martes, octubre 07, 2014


En la planta baja de aquel hospital, asomado a una ventana que después de tantos años aún podía reconstruir con precisión, juró no permitir que la vida pasara solamente: había demasiada oscuridad, dolor a carretadas, por eso, en las treguas, ya fueran de semanas o de años, él iba a perseguir la cola del cometa, un destello profundo como el del autobús que, iluminado por dentro, pasó a unos metros de distancia horadando la noche. Allí el futuro abogado se soñó salvaje, sin aspirar a la heroicidad pero sí a la construcción de un carácter que fuera como una herramienta, resistente y útil para dirigir la energía. No había cumplido nada. Horarios, dinero, contratiempos, habían convertido su vida en una más, llena de transacciones y pequeños arrepentimientos. La tormenta ha hundido el barco, ya no me alcanzan los vasos para sacar el agua, le había dicho su madre en las ráfagas de conciencia de las últimas semanas. Y también, acariciándole el pelo, dijo: "Navega, velero mío, sin temor", los versos que él mismo le había enseñado cuando era niño.

Belén Gopegui, Acceso No Autorizado.

martes, agosto 05, 2014



No, no se ama la virtud y es posible que ni siquiera el amor pueda superar el innato horror a la virtud ajena, pues en verdad sólo se amará aquello que subyuga y por consiguiente estará siempre separando de un abismo, con medio cuerpo inmerso en una zona oscura. Y no puede ser sino pecaminoso; las armas reblandecidas en una lucha húmeda, el cuerpo a cuerpo sin fisonomía, en una luz indecisa. Pero para eso es preciso montar una comedia presentable al público: belleza, honradez y buenas intenciones. Un día de sol, de una primera primavera en guerra que no había querido amedrentarse ante la belicosa agitación que todo lo invadía tras el letargo invernal, y aún pugnaba con éxito por brindar los frutos de la paz en los campos de los aires seminales, se vienen abajo todas las normas. La moral es un castillo de naipes, la caída de una pieza resulta decisiva. Cuando se elige el pecado y la pecadora - y precisamente por ser pecadora - y queda recusada toda clase de redención (cualquiera que sea el resultado de esta guerra) y se acepta formar parte de los Enoc o los Irad y se dejan atrás los padres y la casa y la mayor parte del prójimo, la hombría de bien, el provecho y el respeto a los demás, se diría que se sale al aire fresco de la mañana tras una interminable noche en un sótano; en aquel instante comienza el curso del tiempo, tras haber cercenado la historia de un tajo; pero esa mañana dura poco, el aire libre agota y la memoria (o será el metabolismo, ese inencontrable principio de individuación que a cualquiera autoriza a seguir siendo el mismo aun cuando sólo sea una combinación sui géneris de los seres y sales que le rodean) exige estar a cubierto. La rebelión, a la larga, sólo produce melancolía y en este mundo dominado por el rozamiento, la quietud termina por imponerse en cada elemento individual  que nació, creció y se desarrolló gracias al movimiento. Te estoy hablando desde una posición privilegiada que tú me procuraste, con tu marcha; no sería así si hubieras tenido ala atención de volver, no para atar los cabos que dejaste sueltos sino para explicarme - sólo a mí, a nadie más que a mí- - la razón que te movia a dejarlos así; pues a pesar de justificarlo una y otra vez como una sutil maniobra pensada para el provecho de los supervivientes todas las mañanas despierto con los labios cortados por los reproches a tu falta de atención y aún cuando todo el día no haré sino repetirme que la "deuda está pagada, y hasta con intereses" ninguna noche cerraré los ojos sin decirme "pero no en persona". Sólo los paralogismos del principio de contradicción han llevado a los fundamentos de nuestras creencias la convicción de que hay verdad puesto que hay errores. Es cierto, hay errores pero no verdad. Hay algunas cosas ciertas que sirven de bien poco pero no existe esa abstracta e inexupgnable propiedad de convertir en piedra nuestras gaseosas conjeturas. ¿Quién conoce todos los órdenes de una frase? ¿Y qué frase puede alcanzar el estado absoluto? ¿Y quién nos engañó con su empeño de buscar lo cierto? ¿Cuál es la virtud que incandesce los filamentos de nuestro tiempo?

Juan Benet, Saúl ante Samuel.

miércoles, julio 09, 2014


Esos valores se transfieren inevitablemente de la vida a la novela. Este libro es importante, da por sentado el crítico, porque trata de guerras. Este otro libro es insignifcante porque trata de los sentimientos de las mujeres en un salón. Una escena en un campo de batalla es más importante que una escena en una tienda      - en todas partes y con más sutileza la diferencia de valores persiste-. Toda la estructura, por consiguiente, de la novela de principios del siglo XIX había sido ergida, si se era mujer, por una mente algo desviada de lo recto, y obligada a alterar su clara visión en obsequio de una autoridad externa. No hay más que ojear aquellas viejas novelas olvidadas y escuchar el tono de voz en el cual fueron escritas para saber que la escritora está enfrentándose con la crítica; ella decía tal cosa para agredir, tal cosa para conciliar. Admitía que era "sólo una mujer", o afirmaba que "valía tanto como un hombre". Salía al encuentro de la crítica según su temperamento, con diferencia y docilidad, o con enojo y énfasis. No importa cuál de los dos; estaba en otra cosa que en la cosa misma. Su libro se nos viene encima. Había una falla en el centro. Y pensé en todas las novelas escritas por mujeres que yacen desparramadas, como manzanas picadas en una huerta, por las librerías de viejo de Londres. Es la falla del centro lo que las ha podrido. Ella ha alterado sus valores en obsequio a la opinión ajena.

Virginia Woolf, Un cuarto propio. Traducción de Jorge Luis Borges.

-Sea como fuere, hace ya tiempo que desapareció de mi vida, gracias a Dios.

-Pero ha vuelto. ¿Sabes que eres un criticón, Bradley?

-Lo que ocurre es que hay ciertas cosas que censuro.

-Lo de censurar está muy bien. Pero no debes censurar a las personas. Eso te aísla.

-Precisamente lo que pretende es aislarme de personas como Marloe. El que uno sea una persona en el amplio sentido de la palabra es cuestión de establecer límites y trazar una raya y decir que no. No quiero ser un pedacito nebuloso de ectoplasma flotando por las vidas de los demás. Ese género de vaga compasión hacia todo el mundo excluye la verdadera compasión hacia nadie.

-La compasión no tiene por qué ser vaga....

-Y excluye toda verdadera lealtad.

-Uno debe conocer los detalles. A fin de cuentas, la justicia...

-Detesto el parloteo y el chismorreo. Uno debe morderse la lengua. Incluso a veces no pensar en los demás. Los auténticos pensamientos brotan del silencio.

-Bradley, eso no, por favor. ¡Escucha! Lo que yo estaba diciendo es que la justicia exige detalles. Dices que no te interesa la causa por la que fue suspendido del ejercicio de su profesión. ¡Pues debería interesarte! Dices que es una especie de granuja. A mí me gustaría saber de qué especie. Está claro que no lo sabes.

Haciendo grandes esfuerzos por dominar mi irritación, dije:

-Me alegré mucho de poder liberarme de mi mujer, y él también se esfumó. ¿Es que no lo entiendes? A mí me parece bastante sencillo.

-A mi me ha caído bien. Le he dicho que viniera a visitarnos.

-¡Díos mío!

-Pero, Bradley, no debes rechazar a las personas, no debes descartarlas. Debe inspirarte curiosidad. La curiosidad es una forma de caridad.

-No creo que la curiosidad sea una forma de caridad. Creo que es una forma de malicia.

-Eso es lo que hace de alguien un escritor, el conocer los detalles.

-Puede que haga de alguien que tú entiendes por ser escritor. Yo no opino igual.

-Ya estamos otra vez....- dijo Arnold-

-¿Por qué acumula un amasijo de detalles? De todos modos, cuando uno empieza realmente a imaginar algo, debe olvidarse de los detalles, te estorban. El arte no es la reproducción de cosas sueltas sacadas de la vida.

-¡No he dicho que lo fuera! - protestó Arnold-. No me baso en la vida real.

-Tú mujer así lo cree.

-Ah, eso. ¡Dios!

-La cháhchara inquisitiva y el catalogar las cosas que uno observa no es arte.

-Claro que no lo es...

-El vago y romántico mito tampoco es arte. El arte es imaginación. La imaginación cambia, se funde. Sin imaginación sólo te quedan absurdos detalles por un lado y sueños vacuos por otro.

-Bradley, sé que tú....

-El arte no es cháchara más fantasía. El arte brota de una infinita contención y silencio.

-¡Si el silencio es infinito no hay arte! Son las personas sin dotes creativas las que afirman que más significa peor.

-Sólo debe completarse algo cuando nos sintamos condenadamente afortunados de poseerlo. Los que sólo hacen lo que resulta fácil nunca se verán recompensados por...

-Zarandajas. Yo escribo tanto si me apetece como si no. Completo cosas, tanto si me parecen perfectas como si no. Todo lo demás es hipocresía. Y no tengo musa. Esto es ser un escritor profesional.

-En tal caso, doy gracias a Dios de no serlo.

-Tú eres un quejica impenitente, Bradley. Tú romantizas el arte. Lo enfocas de una manera masoquista, quieres sufrir, quieres sentir que tu incapacidad es continuamente significativa.

Iris Murdoch, El príncipe negro. Traducción de Camila Batlles.

miércoles, julio 02, 2014


Quitar las ganas de hablar

Los mecanismos que desarman nuestra palabra se han perfeccionado de tal modo que se ha hecho innecesario prohibirnos hablar. El control que se ejerce sobre los discursos no ha desaparecido si no que ha cambiado de forma: abarca ya una extensión grande, se camufla en lo cotidiano, se hace imperceptible. La estrategia depurada no poda las armas sino que quema la raíz.

Si despolitizar es el más antiguo de los trabajos de la política - como afirmó en su momento Rancière -, quitar las ganas de hablar es la forma más extendida de censura y supresión del discurso. O bien sentimos que no tenemos nada que decir (que no hay nada nuevo o relevante que no haya sido ya dicho y merezca nuestra intervención) o bien no nos sentimos con capacidad de decir nada (al no cumplir las condiciones que nos convertirían en hablantes competentes).

Cuanto más acotadas están las posiciones desde las cuales es autorizada la emisión de un discurso, mayor es el control ejercido sobre el mismo, más desarmada está una palabra antes de ser pronunciada. Actualmente oscilan entre la autoridad del lenguaje experto y la mera opinión a la que se ven reducidos los juicios de valor de unos espectadores cuya capacidad de interlocución sencillamente no se contempla. Al mismo tiempo, cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a responder a unas preguntas que no nos hemos formulado. Ante nuestro asombro las respuestas que se nos reclaman son llamadas decisiones y se dice que son nuestras. Pero sabemos bien que una decisión no tiene nunca la estructura de una respuesta.

El aprendizaje basado en la dinámica de pregunta y respuesta, en pedir y dar la palabra, forma parte de la estructura de docilidad que hemos interiorizado desde la infancia. La verdadera construcción del conocimiento nunca tuvo su origen en las respuestas dadas a preguntas ajenas, sino en el modo en que nosotros mismos interrogábamos la realidad. Nuestras conclusiones más nítidas tuvieron lugar en un espacio de interrogación sin intermediarios. Seguir manteniendo un espacio propio para relacionarnos de una forma directa con lo que nos concierne es necesario para poder pensar y a la vez para mantenernos a distancia de la figura de meros espectadores o encuestados.

Los mecanismos que hacen de una opinión una opinión autorizada reparten verdad, consistiendo y censurando, oyendo y desoyendo razones, argumentos, palabras, anclándonos en unas relaciones de asimetrías de las que nos resulta tan difícil como necesario salir. Poder decir hoy pasa, entonces, no por el reconocimiento de la nuestra por opinión autorizada ni por cambiar sin más de tema en una lista cerrada de ellos, sino por imponer los nuestros propios, de otro modo, nuestra vida en el lenguaje. Nuestra necesidad más viva es esta: abrir espacios de enunciación que no sean los prefijados, hacer posible una toma de la palabra desde un lugar que no sea el del experto o el del encuestado. La palabra que espera ser tomada no es aquella que nace con la conciencia de la carencia de conocimientos sino la que identifica desde un principio la inadecuación entre lo que se piensa acerca de una cuestión y los mecanismos que determinan qué enunciados están permitidos y cuáles excluidos para referirse a ella (bien por inasimilables, bien por incomprensibles). Estos mecanismos son los que constriñen la palabra y encauzan nuestro pensamiento. Se nos presentan pronto en las memorizaciones de las frases impresas en unos libros de texto desconectados con lo que nos sucede. No es algo trivial. Que los temas y preocupaciones que nos concieren no figuren sino anecdóticamente en los libros de estudio reforzará la tensión entre nuestras preocupaciones y nuestros conocimientos, nuestra vida y el saber. Pero en realidad la materia vivida es el tamiz que nos permite filtrar e incorporar lo que aprendemos en la escuela y en los libros. En ella comienza el ejercicio constante de traducción y contratraducción en la que consiste nuestra educación, educación que será mejor tan sólo en la medida en que nos ayude a ampliar nuestra capacidad para hacer nuevas y renovadas conexiones e interpretaciones allí donde todo parece destinado a ser ajeno, distante o inapropiado

Noelia Pena, El agua que falta

viernes, junio 20, 2014


"I do not believe a word of it, my dear. If he had been so very agreeable he would have talked to Mrs. Long. But I can guess how it was; every body says that he is ate up with pride, and I dare say he had heard somehow that Mrs. Long does not keep a carriage, and had come to the ball in a hack chaise."

"I do not mind his not talking to Mrs. Long," said Miss Lucas, "but I wish he had danced with Eliza."

"Another time, Lizzy," said her mother, "I would not dance with him, if I were you."

"I believe, Ma'am, I may safely promise you never to dance with him."

"His pride," said Miss Lucas, "does not offend me so much as pride often does, because there is an excuse for it. One cannot wonder that so very fine a young man, with family, fortune, every thing in his favour, should think highly of himself. If I may so express it, he has a right to be proud."

"That is very true," replied Elizabeth, "and I could easily forgive his pride, if he had not mortified mine."

"Pride," observed Mary, who piqued herself upon the solidity of her reflections, "is a very common failing I believe. By all that I have ever read, I am convinced that it is very common indeed, that human nature is particularly prone to it, and that there are very few of us who do not cherish a feeling of self-complacency on the score of some quality or other, real or imaginary. Vanity and pride are different things, though the words are often used synonimously. A person may be proud without being vain. Pride relates more to our opinion of ourselves, vanity to what we would have others think of us."

"If I were as rich as Mr. Darcy," cried a young Lucas who came with his sisters, "I should not care how proud I was. I would keep a pack of foxhounds, and drink a bottle of wine every day."

"Then you would drink a great deal more than you ought," said Mrs. Bennet; "and if I were to see you at it I should take away your bottle directly."

The boy protested that she should not; she continued to declare that she would, and the argument ended only with the visit.

Jane Austen, Pride and Prejudice.

miércoles, junio 18, 2014


-No sé qué tal saldrá. Es uno de esos directores ultramodernos. Es...es gay, de hecho. Dice que va a hacer una lectura deconstructivista de la obra. A mi no me molesta, por supuesto, porque ya he hecho deconstrucción; pero a mis padrés quizá no les guste.
-No puedes preocuparte de lo que piensen tus padres - dijo Nick.
-Tienes razón - dijo Toby-. De todos modos, tu madre es muy abierta. Siempre va a conciertos y a cosas a la última.
-No, con ella no habrá problema.
Toby se río.
-Claro que el comentario más famoso de tu padre es que ojalá Shakespeare no hubiese nacido.
-No sé si ése es su comentario más famoso - dijo Sophie, con un tono de pique. De hecho, si Maurice Tipper hubiera hecho un comentario célebre seguramente habría sido sobre el margen de beneficios y unos buenos dividendos para accionistas-. Sólo lo dijo después de que los mosquitos le comieran vivo en la función de Pericles, en los jardines del Worcester College.
-Ah...-murmuró Nick, que de la obra sólo recordaba la tímida jactancia de Toby como un Lord de Tyre, cuando Sophie hizo de Marina.

Alan Hollinghurst, La línea de la belleza. Traducción de Jaime Zulaika.

El umbral y la chimenea son espacios míticos. Ambos tienen aspectos sagrados y ceremoniales en la historia de nuestro mito. Cruzar el umbral es entrar en otro mundo - el del interior o el del exterior - y nunca podemos estar realmente seguros de que hay al otro lado de la puerta hasta que la abrimos.

Todo el mundo ha soñado alguna vez con puertas familiares y habitaciones desconocidas. A Narnia se llega cruzando una puerta en un armario. En Barba Azul hay una puerta que no se debe abrir. Un vampiro no puede cruzal un umbral protegido con ajos. Abre la puerta de la pequeña Tardis y dentro hay un espacio enorme y cambiante.

La tradición de entrar en la nueva casa con la novia en brazos es un rito de paso; se deja atrás un mundo, se entra en otro. Cuando abandonamos el hogar paterno, incluso hoy en día, hacemos algo más que salir de casa con una maleta.

La puerta de nuestra casa puede ser una cosa maravillosa, o una visión aterradora; pero raras veces es solo una puerta.

El cruzar hacia dentro y hacia fuera, los distintos mundos, los espacios significativos, son coordenadas privadas que en mi ficción he intentado convertir en paradigmáticas.

Las historias personales funcionan para los demás cuando esas historias se convierten en paraidgmas y parábolas. La intensidad de una historia - por ejemplo, la historia de Fruta prohibida - se librera en un ámbito mayor del que una vez ocupó en el tiempo y en el espacio. La historia cruzal el umbral desde mi mundo al vuestro. Nos encontramos en los peldaños de la historia.

Los libros, para mí, son un hogar. Los libros no hacen un hogar, son un hogar, en el sentido de que hacemos como con una puerta, abrimos un libro y entramos. En su interior hay un espacio diferente y un tiempo diferente.

También hay un calor: una chimenea. Me siento con un libro y tengo calor. Lo sé desde las gélidas noches en el peldaño de casa.

Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Traducción de Álvaro Abella Villar.

sábado, mayo 17, 2014






-No estés demasiado seguro. ¿Para qué molestarse en escribir semejantes cosas? ¿No se ha hecho ya, una y mil veces? ¿Es imprescindible que escriba mi nombre en el Muro de las Lamentaciones? Para mí, los libros que cuentan, incluidos los míos, son aquellos en los que el escritor se incrimina. Si no ¿para qué molestarse? ¿Para incriminar a otros? Más vale dejarle esa tarea a nuestros superiores, ¿no te parece?, a ese astuto teatro yiddish que han creado, la llamada Crítica Literaria. Ay, esos nobles hijos judíos de mediana edad, con sus ritos de rebelión y expiación. ¿Nunca los has leído en la primera del Times dominical? Todos esos cazadores furtivos de chumino manifestándose como si fueran el viejo Tolstói. ¡Cómo se identifican con los humildes de la Tierra, cómo vigilan la llama sagrada que, dicho sea de paso, no les cuesta un puñetero centavo! Óyeme, todos esos judíos portadores de la cultura y profundo sufridores, lo que ncesitan es otro judío caíde en desgracia para que expíe en público sus pecados. Así que ¿por qué no yo? Así, sus mujeres no se enteran de nada, sus novias tienen a alguien sensible al sufrimiento a quien chupársela. Y funciona muy bien con la Facultad de Ciencias Musicales de la Universidad de Brandeis. Todos los años veo en los periódicos que los poderes fácticos, desde lo alto, les otorgan isnignnias al mérito para que se pongan en el pañuelo. Virtud, virtud ¿quién posee la virtud? No se ha visto mayor mafía judía desde los tiempos en los que Meyer Lansky estaba en su apogeo.


Philip Roth, El Profesor del Deseo (traducción de Ramón Buenaventura)