o adivina. Como tampoco se puede negar que son muchos los miembros de nuestra familia que han tenido muertes desgraciadas, con frecuencia repentinas, sangrientas y misteriosas. Quizá podamos, sin embargo, refugiarnos en la bondad infinita de la Providencia, que no castigará sin motivo a los inocentes más allá de la tercera o la cuarta generación, que es hasta donde se extiende la amenaza de la Sagrada Escritura. A esa Providencia, hijos míos, os encomiendo ahora, y os aconsejo, como medida de precaución, que os abstengáis de cruzar el páramo durante las horas de oscuridad en las que triunfan los poderes del mal.

Con lupa.:

-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la silla de la mesa del desayuno y encendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido usted a bien recoger mis modestos éxitos, siempre ha subestimado su habilidad personal. Cabe que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz. Hay personas que sin ser genios poseen un notable poder de estímulo. He de reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.”

Cada minuto que pasaba la algodonosa llanura blanca que cubría la mitad del páramo se acercaba más a la casa. Los primeros filamentos cruzaron por delante del rectángulo dorado de la ventana iluminada. La valla más distante del huerto se hizo invisible y los árboles se hundieron a medias en un remolino de vapor blanco.
Ante nuestros ojos los primeros tentáculos de niebla dieron la vuelta por las dos esquinas de la casa y avanzaron lentamente, espesándose, hasta que el piso alto y el techo quedaron flotando como una extraña embarcación sobre un mar de sombras.”

Lecturas recomendadas.:
Ebook en castellano (pdf).
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EL VALLE DEL TERROR (1914).
Recomendada para: Detectives coleccionistas deseosos de encontrar de nuevo al Conan Doyle más netamente juguetón, y sobretodo aprendices de Sherlock creyentes en el noble arte de la reinvención maestra y superior.
Una madeja enmarañada: Conan Doyle regresa a Estudio en Escarlata en términos estructurales y temáticos pero lo hace con una revisión en clave hiperbólica y de pastiche (aumenta no sólo los detalles de crónica negra-familiar ya apuntados en la entrega anterior y regresa a la geografía estadounidense esta vez de ecos casi hammetianos) y proporciona al lector eso que quiere haciendo regresar a quién haga falta) : en la primera parte Holmes resuelve la identidad del homicida, pero en la segunda volvemos a Estados Unidos y se nos explica el origen del asesinato, y estamos en la Pennsylvania de los mineros y las organizaciones pseudo-mafiosas llamadas Molly Maguires. Y además ¡vuelve el profesor Moriarty! (¡vivan las jugadas cronólogicas con la continuidad!)
El informe:

.
“Estimado Mr. Holmes [decía]:
“No iré más lejos en el asunto. Es demasiado peligroso, el sospecha de mí. Puedo ver que él sospecha de mí. Vino inesperadamente luego de que escribiese la dirección en el sobre con la intención de enviarle la clave del cifrado. Fui capaz de esconderla. Si la hubiera visto, me hubiera ido realmente mal. Pero puedo leer la desconfianza en sus ojos. Por favor queme el mensaje en cifras, que ahora ya no puede ser útil para usted.”
“FRED PORLOCK”

Con lupa.:

“Si algo hubiera sido necesitado para dar un ímpetu a la popularidad de Jack McMurdo entre sus camaradas sería su arresto y absolución. Que un hombre la misma noche de su incorporación a la logia haya hecho algo que lo llevase ante el magistrado era un nuevo registro en los anales de la sociedad. Ya se había ganado la reputación de ser un bueno y dadivoso compañero, un alegre parrandero, y además un hombre de fuerte temperamento, que no recibiría un insulto ni del mismo poderoso jefe. Pero en adición a esto impresionó a sus compañeros con la idea de que entre todos ellos no había ni uno cuyo cerebro estuviera tan preparado para inventar un plan tan sanguinario, o cuya mano sea tan capaz para llevarlo a cabo. “Él será el chico que haga el trabajo limpio”, manifestaban los mayores uno al otro, y esperaban su tiempo hasta que lo pudieran enviar a su trabajo.”

- Todo conocimiento es útil para el detective – remarcó Holmes -. Incluso la certeza trivial que en el año 1865 un cuadro de Greuze titulado “La Jeune Fille a l’Agneau” alcanzó un millón doscientos mil francos, más de cuarenta mil libras, en la venta de Portalis puede comenzar un tren de reflexiones en su mente.”

Lecturas recomendadas:
Texto completo en Word (winrar), pdf, palm.

¡Y el próximo més de Navidad la trilogía de casos: Las aventuras de Sherlock Holmes, Las memorias de Sherlock Holmes y El regreso de Sherlock Holmes! Hasta entonces no descuiden de limpiar sus lupas, fumar en pipa y realizar sus prácticas de violín.