jueves, abril 14, 2016


¿No cumplen los filósofos lo que dicen? Pero ya hacen mucho con decirlo, con concebir en su pensamiento la virtud. Pues si sus hechos fuesen iguales que sus dichos, ¿quién sería más feliz que ellos?

Séneca, Sobre la felicidad. Versión de Julián Marías.

martes, marzo 29, 2016


Desesperado, se vuelve hacia el turismo. Entra a formar parte del mercado. Vende lo único que posee. Las historias que su cuerpo sabe contar.

Se convierte en un Toque Regional.

En el corazón de las tinieblas, los turistas, instalados en su ociosa desnudez y en su interés escaso y de importación, le hacen sentirse ridículo. Pero contiene su rabia y baila para ellos. Cobra sus honorarios. Se emborracha. O se fuma un canuto. Buena hierba de Kerala que le hace reír. Y después hace un alto en el templo de Ayemenm, él y los que van con él, y bailan para implorar el perdón de los dioses.

Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas. Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro.

viernes, marzo 25, 2016


166. El tiempo se acelera

Ahora que habia tanto trabajo, ahora que en esencia su vida entera se había convertido en trabajo, Natalie Blake sentía una calma y una satisfacción que antes únicamente había experimentado durante el período previo a los exámenes universitarios o bien durante los preliminares de los juicios. ¡Ojalá pudiera hacer que todo pasara más despacio! Había tenido ocho años de edad durante un siglo. Se acordaba muy a menudo de un diagrama hecho a tiza sobre una pizarra, mucho tiempo atrás, cuando las cosas todavía se movían a un ritmo razonable. La esfera de un reloj que representaba la historia del universo en un lapso de once horas. El bing bang era a mediodía. Los dinosaurios llegaban en algún momento a primera hora de la tarde. Todo lo relacionado con los seres humanos tenía lugar en los cinco minutos previos a la medianoche.

Zadie Smith, NW. Traducción de Javier Calvo.

(Do not disturb) Quien dice que hay que estar a la altura de los tiempos o ir con el signo de los tiempos, sabiendo que nadie puede sustraerse a la servidumbre de tener que sufrirlos y aguantarlos, está movido al cabo por un temor rastrero que le impulsa a evitarles a los tiempos hasta una mala cara, un gesto de impaciencia, o aun el más leve ruido que les turbe el sueño; como el gerente de un hotel de lujo, servilmente aterrado ante la posibilidad de la más pequeña queja por parte del millonario americano, se afana sin descanso para que todos, unánimemente, sonrían a los tiempos, tal vez para evitar que alguien acabe induciendo en él la turbación de empezar él mismo a sospechar de ellos y de su autoridad, lo cual podría ser la fatídica señal que desatase finalmente la instrucción de la causa, cuya urgencia ya está clamando al cielo, del proceso a los tiempos, es decir, a la Historia Universal.

Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

jueves, marzo 17, 2016


Si mi mirada fuese como la de Gabriel me conformaría pensando que todas esas construcciones son asentamientos donde los hombres se protegen de las inclemencias y se unen para fecundar y concebibir, sobrevivir y relevarse. Pero en mi mirada quedan restos de la lesión y he reservado un espacio para los espíritus. Cada una de las luces prendidas está envuelta por una ida de hogar, ecos de los dioses tutelares. Desde que nací la idea de una casa donde vivir por mí misma, con quien yo (yo, yo) elija, ondea sus plumas resplandecientes al fondo de la imaginación. He vivido en varias desde que abandone el piso de nuestros padres: en Londres, en Diagonal Mar, en la Barceloneta, en Balmes, he pasado largas temporadas en Tredòs, cada espacio está asociado a mis vivencias, no hay nada abstracto en las habitaciones, en los techos, en las camas. Han envuelto mi vida. Pero ninguna se ha convertido en mi hogar. A veces era por vosotros, otras por Joan-Marc, por las personitas que durante el periplo londinense se metían entre mis sábanas, ahora es mi propia soledad la que me impide ver esta habitación como algo definitivo. Ni siquiera me ha rozado la estabilidad que se apreciaba en casa de los adultos. Las encontré allí y pensé que estaban allí desde siempre, que las habían proyectado y que respondían a lo que habían querido proyectar. Mi ojo infantil no me dejaba apreciar laf luidez de los cimientos de la casa de los Llort, de los Selma, de los Anglés. Su precariedad era como la mía. Recogieron los materiales de donde pudieron, la gente que nos acompaña tiene sus propios ideas. La amargura de la vida consistente en que levantamos casas con las manos de la mente pero nadie quiere vivir en ellas.

Gonzalo Torné, Hilos de sangre.

jueves, febrero 11, 2016


Pero, incluso desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida, no somos un todo materialmente construido, idéntico para todo el mundo y sobre el que cada cual pueda informarse sobre un pliego de condiciones o sobre un testamento; nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Incluso el acto tan sencillo que denominamos "ver a una persona conocida" es en parte un acto intelectual. Colmamos la apariencia física de la persona que vemos con todas las ideas que tenemos sobre ella y en el aspecto total que nos imaginamos dichas ideas ocupan, desde luego, la mayor parte. Acaban hinchando tan perfectamente las mejillas, siguiendo en una adherencia tan exacta la línea de la nariz, matizando la sonoridad de la voz como si no fuera ésta sino uan funda transparente, que, siempre que vemos ese rostro y oímos esa voz, recobramos, escuchamos, dichas ideas. Seguramente, en el Swann que habían concebido, mis padres habían omitido por ignorancia infinidad de peculiaridades de su vida mundana gracias a las cuales otras personas, cuando estaban delante de él, veían las elegancias reinar en su rostro y detenerse en su aguileña nariz como en su frontera natural, pero también habían podido en ese rostro desprovisto de su prestigio, vacío y espacioso, en el fondo de sus desdeñados ojos, el vago y grato residuo - recuerdos a medias y a medias olvido - de las horas ociosas pasadas juntas, después de nuestras cenas semanales, en torno a la mesa de juegos o en el jardín, durante nuestra vida de buena vecindad campestre.

Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: Por la parte de Swann. Traducción de Carles Manzano.

sábado, enero 30, 2016


El consuelo de Henry era que al menos él la había conocido como el mundo no lo habría hecho, y el dolor de vivir sin ella no era más que el precio que debía pagar por el privilegio de haber sido joven al mismo tiempo que ella. Pensó que lo que una vez fue vida es siempre vida, y sabía que su imagen tendría un lugar preeminente en su intelecto, como una especie de medida y estándar de resplandor y reposo.

No sería del todo cierto decir que el espíritu de Minny Temple lo persiguió en los años que siguieron a su muerte; más bien era él quien la perseguía a ella. Evocaba su presencia en todas partes; cuando volvió a casa de sus padres y, más adelante, cuando viajó por Francia e Italia. La veía surgir entre las sombras de las grandes catedrales, delicada, elegante y extremadamente curiosa, dispuesta a sumirse en el silencio ante todas las obras de arte que veía, tratando de encontrar las palabras adecuadas y permitiendo que su nueva vida llena de sensualidad tomara cuerpo.

Colm Toíbin, The Master: Retrato del novelista adulto. Traducción de Maria Isabel Butler de Foley.

viernes, enero 29, 2016


¿Por qué me imagino que tenía en la boca un anillo de oro? No puedo remediarlo, me lo imagino así. Y de repente recuerdo una frase: un tono callado, claro, metálico; como cuando un anillo de oro cae sobre una bandeja de plata.

Cuando Thomas Mann era aún muy joven escribió un cuento ingenuamente fascinante sobre la muerte: en ese cuento la muerte es hermosa, como lo es para todos los que sueñan con ella cuando son muy jóvenes y la muerte es aún irreal y encantadora, como la voz azulada de las distancias.

Un joven mortalmente enfermo toma un tren, se baja luego en una estación desconocida, va hasta una ciudad cuyo nombre no conoce y en cierta casa, propiedad de una anciana cuya frente está cubierta por un eccema, alquila una habitación. No, no quiero contar qué más ocurrió en ese piso alquilado, quiero solo recordar un acontecimiento insignificante: cuando aquel joven enfermo atravesaba la habitación, le pareció que entre el resonar de sus pasos venía de al lado, de las otras habitaciones, una especie de sonido, un tono callado, claro, metálico; pero es posible que no fuera más que una ocurrencia. Como cuando un anillo de oro cae sobre una bandeja de plata, pensó....

Ese pequeño acontecimiento acústico no tiene en el cuento ninguna continuación ni explicación. Desde el punto de vista de la mera trama, podría eliminarse sin consecuencias. Aquel sonido simplemente se produjo; sin ningún propósito; sin más ni más.

Pienso que Thomas Mann hizo sonar ese tono callado, claro metálico para que surgiera el silencio. Lo necesitaba para que se oyese la belleza (porque la muerte de la que hablaba era la muerte-belleza) y la belleza para poder ser apreciada necesita una proporción mínima de silencio (cuya medida es precisamente el sonido de un anillo de oro caído sobre una fuente de plata).

(Si, ya lo sé, ustedes no saben de qué estoy hablando, porque hace ya tiempo que desapareció la belleza. Desapareció bajo la superficie del ruido - el ruido de las palabras, el ruido de los coches, el ruido de la música - en el que vivimos constantemente. Está hundida como la Atlántida. No quedó más que una palabra cuyo sentido, con el paso de los años,. es cada vez menos comprensible).

Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido. Traducción de Fernando de Valenzuela Villaverde.