jueves, marzo 06, 2014


De manera que cuando amanece ese primer control del poder destructivo adolescente mediante el signo de lo Bello, el relumbre solar nos impide ver lo que rampa tras la mancha de fuego, y no es sino otra potencia (o divinidad) de igual calibre, aunque opuesta. El dios llamado "Terrible", "Irremediable" o "Inevitable", carece de signo visible, pero se oculta detrás del signo lingüístico más propiamente griego. Hasta mucho más tarde, cuando ya casi no quede nada en verdad viviente, no hemos podido abstraerlo o controlarlo. No tiene rostro ni cuerpo, ni estatua ni templo, aunque es tan griego como su gemelo invertido. En esa su invisible intagibilidad basa la persistente acción, inadvertida, artera. Su nombre, Ananké, debería espluznarnos, pero sólo su nombre, ya que no conocemos ni sus ojos, ni su torso, ni si es macho o hembra, ni si habita en grutas o palacios, ni si lo cubre casta túnica o se exhibe en obscena burla de nuestra repugnancia.

Si de Ananké, lo inevitable, lo necesario, lo irremediable, sólo conocemos su nombre (bajo diversas formas, porque también se llama Moira y Tyké y aún puede ser llamado de otras maneras), será porque se trata de la más dificultosa de las potencias, aquella que sólo puede ser abstraída y controlada mediante signos lingüísticos, peroes inasequible al a piedra y a la luz. Y así como los jóvenes asesinos sexuales se paralizan en la bella estatua del parricida Orestes que sólo invita al a reproducción armónica, así quizá Ananké sólo pueda caer cautiva mediante un conjuro. Los griegos dan un paso más hacia la magia y la brujería del control cósmico, el gran arte cristiano que se ejerce a la sombra de la cruz para dominar y abstraer las fuerzas terrestres.

Que lo Inevitable está por encima de los dioses es asunto comprensible y digno de encomio. Ni Zeus puede conseguir que la línea de puntos que forma la circunferencia incluya un punto, uno sólo, cuyo radio sea distinto al de sus infinitos hermanos. Hermenes no venderá un caballo por el precio de una maldición tebana. Afrodita no puede impedir que sólo las hembras hagan ofrenda de sangre al os circuitos lunares. Hay asuntos que a los dioses les vienen tan impuestos como a los mortales y por eso inclinan su hermosa cabeza y se resignan, algo que no hará su sucesor, el Cristo, mago inmenso que resucitará muertos, maldecirá una higuera por no dar fruto en febrero y, si así lo desea, detendrá el pausado deambular de los círculos celestes. Pero los bellos dioses no. Los bellos dioses están limitados por una ley superior e inevitable.

La imposibilidad, no obstante, es neutra, ni afirma ni niega. Cuando Hölderlin apunta que "nosotros [los mortales] antes que los dioses hemos conocido el abismo", está señalando que sólo los mortales conocemos el inmenso infierno de lo negativo: el tedio, el dolor, la melancolía, la desolación, el sufrimiento, el hastío, el desamparo, la angustia, la consternación. No obstante, lo inevitable no pertenece al orden de lo negativo aquí insinuado, sino también al de lo afirmativo como que el día suceda a la noche, la lluvia a la sequía, que el caballo tenga un gran corazón,o que el cielo de bronce nos proteja sin razón ni causa.

Esta sujeción de los dioses a una necesidad incomprensible, incognoscible e intangible, garantiza que aunque su poder sea inmenso, tiene un perímetro de seguridad. Los dioses bellos no pueden enloquecer y por lo tanto no pueden estallar como adolescentes de manera que su colosal potencia arrase por completo a los humanos. Tienen un signo definido que abstrae y controla su lado siniestro. Así que se muestran en la cordura, en la limitación, en la permanencia como divinidad solar también inevitable. Contraste grande con el último dios, el cristiano, de quien no puede garantizarse la cordura puesto que no está sometido a Ananké, razón por la cual Descartes pudo especular sobre las espeluznantes consecuencias de que el dios de los católicos esté rematadamente loco.

Y así llegamos al último signo de ese primer mundo occidental dominador de la vida sin causa, pues entre las múltiples formas que abstraen y controlan las pasiones y fenómenos de la Tierra y que hacen que en todo intercambio brille el báculo de Hermse o en todo choque amoroso la húmeda de piel de Afrodita, no hay sin embargo lugar alguno o signo apra Ananké, ni figura ni aspecto, ni apariencia, pues de esta potencia no tenemos más información que la lingüística. Ya Malraux, en su tratado acerca de lo Sobrenatural, subrayaba esta peculiaridad: que siendo tabú la representación y el culto de lo Inevitable, no quedaba más remedio que aproximarse a esa deidad mediante la palabra, así que debíamos imaginar el templo de Ananké alzado con las piedras y la argamasa de la tragedia. Malraux lo escribía poéticamente y decía que las cariátides del templo de lo Inevitable son los versos trágicos.

Ahora entramos en ese templo construido con palabras. En un espacio vacío llamado escenario se enfrentan dos oraciones. Tienen un fondo escenográfico que nadie toma en serio pues es un simple telón sobre el que rebota el sonido, un límite convencional y prescindible. Delante de los agónicos (o agonistas, es decir, protagonistas) hay semircírculos de oyentes. La palabra trágica, el signo de lo inevitable, tiene lugar en el vacío y ese vacío es el templo de Ananké. Los discursos que enfrentan son poderosos versos a veces coreados, a veces danzados, porque la música es el andamiaje, el encofrado, la argamasa y la viguería de la palabra trágica.

Las dos oraciones que se enfrentan en el vacío, la de Antígona y la de Creonte, no luchan entre sí ni se destruyen mutuamente sino que muestran su mutua dependencia, su necesidad recíproca, lo Inevitable, esa potencia superior a los dioses en cuyo templo ahora asisitimos sobrecogidos a la destrucción de los héroes. Los divinos quieren ayudar a sus predilectos, a Antígona, a Orestes, a Edipo, pero al cabo se ven impotentes y cuando su protegido cae fulminado, agachan la cabeza y cantan que ni siquiera Zeus puede torcer a Ananké. El templo de la fatalidad se construye con música y palabras que relucen en el vacío, como las estrellas en la noche del mundo. Y en ese templo asistimos a la derrota de los dioses y a la mentira ignominiosa de lo Bello.

Félix de Azúa, Autobiografía sin vida.