sábado, diciembre 13, 2014


Habían descubierto (aunque sólo se dieron cuenta después, cuando acababan de mudarse juntos a una diminuta madriguera alfombrada de Belgrano R y sus ex compañeros de colegio, en un típico arrebato de admiración ominosa, hablaba de ellos como un par de "ancianos precoces") que la adolescencia no adora artistas ni obras sino sólo formas alternativas de família, y que del otro lado de esa adoración indiscriminada acechaban decepciones igualmente indiscriminadas. La comprobación los hirió. Se sintieron irremediameblemente idiotas, porque los orgullos que la retrospección exhuma como torpezas siempre valen doble, y en esa herida que ya empezaba a quemarles vieron consumirse una parte, menor pero valiosa, de su juventud.

Alan Pauls, El Pasado.

martes, octubre 07, 2014



En la planta baja de aquel hospital, asomado a una ventana que después de tantos años aún podía reconstruir con precisión, juró no permitir que la vida pasara solamente: había demasiada oscuridad, dolor a carretadas, por eso, en las treguas, ya fueran de semanas o de años, él iba a perseguir la cola del cometa, un destello profundo como el del autobús que, iluminado por dentro, pasó a unos metros de distancia horadando la noche. Allí el futuro abogado se soñó salvaje, sin aspirar a la heroicidad pero sí a la construcción de un carácter que fuera como una herramienta, resistente y útil para dirigir la energía. No había cumplido nada. Horarios, dinero, contratiempos, habían convertido su vida en una más, llena de transacciones y pequeños arrepentimientos. La tormenta ha hundido el barco, ya no me alcanzan los vasos para sacar el agua, le había dicho su madre en las ráfagas de conciencia de las últimas semanas. Y también, acariciándole el pelo, dijo: "Navega, velero mío, sin temor", los versos que él mismo le había enseñado cuando era niño.

Belén Gopegui, Acceso No Autorizado.

martes, agosto 05, 2014





No, no se ama la virtud y es posible que ni siquiera el amor pueda superar el innato horror a la virtud ajena, pues en verdad sólo se amará aquello que subyuga y por consiguiente estará siempre separando de un abismo, con medio cuerpo inmerso en una zona oscura. Y no puede ser sino pecaminoso; las armas reblandecidas en una lucha húmeda, el cuerpo a cuerpo sin fisonomía, en una luz indecisa. Pero para eso es preciso montar una comedia presentable al público: belleza, honradez y buenas intenciones. Un día de sol, de una primera primavera en guerra que no había querido amedrentarse ante la belicosa agitación que todo lo invadía tras el letargo invernal, y aún pugnaba con éxito por brindar los frutos de la paz en los campos de los aires seminales, se vienen abajo todas las normas. La moral es un castillo de naipes, la caída de una pieza resulta decisiva. Cuando se elige el pecado y la pecadora - y precisamente por ser pecadora - y queda recusada toda clase de redención (cualquiera que sea el resultado de esta guerra) y se acepta formar parte de los Enoc o los Irad y se dejan atrás los padres y la casa y la mayor parte del prójimo, la hombría de bien, el provecho y el respeto a los demás, se diría que se sale al aire fresco de la mañana tras una interminable noche en un sótano; en aquel instante comienza el curso del tiempo, tras haber cercenado la historia de un tajo; pero esa mañana dura poco, el aire libre agota y la memoria (o será el metabolismo, ese inencontrable principio de individuación que a cualquiera autoriza a seguir siendo el mismo aun cuando sólo sea una combinación sui géneris de los seres y sales que le rodean) exige estar a cubierto. La rebelión, a la larga, sólo produce melancolía y en este mundo dominado por el rozamiento, la quietud termina por imponerse en cada elemento individual  que nació, creció y se desarrolló gracias al movimiento. Te estoy hablando desde una posición privilegiada que tú me procuraste, con tu marcha; no sería así si hubieras tenido ala atención de volver, no para atar los cabos que dejaste sueltos sino para explicarme - sólo a mí, a nadie más que a mí- - la razón que te movia a dejarlos así; pues a pesar de justificarlo una y otra vez como una sutil maniobra pensada para el provecho de los supervivientes todas las mañanas despierto con los labios cortados por los reproches a tu falta de atención y aún cuando todo el día no haré sino repetirme que la "deuda está pagada, y hasta con intereses" ninguna noche cerraré los ojos sin decirme "pero no en persona". Sólo los paralogismos del principio de contradicción han llevado a los fundamentos de nuestras creencias la convicción de que hay verdad puesto que hay errores. Es cierto, hay errores pero no verdad. Hay algunas cosas ciertas que sirven de bien poco pero no existe esa abstracta e inexupgnable propiedad de convertir en piedra nuestras gaseosas conjeturas. ¿Quién conoce todos los órdenes de una frase? ¿Y qué frase puede alcanzar el estado absoluto? ¿Y quién nos engañó con su empeño de buscar lo cierto? ¿Cuál es la virtud que incandesce los filamentos de nuestro tiempo?

Juan Benet, Saúl ante Samuel.

miércoles, julio 09, 2014


Esos valores se transfieren inevitablemente de la vida a la novela. Este libro es importante, da por sentado el crítico, porque trata de guerras. Este otro libro es insignifcante porque trata de los sentimientos de las mujeres en un salón. Una escena en un campo de batalla es más importante que una escena en una tienda      - en todas partes y con más sutileza la diferencia de valores persiste-. Toda la estructura, por consiguiente, de la novela de principios del siglo XIX había sido ergida, si se era mujer, por una mente algo desviada de lo recto, y obligada a alterar su clara visión en obsequio de una autoridad externa. No hay más que ojear aquellas viejas novelas olvidadas y escuchar el tono de voz en el cual fueron escritas para saber que la escritora está enfrentándose con la crítica; ella decía tal cosa para agredir, tal cosa para conciliar. Admitía que era "sólo una mujer", o afirmaba que "valía tanto como un hombre". Salía al encuentro de la crítica según su temperamento, con diferencia y docilidad, o con enojo y énfasis. No importa cuál de los dos; estaba en otra cosa que en la cosa misma. Su libro se nos viene encima. Había una falla en el centro. Y pensé en todas las novelas escritas por mujeres que yacen desparramadas, como manzanas picadas en una huerta, por las librerías de viejo de Londres. Es la falla del centro lo que las ha podrido. Ella ha alterado sus valores en obsequio a la opinión ajena.

Virginia Woolf, Un cuarto propio. Traducción de Jorge Luis Borges.

-Sea como fuere, hace ya tiempo que desapareció de mi vida, gracias a Dios.

-Pero ha vuelto. ¿Sabes que eres un criticón, Bradley?

-Lo que ocurre es que hay ciertas cosas que censuro.

-Lo de censurar está muy bien. Pero no debes censurar a las personas. Eso te aísla.

-Precisamente lo que pretende es aislarme de personas como Marloe. El que uno sea una persona en el amplio sentido de la palabra es cuestión de establecer límites y trazar una raya y decir que no. No quiero ser un pedacito nebuloso de ectoplasma flotando por las vidas de los demás. Ese género de vaga compasión hacia todo el mundo excluye la verdadera compasión hacia nadie.

-La compasión no tiene por qué ser vaga....

-Y excluye toda verdadera lealtad.

-Uno debe conocer los detalles. A fin de cuentas, la justicia...

-Detesto el parloteo y el chismorreo. Uno debe morderse la lengua. Incluso a veces no pensar en los demás. Los auténticos pensamientos brotan del silencio.

-Bradley, eso no, por favor. ¡Escucha! Lo que yo estaba diciendo es que la justicia exige detalles. Dices que no te interesa la causa por la que fue suspendido del ejercicio de su profesión. ¡Pues debería interesarte! Dices que es una especie de granuja. A mí me gustaría saber de qué especie. Está claro que no lo sabes.

Haciendo grandes esfuerzos por dominar mi irritación, dije:

-Me alegré mucho de poder liberarme de mi mujer, y él también se esfumó. ¿Es que no lo entiendes? A mí me parece bastante sencillo.

-A mi me ha caído bien. Le he dicho que viniera a visitarnos.

-¡Díos mío!

-Pero, Bradley, no debes rechazar a las personas, no debes descartarlas. Debe inspirarte curiosidad. La curiosidad es una forma de caridad.

-No creo que la curiosidad sea una forma de caridad. Creo que es una forma de malicia.

-Eso es lo que hace de alguien un escritor, el conocer los detalles.

-Puede que haga de alguien que tú entiendes por ser escritor. Yo no opino igual.

-Ya estamos otra vez....- dijo Arnold-

-¿Por qué acumula un amasijo de detalles? De todos modos, cuando uno empieza realmente a imaginar algo, debe olvidarse de los detalles, te estorban. El arte no es la reproducción de cosas sueltas sacadas de la vida.

-¡No he dicho que lo fuera! - protestó Arnold-. No me baso en la vida real.

-Tú mujer así lo cree.

-Ah, eso. ¡Dios!

-La cháhchara inquisitiva y el catalogar las cosas que uno observa no es arte.

-Claro que no lo es...

-El vago y romántico mito tampoco es arte. El arte es imaginación. La imaginación cambia, se funde. Sin imaginación sólo te quedan absurdos detalles por un lado y sueños vacuos por otro.

-Bradley, sé que tú....

-El arte no es cháchara más fantasía. El arte brota de una infinita contención y silencio.

-¡Si el silencio es infinito no hay arte! Son las personas sin dotes creativas las que afirman que más significa peor.

-Sólo debe completarse algo cuando nos sintamos condenadamente afortunados de poseerlo. Los que sólo hacen lo que resulta fácil nunca se verán recompensados por...

-Zarandajas. Yo escribo tanto si me apetece como si no. Completo cosas, tanto si me parecen perfectas como si no. Todo lo demás es hipocresía. Y no tengo musa. Esto es ser un escritor profesional.

-En tal caso, doy gracias a Dios de no serlo.

-Tú eres un quejica impenitente, Bradley. Tú romantizas el arte. Lo enfocas de una manera masoquista, quieres sufrir, quieres sentir que tu incapacidad es continuamente significativa.

Iris Murdoch, El príncipe negro. Traducción de Camila Batlles.

miércoles, julio 02, 2014


Quitar las ganas de hablar

Los mecanismos que desarman nuestra palabra se han perfeccionado de tal modo que se ha hecho innecesario prohibirnos hablar. El control que se ejerce sobre los discursos no ha desaparecido si no que ha cambiado de forma: abarca ya una extensión grande, se camufla en lo cotidiano, se hace imperceptible. La estrategia depurada no poda las armas sino que quema la raíz.

Si despolitizar es el más antiguo de los trabajos de la política - como afirmó en su momento Rancière -, quitar las ganas de hablar es la forma más extendida de censura y supresión del discurso. O bien sentimos que no tenemos nada que decir (que no hay nada nuevo o relevante que no haya sido ya dicho y merezca nuestra intervención) o bien no nos sentimos con capacidad de decir nada (al no cumplir las condiciones que nos convertirían en hablantes competentes).

Cuanto más acotadas están las posiciones desde las cuales es autorizada la emisión de un discurso, mayor es el control ejercido sobre el mismo, más desarmada está una palabra antes de ser pronunciada. Actualmente oscilan entre la autoridad del lenguaje experto y la mera opinión a la que se ven reducidos los juicios de valor de unos espectadores cuya capacidad de interlocución sencillamente no se contempla. Al mismo tiempo, cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a responder a unas preguntas que no nos hemos formulado. Ante nuestro asombro las respuestas que se nos reclaman son llamadas decisiones y se dice que son nuestras. Pero sabemos bien que una decisión no tiene nunca la estructura de una respuesta.

El aprendizaje basado en la dinámica de pregunta y respuesta, en pedir y dar la palabra, forma parte de la estructura de docilidad que hemos interiorizado desde la infancia. La verdadera construcción del conocimiento nunca tuvo su origen en las respuestas dadas a preguntas ajenas, sino en el modo en que nosotros mismos interrogábamos la realidad. Nuestras conclusiones más nítidas tuvieron lugar en un espacio de interrogación sin intermediarios. Seguir manteniendo un espacio propio para relacionarnos de una forma directa con lo que nos concierne es necesario para poder pensar y a la vez para mantenernos a distancia de la figura de meros espectadores o encuestados.

Los mecanismos que hacen de una opinión una opinión autorizada reparten verdad, consistiendo y censurando, oyendo y desoyendo razones, argumentos, palabras, anclándonos en unas relaciones de asimetrías de las que nos resulta tan difícil como necesario salir. Poder decir hoy pasa, entonces, no por el reconocimiento de la nuestra por opinión autorizada ni por cambiar sin más de tema en una lista cerrada de ellos, sino por imponer los nuestros propios, de otro modo, nuestra vida en el lenguaje. Nuestra necesidad más viva es esta: abrir espacios de enunciación que no sean los prefijados, hacer posible una toma de la palabra desde un lugar que no sea el del experto o el del encuestado. La palabra que espera ser tomada no es aquella que nace con la conciencia de la carencia de conocimientos sino la que identifica desde un principio la inadecuación entre lo que se piensa acerca de una cuestión y los mecanismos que determinan qué enunciados están permitidos y cuáles excluidos para referirse a ella (bien por inasimilables, bien por incomprensibles). Estos mecanismos son los que constriñen la palabra y encauzan nuestro pensamiento. Se nos presentan pronto en las memorizaciones de las frases impresas en unos libros de texto desconectados con lo que nos sucede. No es algo trivial. Que los temas y preocupaciones que nos concieren no figuren sino anecdóticamente en los libros de estudio reforzará la tensión entre nuestras preocupaciones y nuestros conocimientos, nuestra vida y el saber. Pero en realidad la materia vivida es el tamiz que nos permite filtrar e incorporar lo que aprendemos en la escuela y en los libros. En ella comienza el ejercicio constante de traducción y contratraducción en la que consiste nuestra educación, educación que será mejor tan sólo en la medida en que nos ayude a ampliar nuestra capacidad para hacer nuevas y renovadas conexiones e interpretaciones allí donde todo parece destinado a ser ajeno, distante o inapropiado

Noelia Pena, El agua que falta

viernes, junio 20, 2014


"I do not believe a word of it, my dear. If he had been so very agreeable he would have talked to Mrs. Long. But I can guess how it was; every body says that he is ate up with pride, and I dare say he had heard somehow that Mrs. Long does not keep a carriage, and had come to the ball in a hack chaise."

"I do not mind his not talking to Mrs. Long," said Miss Lucas, "but I wish he had danced with Eliza."

"Another time, Lizzy," said her mother, "I would not dance with him, if I were you."

"I believe, Ma'am, I may safely promise you never to dance with him."

"His pride," said Miss Lucas, "does not offend me so much as pride often does, because there is an excuse for it. One cannot wonder that so very fine a young man, with family, fortune, every thing in his favour, should think highly of himself. If I may so express it, he has a right to be proud."

"That is very true," replied Elizabeth, "and I could easily forgive his pride, if he had not mortified mine."

"Pride," observed Mary, who piqued herself upon the solidity of her reflections, "is a very common failing I believe. By all that I have ever read, I am convinced that it is very common indeed, that human nature is particularly prone to it, and that there are very few of us who do not cherish a feeling of self-complacency on the score of some quality or other, real or imaginary. Vanity and pride are different things, though the words are often used synonimously. A person may be proud without being vain. Pride relates more to our opinion of ourselves, vanity to what we would have others think of us."

"If I were as rich as Mr. Darcy," cried a young Lucas who came with his sisters, "I should not care how proud I was. I would keep a pack of foxhounds, and drink a bottle of wine every day."

"Then you would drink a great deal more than you ought," said Mrs. Bennet; "and if I were to see you at it I should take away your bottle directly."

The boy protested that she should not; she continued to declare that she would, and the argument ended only with the visit.

Jane Austen, Pride and Prejudice.

miércoles, junio 18, 2014


-No sé qué tal saldrá. Es uno de esos directores ultramodernos. Es...es gay, de hecho. Dice que va a hacer una lectura deconstructivista de la obra. A mi no me molesta, por supuesto, porque ya he hecho deconstrucción; pero a mis padrés quizá no les guste.
-No puedes preocuparte de lo que piensen tus padres - dijo Nick.
-Tienes razón - dijo Toby-. De todos modos, tu madre es muy abierta. Siempre va a conciertos y a cosas a la última.
-No, con ella no habrá problema.
Toby se río.
-Claro que el comentario más famoso de tu padre es que ojalá Shakespeare no hubiese nacido.
-No sé si ése es su comentario más famoso - dijo Sophie, con un tono de pique. De hecho, si Maurice Tipper hubiera hecho un comentario célebre seguramente habría sido sobre el margen de beneficios y unos buenos dividendos para accionistas-. Sólo lo dijo después de que los mosquitos le comieran vivo en la función de Pericles, en los jardines del Worcester College.
-Ah...-murmuró Nick, que de la obra sólo recordaba la tímida jactancia de Toby como un Lord de Tyre, cuando Sophie hizo de Marina.

Alan Hollinghurst, La línea de la belleza. Traducción de Jaime Zulaika.

El umbral y la chimenea son espacios míticos. Ambos tienen aspectos sagrados y ceremoniales en la historia de nuestro mito. Cruzar el umbral es entrar en otro mundo - el del interior o el del exterior - y nunca podemos estar realmente seguros de que hay al otro lado de la puerta hasta que la abrimos.

Todo el mundo ha soñado alguna vez con puertas familiares y habitaciones desconocidas. A Narnia se llega cruzando una puerta en un armario. En Barba Azul hay una puerta que no se debe abrir. Un vampiro no puede cruzal un umbral protegido con ajos. Abre la puerta de la pequeña Tardis y dentro hay un espacio enorme y cambiante.

La tradición de entrar en la nueva casa con la novia en brazos es un rito de paso; se deja atrás un mundo, se entra en otro. Cuando abandonamos el hogar paterno, incluso hoy en día, hacemos algo más que salir de casa con una maleta.

La puerta de nuestra casa puede ser una cosa maravillosa, o una visión aterradora; pero raras veces es solo una puerta.

El cruzar hacia dentro y hacia fuera, los distintos mundos, los espacios significativos, son coordenadas privadas que en mi ficción he intentado convertir en paradigmáticas.

Las historias personales funcionan para los demás cuando esas historias se convierten en paraidgmas y parábolas. La intensidad de una historia - por ejemplo, la historia de Fruta prohibida - se librera en un ámbito mayor del que una vez ocupó en el tiempo y en el espacio. La historia cruzal el umbral desde mi mundo al vuestro. Nos encontramos en los peldaños de la historia.

Los libros, para mí, son un hogar. Los libros no hacen un hogar, son un hogar, en el sentido de que hacemos como con una puerta, abrimos un libro y entramos. En su interior hay un espacio diferente y un tiempo diferente.

También hay un calor: una chimenea. Me siento con un libro y tengo calor. Lo sé desde las gélidas noches en el peldaño de casa.

Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Traducción de Álvaro Abella Villar.

sábado, mayo 17, 2014






-No estés demasiado seguro. ¿Para qué molestarse en escribir semejantes cosas? ¿No se ha hecho ya, una y mil veces? ¿Es imprescindible que escriba mi nombre en el Muro de las Lamentaciones? Para mí, los libros que cuentan, incluidos los míos, son aquellos en los que el escritor se incrimina. Si no ¿para qué molestarse? ¿Para incriminar a otros? Más vale dejarle esa tarea a nuestros superiores, ¿no te parece?, a ese astuto teatro yiddish que han creado, la llamada Crítica Literaria. Ay, esos nobles hijos judíos de mediana edad, con sus ritos de rebelión y expiación. ¿Nunca los has leído en la primera del Times dominical? Todos esos cazadores furtivos de chumino manifestándose como si fueran el viejo Tolstói. ¡Cómo se identifican con los humildes de la Tierra, cómo vigilan la llama sagrada que, dicho sea de paso, no les cuesta un puñetero centavo! Óyeme, todos esos judíos portadores de la cultura y profundo sufridores, lo que ncesitan es otro judío caíde en desgracia para que expíe en público sus pecados. Así que ¿por qué no yo? Así, sus mujeres no se enteran de nada, sus novias tienen a alguien sensible al sufrimiento a quien chupársela. Y funciona muy bien con la Facultad de Ciencias Musicales de la Universidad de Brandeis. Todos los años veo en los periódicos que los poderes fácticos, desde lo alto, les otorgan isnignnias al mérito para que se pongan en el pañuelo. Virtud, virtud ¿quién posee la virtud? No se ha visto mayor mafía judía desde los tiempos en los que Meyer Lansky estaba en su apogeo.


Philip Roth, El Profesor del Deseo (traducción de Ramón Buenaventura)

miércoles, mayo 14, 2014


Últimamente se compra mucha ropa, entre lujosa e informal, creo que va a la sauna y se peina con gomina. Los chicos hablan poco de él cuando voy a verlos, pero le llaman "pared de mampostería", no sé si por las obras que siempre está inventando, por el pelo tan pegado o porque él mismo se ha convertido en una especie de pared que no deja resquicios para que se cuele ningún problema de los que no se pueden zanjar a base de dinero. Yo no sé qué hacer cuando los chicos hablan en este tono de Eduardo, por una parte tienen razón, pero lo acepto mal, la educación que he recibido no me había preparado para que algún día llegara a verme en situaciones así. A él los chicos está claro que cada vez le importan menos, que le basta con tenerlos lejos, apenas se pronuncia su nombre entre nosotros ahora. Debe ser culpa mía, nunca encuentro el momento. Pero tampoco se trata de culpas, es que las cosas no son tan fáciles, hay mucho mar de fondo.

Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable.

lunes, abril 21, 2014

UNA LENGUA CORROMPIDA

¿Cómo confiar en el lenguaje si éste ha demostrado con creces su incapacidad para dar cuenta del horror, de la soledad, de la muerte? ¿Cómo escribir en una lengua corrompida por la historia? Las novelas de J.M. Coetzee plantean una y otra vez la necesidad de enfrentar estas preguntas, intuidas - como relata en Juventud, el segundo volumen de sus memorias - en la paralizante lectura de la poesía del siglo XX.

Londres, 1962: Coetzee es un joven fantasioso que ha dejado Ciudad del Cabo en pos de la poesía. Consigue empleo con cierta facilidad, pero mucho más complejo le resulta cumplir con su vocación de escritor. Por entonces lee a Rilke, a Vallejo, a Neruda, pero en especial a Ezra Pound y T.S. Eliot, en quienes no sólo ve modelos literarios sino verdaderos ejemplos de vida, espejos donde mirarse: "Si Eliot elige parecer aburrido, elige vestir traje y trabajar en un banco y llamarse a sí mismo J. Alfred Prufrock, tiene que ser un disfraz, parte de la malicia que el artista necesita en la era moderna", piensa el protagonista de Juventud, que lleva traje negro y trabaja en IBM, aunque la suya no es una máscara que le siente cómoda. No eligió parecer aburrido, está aburrido de veras, al borde de la desesperación, perdido en una ciudad que va enseñándole a palos su lugar en el mundo.

Es entonces cuando Coetzee da el paso de la poesía a la prosa, que para él es, sin duda, un retroceso pues ve en la prosa apenas una "segunda mejor opción", una solución de compromiso gracias a lac ual ya no tendrá que hacerse responsable, por ejemplo, de estos imponentes preceptos del propio Eliot: "la poesía no es un dejar libre la emoción, sino una huida de la emoción", "La poesía no es una expresión de personalidad, sino una huida de la personalidad". Seguro de que ha dado con algo importante, John copia estos fragmentos en su diario, pero ahora, desolado, añade un triste comentario al margen: "Sólo aquellos que tienen personalidad y emociones saben lo que significa huir de tales cosas".

John no es un joven sin personalidad, sino un inmigrante que busca convicciones y sólo enceuntra sospechas. "La prosa, afortunadamente, no quiere emoción", se dice, como una manera de afrontar el descalabro; "La prosa es como una extensión lisa de agua tranquila sobre la que uno puede ir añadiendo cosas a placer, dibujando sobre la superfície". Ya no le sirven Pound ni Eliot. En busca de un nuevo modelo recurre a Henry James, pues entiende que uno de los méritos de James es haber trascendido las nacionalidades, lo que para un colono de origen afrikáner deseoso de reinventarse ocnstituye una valiosa oportunidad: "La gente de las obras de James no tiene que pagar el alquiler; desde luego, no tiene que aferrarse a un trabajo; lo único que se le exige es que mantenga conversaciones supersutiles que desencadenarán minúsculos trasvases de poder, cambios tan mínimos como invisibles para todos excepto para el ojo experimentado".

Muy pronto Coetzee comprueba que es realmente difícil conseguir diálogos supersutiles entre personas interesantes. Entiende, entonces, que la acción narrativa reclama un escenario específico: meintras la poesía tiende a prescindir de los pormenores espaciales, la prosa pide un escenario particular, y el escenario de Coetzee es Sudáfrica, no Londres. John quiere ser inglés, como Eliot, el poeta que no era inglés pero que convenció a medio mundo de que era inglés. ¿Pero es posible convencer a medio mundo de que no es surafricano? ¿Es John un buen actor, un actor tan bueno como Eliot? De momento odia o cree odiar su lugar de origen: "Sudáfrica fue un mal comienzo, una desventaja", "Si mañana se levantara un maremoto desde el Atlántico y barriera el extremo sur del continente africano, no derramaría una sola lágrima". En las calles de la inhóspita Londres, en cambio, late la pasión artística: "Puede que Londres sea glacial, laberíntica y fría. Pero tras sus muros intimidatorios hombre sy mujeres trabajan escribiendo libros, pintando cuadros, componiendo música". Por ahora no quiere aceptarlo, pero ya sabe que su historia no es la de Eliot: ya sabe que para ser escritor debe convertirse en sudafricano, debe convertirse en lo que ya es.

La poesía es una huida de la emoción, pero John, que cree carecer de emociones, no sabe de qué huir. La prosa, en tanto, no necesita emoción, sino escenarios particulares, es decir Sudáfrica, el país del que ha escapado, y no Inglaterra, el país del que no quiere escapar. Coetzee nace cuando acepta que Sudáfrica es el escenario del que huye al escribir. Ése es el tema de Infancia y Juventud: la vida de alguien que más bien a su pesar comprende que no hay mundos paralelos, que es imposible marginarse de la historia. La emoción - el dolor que, en sus más diversas formas, recorre cada página de Coetzee - requiere de un cauce, y eso lo aprendió de Pound y de Eliot. A su manera, por cierto: quería que Eliot le enseñara cómo ser un poeta inglés sin ser inglés, pero acabó aprendiendo cómo ser un escritor sudafricano, un escritor de ninguna parte. En la mejor poesía del siglo XX, Coetzee fraguó la mejor literatura de las últimas décadas.

"Esta casa no pretende desnudar mi corazón. Pretende desnudar algo, pero no mi corazón", confiesa la protagonista de La edad del hierro. El imperativo moral que rige los libros de Coetzee es la necesidad de nombrar sin gimoteos, valientemente, aquello que haya que nombrar, aunque hacerlo suponga un brutal ejercicio de honestidad. También de la Edad de hierro proviene esta preciada y urgente declaración de principios: "Lo que he visto es terrible. Merece ser condenado. Pero no puedo denunciarlo con palabras ajenas. Tengo que encontrar mis propias palabras, que sean mías. De otra forma no sería verdad. Eso es lo único que puedo decir ahora".

En Desgracia, la realidad le demuestra a David Lurie que para describir Sudáfrica el inglés es una lengua muerta. "Como un dinosaurio que expira en el fango, la lengua se ha quedado envarada", comprende. Eso es lo que tarde o temprano los personajes de Coetzee acaban descubriendo: que en el mundo donde viven no cabe la ficción, que sólo les queda comunicar, con justeza, lo que ven. El desafío de Coetzee es prácticamente el mismo de Eliot: purificar el lenguaje de la tribu. Lo que cambia es el énfasis: Coetzee prueba que es posible escribir en un lenguaje contaminado. De ese lenguaje en decandencia el escritor entresaca aquello que aún se puede decir, y procura decirlo con la mayor claridad, seca, cabalmente. En uno de los pasajes más bellos y certeros de Elizabeth Costello, Coetzee lo expresa de este modo: "Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien". Eso es, en definitiva, lo que hace un gran escirtor: poner a prueba el lenguaje de su época.

Alejandro Zambra, No Leer.

lunes, abril 07, 2014


No había sabido cómo llamarlo, no había querido hacerlo, pero desde el primer momento supo que aquello iba a durar. Pasión, delirio, obsesión - aspiración quizá: pero eso era lo más apurado y horrible de todo - fueron palabras que con el tiempo llegarían a imponerse, pero aun entonces el impulso de decirlas le resultó ajeno, la voz que las articuló apenas la reconoció como suya, y el efecto final fue el mismo que si hubiese profanado algo muy precioso y muy profundo. Ni una sola de las palabras las había inventado ella, y nada le parecía tan detestable como lo que había oído tantas veces pronunciar a los demás. Si las pronunció, y lo hizo en aras - le dijeron - de una eventual lucidez, nunca dejó de sentir que lo había hecho definitivamente a pesar de sí misma, como una sonámbula a quien la fría aurora despierta de un sueño cándido.

Luis Magrinyà, G.C. en Belinda y el Monstruo.

jueves, abril 03, 2014


.....Viaje de vuelta a medianoche, conversación sobre Evita Perón. (Puta o cortesana, montó todo un espectáculo. A Val le gustan los cohetes. Bonitos, lindos.)

El trabajo de escribir. El escritor construye ilusiones para el hombre de la calle: velo de misterio, ya que nadie quiere saber que se puede jugar con sus emociones, que se las puede despertar mediante el oficio y la intención literarias, que son cosas aprendidas. Nadie quiere saber que esa persona puede meterse en mi interior y estrujarme el corazón porque quiere seguir comiendo todos los días. De manera que cuando preguntan de dónde saca el escritor sus ideas, se les contesta: "Me tumbo en el sofá; Dios me habla. Inspiración". Eso resulta satisfactorio.

A ride back at midnight, talk about Evita Peron. (Whore or courtesan, she put on a great little show. Val likes skyrockers. Pretty, cute.)

Writing work. Writers builds illusion for man-on-street: shroud or mystery - no one wants to think their emotion can be played with, roused by literary learned craft & intention. No one wants to think: this guy reach inside & yank my heart because he wants to keep his pot boiling. So when they ask where the writer gets his ideas: "I lie on my couch; God speaks to me. Inspiration." That satisfies.

Sylvia Plath, Diarios. Traducción de José Luis López Muñoz.

sábado, marzo 29, 2014


al llegar la noche en que el alma
iba a serle reclamada
he aquí que al no aguantarse
la entregó una hora antes


la nuit venue ou l'âme allait
enfin lui
être reclamée
volà-t-il pas qu'incontinent
il la rendit une heure avant

Samuel Beckett, Letanías, 1976-1978. Traducción de Jenaro Talens.

jueves, marzo 27, 2014


ROTH: En El libro de la risa y el olvido, sin embargo, hay otras cosas en juego. En una pequeña parábola, compara usted la risa de los ángeles con la risa del diablo. El diablo ríe porque el mundo de Dios no tiene sentido para él; los ángeles ríen de alegría, porque en el mundo de Dios todo tiene su sentido.

KUNDERA: Sí, el hombre utiliza la misma manifestación fisiológica - la risa - para expresar dos actitudes metafísicas distintas. Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, cogidos de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chiste ni con ninguna clase de humor: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de la risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido, que hasta los entierros son ridículos y que el sexo en grupo es una mera pantomima cómica. La existencia humana tarnscurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.

ROTH: Lo que ahora llama usted risa de los ángeles es una nueva manera de denominar la "actitud lírica ante la vida" de sus novelas anteriores. En una de sus novelas, dice que la era del terror estalinista fue el reino del verdugo y del poeta.

KUNDERA: El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso: el antiquísimo sueño de un mundo en el que todos vivimos en armnía, unidos en una sola voluntad y una sola fe comunes, sin guardarnos ningún secreto unos a otros. También André Breton soñaba con este paraíso cuando se refería a la casa de cristal en que ansiaba vivir. Si el totalitarismo no hubiera explotado estos arquetipos, que todos llevamos en lo más profundo y que están profundamente arraigados en todas las religiones, nunca habría atraído a tanta gente, sobre todo durante las fases iniciales de su existencia. No obstante, el sueño del paraíso, tan pronto como se pone en marcha hacia su realización, empieza a tropezar con personas que le estorban, y los regidores del paraíso no tienen más remedio que edificar un pequeño gulag al costado del Edén. Con el transcurso del tiempo, el gulag va creciendo ent amaño y perfección, mientras el paraíso a él adjunto se hace cada vez más pobre y más pequeño.

ROTH: En su libro, el gran poeta francés Paul Éluard se eleva hacia los cielos con el paraíso y el gulag, cantando. ¿Es auténtica esta anécdota?

KUNDERA: Después de la guerra, Éluard abandonó las filas del surrealismo para convertirse en el mayor exponente de lo que podríamos llamar "poesía del totalitarismo". Cantó la fraternidad, la paz, la justicia, el mañana mejor, la camaradería, en contra del aislamiento, a favor de la alegría y en contra del pesimismo,a  favor de la inocencia y en contra del cinismo. Cuando, en 1950, los dirigentes del paraíso sentenciaron a un amigo suyo, el surrealista Závis Kalandra, a morir en la horca, Éluard no se permitió ningún sentimiento de amistad: se puso al servicio de los ideales suprapersonales, declarando en público su conformidad con la ejecución de su camarada. El verdugo matando, el poeta cantando.

Y no sólo el poeta. Todo el período estalinista fue un delirio lírico colectivo. Es algo que ya está completamente olvidado, pero resulta de crucial importancia para entender el caso. A la gente le encanta decir: qué bonita es la revolución; lo único malo de ella es el terror que engendra. Pero no es verdad. El mal está presente ya en lo hermoso, el infierno ya está contenido en el sueño del paraíso; y si queremos comprender la esencia del infierno hemos de analizar también la esencia del paraíso en que tiene origen. Es extremadamente fácil condenar los gulags, pero rechazar la poesía totalitaria que conduce al gulag, pasando por el paraíso, sigue siendo tan difícil como siempre. Hoy, no hay en el mundo nadie que no rechace de modo inequívoco la noción del gulag, pero todavía queda mucha gente que se deja hipnotizar por la poesía totalitaria y se pone en marcha hacia neuvos gulags al son de la misma canción lírica que entonaba Éluard mientars planeaba sobre Praga como un gran arcángel del lirismo, con el humo del cadáver de Kalandra elevándose al cielo desde la chimenea del crematorio.

ROTH: Lo característico de su prosa es la constante confrontación entre lo privado y lo público. Pero no en el sentido de que el telón de fonda de los relatos privados sea lo público, ni de que los hechos políticos invadan las vidas privadas. Es, más bien, que usted continuamente nos está haciendo ver que los hechos políticos están gobernados por las mismas leyes que los privados, lograndoa sí que su prosa se convierta en una especie de psicoanálisis de la política.

KUNDERA: La metafísica del hombre es la misma en la esfera privada que en la pública. Tomemos, por ejemplo, el otro tema del libro, el olvido. Éste es el gran problema privado del hombre: la muerte en cuanto pérdida del yo. Pero ¿qué es el yo? Es la suma de todo lo que recordamos. Así, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro, sino la pérdida del pasado. El olvido es una forma de muerte que siempre está presente en la vida. Ése es el problema de mi protagonsita femenino, que trata desesperadamente de preservar la evanescente memoria de su amado marido difunto. Pero el olvido es también el gran problema de la política. Cuando una gran potencia quiere despojar a un pequeño país de su conciencia nacional, acude al método del olvido organizado. Así está ocurriendo actualmente en Bohemia. La literatura checa contemporánea, en la medida en que aún conserve algún valor, lleva doce años sin imprimirse. Hay doscientos escritores checos proscritos, incluidos algunos que ya no viven, como Franz Kafka. Ciento cuarenta y cinco historiadores han sido destituidos de sus cargos, se ha vuelto a escribir la historia, se han echado abajo muchos monumentos. La nación que pierde conciencia de su pasado también va perdiendo gradualmente la conciencia de sí misma. Y así, la situación política arroja una luz brutal sobre el problema metafísico ordinario del olvido, el que estamos enfrentando todo el tiempo, todos los días, sin prestarle atención. La política desenmascara la metafísica de la vida privada, la vida privada desenmascara la metafísica de la política.

Philip Roth, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras. Traducción de Ramón Buenaventura

jueves, marzo 06, 2014


De manera que cuando amanece ese primer control del poder destructivo adolescente mediante el signo de lo Bello, el relumbre solar nos impide ver lo que rampa tras la mancha de fuego, y no es sino otra potencia (o divinidad) de igual calibre, aunque opuesta. El dios llamado "Terrible", "Irremediable" o "Inevitable", carece de signo visible, pero se oculta detrás del signo lingüístico más propiamente griego. Hasta mucho más tarde, cuando ya casi no quede nada en verdad viviente, no hemos podido abstraerlo o controlarlo. No tiene rostro ni cuerpo, ni estatua ni templo, aunque es tan griego como su gemelo invertido. En esa su invisible intagibilidad basa la persistente acción, inadvertida, artera. Su nombre, Ananké, debería espluznarnos, pero sólo su nombre, ya que no conocemos ni sus ojos, ni su torso, ni si es macho o hembra, ni si habita en grutas o palacios, ni si lo cubre casta túnica o se exhibe en obscena burla de nuestra repugnancia.

Si de Ananké, lo inevitable, lo necesario, lo irremediable, sólo conocemos su nombre (bajo diversas formas, porque también se llama Moira y Tyké y aún puede ser llamado de otras maneras), será porque se trata de la más dificultosa de las potencias, aquella que sólo puede ser abstraída y controlada mediante signos lingüísticos, peroes inasequible al a piedra y a la luz. Y así como los jóvenes asesinos sexuales se paralizan en la bella estatua del parricida Orestes que sólo invita al a reproducción armónica, así quizá Ananké sólo pueda caer cautiva mediante un conjuro. Los griegos dan un paso más hacia la magia y la brujería del control cósmico, el gran arte cristiano que se ejerce a la sombra de la cruz para dominar y abstraer las fuerzas terrestres.

Que lo Inevitable está por encima de los dioses es asunto comprensible y digno de encomio. Ni Zeus puede conseguir que la línea de puntos que forma la circunferencia incluya un punto, uno sólo, cuyo radio sea distinto al de sus infinitos hermanos. Hermenes no venderá un caballo por el precio de una maldición tebana. Afrodita no puede impedir que sólo las hembras hagan ofrenda de sangre al os circuitos lunares. Hay asuntos que a los dioses les vienen tan impuestos como a los mortales y por eso inclinan su hermosa cabeza y se resignan, algo que no hará su sucesor, el Cristo, mago inmenso que resucitará muertos, maldecirá una higuera por no dar fruto en febrero y, si así lo desea, detendrá el pausado deambular de los círculos celestes. Pero los bellos dioses no. Los bellos dioses están limitados por una ley superior e inevitable.

La imposibilidad, no obstante, es neutra, ni afirma ni niega. Cuando Hölderlin apunta que "nosotros [los mortales] antes que los dioses hemos conocido el abismo", está señalando que sólo los mortales conocemos el inmenso infierno de lo negativo: el tedio, el dolor, la melancolía, la desolación, el sufrimiento, el hastío, el desamparo, la angustia, la consternación. No obstante, lo inevitable no pertenece al orden de lo negativo aquí insinuado, sino también al de lo afirmativo como que el día suceda a la noche, la lluvia a la sequía, que el caballo tenga un gran corazón,o que el cielo de bronce nos proteja sin razón ni causa.

Esta sujeción de los dioses a una necesidad incomprensible, incognoscible e intangible, garantiza que aunque su poder sea inmenso, tiene un perímetro de seguridad. Los dioses bellos no pueden enloquecer y por lo tanto no pueden estallar como adolescentes de manera que su colosal potencia arrase por completo a los humanos. Tienen un signo definido que abstrae y controla su lado siniestro. Así que se muestran en la cordura, en la limitación, en la permanencia como divinidad solar también inevitable. Contraste grande con el último dios, el cristiano, de quien no puede garantizarse la cordura puesto que no está sometido a Ananké, razón por la cual Descartes pudo especular sobre las espeluznantes consecuencias de que el dios de los católicos esté rematadamente loco.

Y así llegamos al último signo de ese primer mundo occidental dominador de la vida sin causa, pues entre las múltiples formas que abstraen y controlan las pasiones y fenómenos de la Tierra y que hacen que en todo intercambio brille el báculo de Hermse o en todo choque amoroso la húmeda de piel de Afrodita, no hay sin embargo lugar alguno o signo apra Ananké, ni figura ni aspecto, ni apariencia, pues de esta potencia no tenemos más información que la lingüística. Ya Malraux, en su tratado acerca de lo Sobrenatural, subrayaba esta peculiaridad: que siendo tabú la representación y el culto de lo Inevitable, no quedaba más remedio que aproximarse a esa deidad mediante la palabra, así que debíamos imaginar el templo de Ananké alzado con las piedras y la argamasa de la tragedia. Malraux lo escribía poéticamente y decía que las cariátides del templo de lo Inevitable son los versos trágicos.

Ahora entramos en ese templo construido con palabras. En un espacio vacío llamado escenario se enfrentan dos oraciones. Tienen un fondo escenográfico que nadie toma en serio pues es un simple telón sobre el que rebota el sonido, un límite convencional y prescindible. Delante de los agónicos (o agonistas, es decir, protagonistas) hay semircírculos de oyentes. La palabra trágica, el signo de lo inevitable, tiene lugar en el vacío y ese vacío es el templo de Ananké. Los discursos que enfrentan son poderosos versos a veces coreados, a veces danzados, porque la música es el andamiaje, el encofrado, la argamasa y la viguería de la palabra trágica.

Las dos oraciones que se enfrentan en el vacío, la de Antígona y la de Creonte, no luchan entre sí ni se destruyen mutuamente sino que muestran su mutua dependencia, su necesidad recíproca, lo Inevitable, esa potencia superior a los dioses en cuyo templo ahora asisitimos sobrecogidos a la destrucción de los héroes. Los divinos quieren ayudar a sus predilectos, a Antígona, a Orestes, a Edipo, pero al cabo se ven impotentes y cuando su protegido cae fulminado, agachan la cabeza y cantan que ni siquiera Zeus puede torcer a Ananké. El templo de la fatalidad se construye con música y palabras que relucen en el vacío, como las estrellas en la noche del mundo. Y en ese templo asistimos a la derrota de los dioses y a la mentira ignominiosa de lo Bello.

Félix de Azúa, Autobiografía sin vida.

martes, marzo 04, 2014


No he tenido una vida feliz - dijo Annabellle-. Creo que le concedía demasiada importancia al amor. Me entregaba con demasiada facilidad, los hombres me dejaban tirada en cuanto conseguían lo que querían, y yo lo pasaba mal. Los hombres no hacen el amor porque estén enamorados, sino porque están excitados; me hicieron falta años para comprender un hecho tan obvio y tan simple. Toda la gente que me rodeaba vivía así, me movía en un medio liberado; pero no sentía el menor placer provocando o seduciendo. Hasta la sexualidad terminó asquéandome; ya no soportaba sus sonrisas de triunfo cuando me quitaba el vestido, sus caras de idiota cuando se corrían, y menos aún sus groserías una vez acabado el acto. Eran despresciables, pusilánimes y pretenciosos. Al final resulta penoso que te consideren ganado intercambiable, aunque a mí me considerasen una buena pieza por ser estéticamente irreprochable y se sintieran orgullosos de llevarme a un restaurante. Sólo una vez creí que la cosa iba en serio y me fui a vivir con un tipo. Era actor, tenía un físico muy interesante, pero no cosneguía abrirse camino; y era sobre todo yo la que pagaba las facturas del apartamento. Vivimos dos años juntos, me quedé embarazada. Él me pidió que abortara. Lo hice, pero al volver del hospital supe que se habia acabado todo. Me separé de él esa misma noche y me instalé durante cierto tiempo en un hotel. Tenía treinta años, era mi segundo aborto y estaba completamente harta. Era en 1988, todo el mundo empezaba a ser consciente de los peligros del sida; yo lo viví como una liberación. Me había acostado con docenas de hombres y ninguno merecía que lo recordase. Hoy pensamos que hay una época de la vida en la que uno sale y se divierte; después aparece la imagen de la muerte. Todos los hombres que he conocido tenían terror a envejecer, no paraban de pensar en su edad. Esa obsesión por la edad empieza muy pronto, la he visto en gente de veinticinco años, y luego no hace más que empeorar. Decidí parar, dejar el juego. Llevo una vida tranquila, sin alegría. Por las noches leo, me hago infusiones, bebidas calientes. Todos los fines de semana voya  casa de mis padres, paso mucho tiempo con mi sobrino y mis sobrinas. Cierto que necesito un hombre, que a veces tengo miedo de noche y que me cuesta trabajo dormirme. Están los tranquilizantes, los somníferos; pero eso no basta del todo. En realidad, me gustaría que la vida pasara muy deprisa.

Michel guardó silencio; no estaba sorprendido. La mayoría de las mujeres tienen una adolescencia exaltada, se interesan mucho por los chicos y el sexo; poco a poco se cansan, tienen cada vez menos ganas de abrir las piernas, de curvar la espalda y presentar el culo; buscan una relación tierna que no encuentran, una pasión que ya no son realmente capaces de sentir; entonces empiezan para ellas los años difíciles.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales. Traducción de Encarna Castejón.

lunes, marzo 03, 2014


MATRIMONI

Tanca el ponent a fora,
tot l'estiu, la parada
fatiga de suburbi,
geranis i falcies.

Tens ordenada i neta
i a punt la nostra casa,
oi que sí? De seguida
començarem a dir-nos,
potser, velles paraules.

T'en riuràs, però sento
dintre, de sobte, rares
veus de Déu i manubris,
set de gos i missatge
de lents records que es perden
part enllà d'un pont fràgil.

I tu portes la tassa
de malalt i en silenci
t'asseus, mentres ens condemnen
els anys, els morts, l'enorme
balcó roent del vespre.

Salvador Espriu, Mrs. Death

jueves, febrero 27, 2014


Pammy y Lyle comenzaron a tocarse. Conocían las imágenes cambiantes de la similitud física. Era un vínculo tácito, parte de su conciencia compartida, el silencio minado entre personas que viven juntas. Acurrucado cada cual en las extremidades y silueltas del otro, parecían repetibles, células hijas de alguna división muy precisa. Sus lenguas derivaron sobre carne más húmeda. Este presentimiento de lo húmedo, una intuición de la naturaleza sumergida, fue lo que los puso a cien uno con otro, a mordiscos, a arañazos de ansia. A él le supo a vinagre el pelo alborotado de ella. Se separaron un momento, se tocaron desde una distancia calculada, se sondearon introspectivamente, un intercambio complejo. Él se levantó de la cama para apagar el aire acondicionado y subir la ventana. La velada se había recargado de fragancias. Atronaba encima de ellos. Lo mejor del verano esan esas tormentas que llenan una habitación, casi medicinalmente, de climatología, de luz variable. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Vieron los árboles golpear vientos racheados. Lyle se había mojado al abrir la ventana , las manos y el abdomen, y ambos esperaron a que se secara, hablando con acentos extranjeros de una tormenta que les había pillado en coche, en los Alpes, riéndose en "portugués" y en "holandés". Ella se retorció apretándose contra él, la soledad de ambos convertida en un refugio contra la tormenta. Perdieron contacto durante un momento. Ella lo atrajo hacia sí, necesitada de ese conflicto de superfícies, la palpable lógica de su polla dentro de ella. Lo agarró con fuerza, se soltó al contagio del movimiento recurrente, alzándose, doloridos y juguetones, asilvestrados como dos cachorros de tigre.

Es hora de "actuar", pensó él. Ella tenía que quedar "satisfecha". Él tenía que ponerse a "su servicio". Ambos harían esfuerzos por "interactuar".

Cuando estuvo seguro de que habían acabado los dos, él se apartó y notó una mínima rociada de lluvia después de que alcanzara el aféizar. Tumbados de espaldas recuperaron el aliento. Ella quiso una pizza. Se sintió culpable por no apetecerla la fruta. Pero se había pasado el día trabajando, tomando ascensores, trenes. No podía afrontar las consecuencias de la fruta, su condición perecedera, la obligación que entrañabla el comerla. Quería sentarse en un rincón, sola, y atiborrarse de comida basura.

Don DeLillo, Jugadores. Traducción de Miguel Martínez-Lage.

viernes, febrero 21, 2014


"Marido".

Jaume me pide salir y empezamos a comportarnos como un matrimonio en miniatura. A lo tonto nos convencemos, nos ajustamos al molde, nos metemos en una frase hecha de la que no queremos salir. La frase es: estamos hechos el uno para el otro. Chupo el tenedor con el que él pincha el filete, él chupa el cuchillo con el que corto la fruta. Deseamos pasar juntos una noche. Meternos en una cama con la única intención de dormir. Ponernos los rulos y comer pastillas de menta para aclararnos la garganta y tener buena liento. Descubrir si roncamos. Acompañarnos al dentista. Adoptar un perrito. Entrar juntos en la farmacia para comprar condones. Caminamos, con las manos entrelazadas. Nos sentamos en los bancos frente al mar, nos miramos a los ojos, nos besamos.

Tenemos broncas y reconciliaciones. El mundo se cae y se levanta. Los niños son de goma. Nos guardamos ausencias y fidelidades. Por fin, nos desvirgamos. Jaume no me abandona. No me tira como un trapo sucio. Parece que me quiere incluso más. Somos una bonita pareja. Una pareja eterna. Indestructible. Nos hacemos promesas de tipo numérico: ni un día sin hacer el amor, ni un día sin hacer el amor cinco veces, ni un día sin...Todo el día pegados, encajados, empotrados. Nos queremos tanto y con tanta calidad. Somos la perfecta combinación de carne y espíritu. Somos el hijo del notario y la hija adoptiva de la empresaria más próspera. Estamos condenados o nos amamos por narices. Nos amamos mucho y con todo a favor. A veces nos gustaría tener algo en contra para que nuestro amor fuese mucho más romántico. Vivir películas.

Jaume y yo nos comportamos como un matrimonio en miniatura: estoy cansada de la excentricidad erótica de Amparo Orts, de mis propias investigaciones, de esa irresponsabilidad de Janni Frankel que todo el mundo comenta. Quiero quedarme a vivir en este lugar porque no creo que exista una playa, un puerto, una iglesia, una montaña mejores en el mundo. Soy parte de este sitio. No quiero que me expulsen. Me gusta el abrazo de Jaume que me ampara y me adormece. Nos regalamos cintas con las que rodeamos nuestras muñecas. No me separo nunca de mi novio. Nos empeñamos en estar siempre juntos. Nos empeñamos en querernos por encima de todas las cosas. Él y yo. Acabaremos casándonos. Hasta el agotamiento.

Marta Sanz, Un buen detective no se casa jamás.

domingo, febrero 09, 2014


El hecho de que yo me hubiera formulado a mí mismo la naturaleza de mis sentimientos ('debo estar enamorado o bajo el influjo desconocido de un fortísimo capricho para pensar y desear así', me dije) me pareció de pronto un tremendo inconveniente, que me obligaba a actuar con un plan más o menos premeditado (pero que aún estaba por meditar) y por tanto con artificialidad, en vez de continuar como hasta entonces, tomando las cosas, si no pasivamente, sí al menos con naturalidad, sin forzar ni guiar nada, en una espera de sin expectativa ni determinación. Qué cansado es querer, pensé. Afanarse, proyectar, ambicionar, no poder contentarse con la perseverancia y la inmovilidad. Qué cansado es lo concreto, pensé, lo que no tiene más remedio que tener contenido.

Javier Marías, El hombre sentimental

sábado, enero 25, 2014


De Madrid al cielo
 
De pronto,
las felicidades sensoriales pueden ser absolutas,
habrá brisa -seguro-,
no seremos por siempre condenados,
descubrirán la droga contra el cáncer
y de Madrid al cielo,
con vestido chinés


Juan Gacia Hortelano, Echarse las pecas a la espalda
  
                                                                                                                            
                                                                                                               Madrid, 17 de Mayo de 1965

Querida Carmiña:

Lo cierto es que el saber viene en nuestra ayuda en muy raras ocasiones. Desde la infancia hemos adquirido un saber - distinto del saber profesional y de aquel puro objeto de goce que interesa al sabio- en la confianza de que un día nos habrá de servir para ayudar a resolver una situación ante la que no hay experiencia. Pero ocurre que muy raras veces esa experiencia coincide con un dato del archivo y toda esa acumulación de conocimientos se demuestra inaplicable, gratuita y ociosa. Es siempre el análisis de la experiencia lo que puede arrojar cierta luz; todo lo demás es un hábito - apenas transmisible ni codificable-, una manera de ver las cosas que sólo en cuanto método sirve para aproximarse a las - como iría tu buena amiga- nuevas vivencias. ¡Horrible expresión! Pero la he empleado a propósito: cuando nuestros jóvenes y pedantes conocidos la emplean con tanto énfasis están inconscientemente traduciendo la enorme alegría que les debe producir vivir una cosa nueva; nacer a ella y - sobre todo - con ella, descubrir un algo oculto de nuestra persona que había pasado desapercibido y que se pone de manifiesto con la nueva situación. Y ahora yo te pregunto ¿pero es que hay esas nuevas vivencias, esas neuvas situaciones? Yo no las veo por ninguna parte. Me malicio que cuando nos reímos de la expresión, lo que ocurre es que nos estamos burlando del significado. Y sucede que en cuanto a vivir, disfrutar, padecer, nos queda bastante poco que aprender. Pongo el acento sobre el carácter emocional de la acción. Porque con todo lo que queda por contemplar; todas las personas que - todavía- se pueden y deber conocer; los libros que hay que leer, los paisajes que visitar, la música que oír (y la comida que echarse al cuerpo), con todo y con eso - y dejando aparte pequeñas variaciones de segundo orden que son las que pautan las diferencias con sus emociones humanas-, lo que todo ello nos va a procurar se va reduciendo, cada hora y cada día, a cosa pasada y conocida. Es una situación un tanto paradójica: el espíritu se siente saturado y - en cierto modo- envejecido porque conoce todo lo que el mundo le ofrece a su conocimiento; no es ni mucho menos así pero para no desmentirse ni tener que abandonar una posición en la que, aun con ser un tanto despectiva y despechada, ha encontrado acomodo, cuando el espíritu se encuentra con algo nuevo gusta de referirlo al sumario de emociones conocidas, quizá con el fin de no tener que consumir la enorme energía que requiere toda sorpresa. De forma que llega un momento en que él mismo se configura una estructura en la que no caben las famosas nuevas vivencias.

Pero hay más: y es que, para no engañarse a sí mismo y evitarse el trauma que le produciría una tal contradicción - la inteligencia de la novedad de una situación que vendría a desmantelar un cierto y caro escepticismo basado en la fe en la experiencia-, el espíritu reflexiona y anticipa tales situaciones para no verse sorprendido en el momento de vivirlas. De forma que es para el hombre que no sale de su habitación para quien el mundo tiene menos sorpresas pero no por un ánimo cobarde que le impide salir de ahí y le prohibe conocer sino justamente por lo contrario: porque no sale para evitarse la molestia de enviar al cuerpo fuera y malgastar sus energías con lo rutinario y, en cambio, manda al espíritu a que explore por ahí fuera a fin de que le traiga exclusivamente lo que podría constituir una sorpresa en caso de vivir una situación inesperada. Y esos datos los almacena en un afán un tanto avaro: al espíritu le fascina resumir la emoción de un acto vivido, solamente presumido. Se dirá que eso lo convierte enseguida al patrón oro, lo reduce a su valor en lingote y lo almacena en una tenebrosa cámara que vigila día y noche y adonde sólo entra para inventariar su tesoro y para, de tanto en tanto, depositar una pieza más. Es lógico que, en esa situación, se preste muy pocas veces a contrastar el valor de sus divisas con la cotización real que se lleva en la calle. Un día resulta que sale a la calle y se encuentra con una situación que él conoce de sobra pero que no ha vivido: si no se produce la sorpresa sin duda volverá a casa satisfecho - satisfecho de su lucidez, de su previsión, de su capacidad de análisis, de su de su capacidad para la comprensión y para la reducción al patrón-idea de toda no-vivencia- pero amargado - porque, en definitiva, toda su economía estaba basada en que se tenía que producir la sorpresa. Nada le gustaría más que confesarse en ese trance: "Tenía razón cuando creía que esto traería sorpresas. Me equivoqué respecto a la naturaleza de ellas y en eso, justamente, radica la sorpresa". Pero lo que tiene que reconocer es justamente lo contrario: que al haber acertado sobre su naturaleza ha anulado su petició n de principio, y eso es lo que - tras satisfacerla - le amarga y le convence de que no existen novedades en el mundo en que vive, que no tiene otro valor que el que ha acumulado en su sombría caja fuerte. Todo esto es un galimatías pero ¿no tiene algo que ver con el oficio de novelar, de inventar y sacar sorpresas de lo que no se vivió?

Seguiré.

Juan

¿Qué te parece el nuevo lápiz?

Juan Benet / Carmen Martín Gaite, Correspondencia.

Pluja

No ve d'enlloc. Partir?
No hi ha paraula màgica que trenqui
aquest costum de l'ull, aquest silenci
sonor de dards. La primavera, el luxe
dels anys i de la llum, ara es perdia
en el camí vençut. Les esperances
han mort a temps. Tot és de nou perfecte
al llarg de la buidor: la lenta pluja
no va a cap banda.

Salvador Espriu, Les Hores.

miércoles, enero 22, 2014

 
Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda (una moneda de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles.
Jorge Luis Borges, "El Zahir" (El Aleph)

miércoles, enero 15, 2014


Hubo un momento de perplejidad gracias al cual hasta las caras, los rincones más familiares cobraron un nuevo sesgo y, se hubiera dicho que - ocultándose tras las esquinas-, hasta los muertos habían sido violentados de sus tumbas por aquella voz terrible y átona para vagar al atardecer, con la camisa desabrochada, en pos de un silencio perdido. Ya no era cosa cosa de memoria porque la radio no dejaba recordar nada. Desmemoriados, trataban de encontrar un principio de conducta entre una maraña de sentimientos: venganza y miedo, desprecio y afán. No lo buscaban en la memoria que acaso no es sino la piedra que cubre un hormiguero el cual - una vez levantada por la mano infantil, asesina o curiosa - no sabe hacer otra cosa que correr en contradictorio frenesí, sin otra protección entre el cielo y la colonia que el miedo mutuo.

Juan Benet, Volverás a Región.

La psiquiatría tiene palabras sorprendentes para las más diversas fobias, pero no existe ninguna para referirse a una dolencia muy común: el miedo a la propia vida. El hastío de ser nosotros, la fatiga de sostener nuestros pensamientos todo el tiempo. El terror a que, un día, ya no podamos más. La frustración que Alba sentía a causa del desajuste entre sus expectativas como escritora y sus logros era una dolencia menor si lo comparamos con el rasgo más constante de su carácter. A menudo, Alba se oscurecía. Al principio, sólo yo veía los efectos. Ojerosa, se mordía las uñas y los dedos hasta dejárselos en carne viva. Una torsión de los nervios, me decía, en su lenguaje críptico. Hasta donde logra recordar siempre ha sido así. Un desajuste, dice, un error en la trama de la vida.Después, como si yo formase parte de su organismo, ya no me ocultaba sus crisis. Sin fuerzas, sencillamente, se desplomaba. Cuando Alba caía en sus profundos estados de desesperación el día se terminaba para nosotros. Nada de lo que hubiésemos proyectado podía realizarse, se quedaba acurrucada en el sofá o en la silla o sobre el suelo, sintiendo la vida pasar por encima de mí, como una navaja. Por más que trataba de animarla, el sentido de mis palabras se desarticulaba en cuanto se acercaban a sus oídos. Tuve que resignarme a convivir con esta sombra que se iba convirtiendo en nuestra atmósfera, a la inesperada maza que la golpeaba dejándola aturdida. Cuando, después, con el paso de las horas, Alba regresaba a la superfície y recuperaba su ánimo más saludable, un velo parecía cubrir el pasado inmediato. Su rostro había reverdecido y exhalaba una turbadora ansia de vivir. A su estado anterior (que se alejaba de nosotros como una pesadilla inofensiva) sólo alcanzaba a referirse con aforismos. Cuando le preguntaba por ello me respondía: estoy encerrada en mi vida, no puedo salir, luego sonriendo, temo que no haya suficiente tiempo para quererte; frases algo plúmbeas para un aspirante a novelista, pero que salidas de aquel rostro dorado sonaban con una dulzura que nos alejaba de mis graves presentimientos. Alba me prometía (durante una cena, en el intermedio de un concierto) que no volverían a repetirse aquellos retrocesos, pero yo sabía que no estaba en su mano, ¿cómo iba a estarlo si dependía de esas emociones que trepan desde abismos profundos donde la conciencia no tiene control ni acceso? Ese mismo restaurante, las butacas del Auditori, las sábanas limpias o el salón, eran testigos de sus recaídas. Alba se retiraba a los cuarteles de su cuerpo, dejaba en su exterior un rostro y una carne desordenados y contraídos por el desgarro interior. Un pez desconcertado, sumergido en su tanque, con la mirada obsesiva y extraviada. Ella estaba tan cerca de mí que un simple balanceo del cuerpo me bastaba para abrazarla. Pero ¿era ella?, o sólo quedaba la piel amurallada e insensible, una concha sin gajo que no podía obligar a a desaparecer.

Gonzalo Torné, Lo inhóspito.