martes, febrero 22, 2011

El amor está en el arte


Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor. Seix Barral, Barcelona, 2010.

De Menéndez Salmón hemos leído recientemente tres novelas, editadas por Seix Barral y las tres partes de una trilogía del Mal, que certificaban su entrada en cierto mainstream literario. La primera, La ofensa, tal vez mi favorita, es una obra de una insólita belleza, ambiciosa y con una estructura perfecta, harmónica. La segunda es Derrumbe, irregular pero meditada incursión en el thriller de calado moral y la tercera, El Corrector, una idea valiente (una novela acerca del 11M) lastrada por unos personajes y escenas que la acercaban más al camp que a la respuesta moral á la Thomas Bernhard(la referencia más fuerte de la novela, pese a la explícita referencia a Los Demonios que preside la trama). No son estas sus únicas obras, tanto La filosofía en invierno, obra temprana que introduce el espacio asturiano del autor y con estimables diálogos, como Gritar, libro de cuentos de calidad irregular, tienen interés en los temas tratados.

La luz es más antigua que el amor es una novela con la que pretende dar carpetazo a dicha trilogía y emprende el camino insinuado en el final del Corrector, uno más optimista y espiritual. Menéndez Salmón coquetea no pocas veces con un pesimismo moral, cuasi nihilista, cercano a Celan o Sebald, una deprimente visión de la Historia como campo de destrucción, pero es, ante todo, un místico, uno bastante raro, pues su misticismo nace del amor y del Arte, siendo el segundo un elemento tan importante como el primero. Combinando con una autoficción de tintes ensayísticos, se suceden los relatos de tres pintores, dos de ellos ficticios (Aurelio de Robertis y Vsévolod Semiasin) y el otro real (el pintor expresionista Mark Rothko). Lo que tienen en común estos pintores es su capacidad de producir obras singulares, demoledoras, en entornos axfisiantes, aunque el caso del ruso es más especial pues se estructura en un misterio en su biografía, un posible encuentro con el dictador ruso Stalin. La vida de Semiasin transcurre con la angustia de un mercado del arte eclipsado, tal vez por el 11S, mientras que Rothko es evocado como el producto, esencial, del amor, sosteniendo en gran parte la tesis del libro (que solamente amar y crear o contemplar arte nos hace un poco menos miserables). Menéndez Salmón, con una educación en Filosofía muy refinada, tiene el talento para convertir su discurso en algo importante y lo hace con una novela estrictamente contemporánea, pues es ensayo, autoficción y ficción histórica sin que estos contrastes dejen de añadir capas a su tesis o la hagan más evocadora y certera, más inusual, pura.

Sorprende la fácil digestión de influencias que emprende Menéndez Salmón, tanto por la variedad de estilos, como por la asombrosa naturalidad con la que el autor las hace suyas, sin que pesen, casi nunca, los precursores. La primera parte se ocupa de un pintor del siglo XII llamado Aurelio de Robertis, autor del cuadro La virgen barbuda, y es una de las asimilaciones más brillantes que he visto de Pierre Michon, escritor francés con querencia por los cuentos y las nouvelles y un agudo sentido de la prosa y la ironía, afilada siempre en la perspectiva sobre algún insólito relato histórico. Salmón describe con exactitud michoniana los sueños y ambiciones de un inquisidor ocupado de destruir el cuadro del pintor.

Beaufort inspira ruidosamente mientras contempla cómo el índice del Niño se enreda en la barba impostora. La virilidad del cardenal diácono - a quien las mujeres contemplan con una reverencia que oculta pasiones nada lánguidas y cuyos dedos, cuadrados y fuertes, parecen hechos para bendecir carnes vivas y adormecerse sobre pieles fragantes - aprieta los puños enterrando su deseo de golpear a De Robertis.

O los sueños inesperados, brutales y súbitos de Adriano de Robertis, el noble (y ficticio) pintor del cuadro La virgen barbuda que trastoca los planes de un mundo represor:

El dolor en el pecho lo deslumbra un atardecer, como si alguien lo acuchillara en el trance de la siesta, y durante el paso insoportable de los quince minutos que tarda en morir (recostado contra una pared del vacío refectorio, sin fuerza para gritar ni pedir ayuda, con la vista fija en un techo en el que se perfilan asténicos ángeles trazados sin genio y la figura de un Dios Padre almibarado, aunque entusiasta de aquellos antiguos discípulos que la crueldad de Beaufort convirtió en instrumentos de su odio), mientras el dolor conquista el brazo izquierdo, el trigémino y florece en todo su cuerpo con una saña intolerable, a De Robertis lo asaltan dos recuerdos: el de su Virgen Barbuda y el de una conversación mantenida entre estos muros que ahora arropan su muerte

Lo que Menéndez Salmón hereda de Michon es el uso del lenguaje para ser concreto, para expresar siempre los puntos de vista de sus personajes, sus sensaciones con sorprendente y desnuda claridad. En toda la primera parte, la voz del autor está ausente y solamente la narración habla por sí sola.

El breve relato de Bocanegra descubriendo la vocación literaria tiene el deje de Enrique Vila-Matas y por un momento, Menéndez Salmón se acerca al estilo del maestro. Pero Vila-Matas es, esencialmente, el gran artista termita de la literatura española, si se me permite la importación del término del crítico de cine y pintor Manny Farber. Menéndez Salmón es puro Arte Elefante, por eso el relato de Bocanegra pronto ahondará más en un tono cercano tanto a Sebald (el paseo culto por las ruinas literarias y la contemporaneidad, con afinidad en elegantes símiles cinematográficos) y a Philip Roth (la atención a la vulgaridad sentimental que rodea al sexo, al amor, a la decrepitud de la enfermedad) pero bañados en el ya nombrado misticismo del autor. Aquí una prueba:

No hay oráculos para el amor. No hay augurios. No hay palabras sagradas. El amor sucede, como el mar o los meteoros. El amor es un fenómeno sideral; el amor es una puñada por la espalda, el amor es.

Y ahondado más todavía en esa idea:

Por eso saltan los enamorados desde los puentes de los barcos, desde los tejados de los macelos abandonados, desde las gárgolas de viejas catedrales bombardeadas sin piedad ni inocencia. No se matan de insatisfacción. Se matan de hartazgo, de entusiasmo. Sus cuerpos son cuerpos minados de alegría. Su éxtasis es el de los genios, el del os locos, el de los anormales.

Hay errores, por supuesto, pero ninguno es determinante. El personaje de Alphonse es bidimensional, solamente al servicio de los flecos narrativos y sin interés, y la voz de Semiasin se parece demasiado a la de Bocanegra/RMMS en sus meditaciones y es el personaje menos vivo del relato con diferencia. A pesar de ello, hay algo shakespereano en este pequeño monólogo del pintor ruso, hay, pues, grandeza:

Falso es una palabra gruesa, Alphonse - Discrepa Semiasin- Cualquier cosa que yo pueda recordar de aquel día, cualquier detalle que pueda traer a la luz, conservará un cierto aroma a quiemra, porque en realidad, hay algo quimérico en que un pintor, por grande que pueda llegar a ser, comparta, aunque sea durante media hora, el mismo espacio que una persona como Stalin. Imagínate a Miguel Ángel ante Julio II. Imagínate a Velázquez ante el Rey Planeta. Imagínate a a Rigaud ante Luis XIV. ¿Qué son? Nada; un soplo de aire, un grumo de vanidad, una belleza intrascendente ante hombres por cuya voluntad cambian fronteras, se apagan vidas, se cordonan deudas ancestrales. Así que las tres visiones que de Stalin di a los periodistas contienen algo de verdad, del mismo en que es posible que algo de lo que hoy te estoy contando a ti no sea toda la verdad. Claro que ¿a quién le interesa un asunto tan desagradable como la verdad?

También resulta muy divertido el epílogo, que desvela una imaginación decididamente narcisista (Bocanegra ha recibido el Premio Nobel y su primera mujer y su hija lo contemplan con rendida admiración; también nos asegura que ha escrito grandes obras, entre ellas La luz es más antigua que el amor, ese libro que empezó en 2008), pero que sirve para pronunciar un hermoso discurso y llevar la autoficción a un terreno más propio de J.M. Coetzee (Elizabeth Costello o Diario de un mal año por poner dos ejemplos), perfecto referente en articular autoficciones que aunan discursos personales con interesantes variaciones levemente autobiográficas con no poca maestría. No está cerca de Coetzee en términos de calidad o de valentía en este aspecto pues sudafricano es un autor con una relación más problemática e interesante con sus encarnaciones literarias, pero sí cumple la sensación de cierre prometida y confirma las notables virtudes de este libro extraño, afortunado, de un talento e inteligencia arrebatadores.

La belleza no tiene bandera conocida, la belleza no cotiza en bolsa, la belleza no es un combustible ni una materia primera. Su misterio radica en su inutilidad, en ser un camino que viene de ninguna parte y a ninguna parte conduce. Pero entonces, me pregunto humildemente ¿para qué sirve la Crucifición de Perugino de Santa María Maddalena dei Pazzi, que imagino sigue allí, treinta y cinco años después de mi vista, casi cinco siglos y medio después de haber sido concebida [...]


Y humildemente respondo que como la literatura, como cada palabra que he escrito a lo largo de toda mi vida, la Crucifixión de Perugino de Santa Maria Maddalena dei Pazzi sirve para consolar, para librarnos de la aflicción de un mundo en que la dignidad humana es crucificada todos y cada uno de los días

1 comentario:

Brian Edward Hyde dijo...

De lo mejor que se está escribiendo ahora misma. Juega sabiamente con forma y fondo, y sale reforzado a cada experimento. A ver con qué nos sorprende en adelante.
Gran artículo.