viernes, febrero 27, 2015




Quizá pudiéramos despistar al tiempo, ese propagador de falsos rumores, como decía un personaje de Wilkie Collins, pero a quienes no íbamos a engañar era a esos comentaristas mordaces que conocemos por el nombre de los demás. Teníamos treinta y seis años, éramos favorecidos, artísticos y originales y estábamos siempre nerviosos, pero debíamos aceptar nuestra existencia social, es decir, que pronto a nadie le bastaría con que nos juzgáramos solo nosotros mismos. Nuestro romance fue maravilloso porque se construyó en los inicios de esta conciencia, que nos privilegiaba secretamente y nos unía, y en los coleteos de la energía asocial, por este motivo más furiosos y acrobáticos. Por otro lado, la provisionalidad nos sostenía: a mi él me gustaba porque se iba a ir; yo le gustaba porque me iba a quedar. Y saber que ninguno iba ya a dar un paseo en la romántica comedia del nomadismo, cuidadito con lo que voy a decir, hacía que nos sintiéramos reales. Rabiábamos porque vivíamos nuestro último sueño, pero lo disfrutábamos como nunca porque era el último. El gran acto final nos aseguraba una especie de porvenir, algo que hasta entonces ninguno de los dos había tenido, o, seamos exactos, algo que los dos, en algún momento, habíamos renunciado a tener: nos aseguraba que después de nosotros había otra vida. Pero por eso era tan importante que nosotros fuera una realidad.

Luis Magrinyà, "Luxor" en Habitación Doble.