jueves, junio 01, 2017

PRÓLOGO 


PEQUEÑO ENSAYO SOBRE EL TRABAJO QUE EL LECTOR PEREZOSO NO DEBE OMITIR, SO PENA DE PERDERSE ALGUNOS RAZONAMIENTOS FORMATIVOS – CARÁCTER DEL HÉROE – EL DE SU PADRE



 «El autor en el año 200o, fecha de publicación de LOS DOS LUISES»  

Es notable la cantidad de tonterías que dice y hace la gente en nombre del trabajo. Precisamente uno de los rasgos que mejor definen nuestro deteriorado sentido de la sociedad es que en esta en que vivimos el trabajo califica, y que basta con preguntar a alguien a qué se dedica para inferir de su respuesta la completa medida de su valor. Como instrumento de calificación, estas inquisiciones son tan intimidantes como capciosas; pero cabe suponer que tras ellas se oculta satisfecho cierto espíritu de conquista sobre antiguas nociones como las de belleza, talento, virtud e incluso cuna, nociones que el trabajo no ha incorporado tanto como ha sustituido y que ciertamente, fuera de su acaparador dominio, puede decirse que ya van quedando caducas. Nadie pone en duda, de hecho, su caducidad, y muestra de ello es la pésima condena que sufre en esta época la otrora distinguida, pacífica y admirable figura del ocioso, que hoy vemos extinguirse avergonzada y cabizbaja, incapaz de substraerse –peor aún, convencida totalmente– de las injuriosas acusaciones de haraganería e inutilidad. Gracias al trabajo, todo el mundo puede hoy sentirse superior al pobre ocioso que no lo tiene ni lo desea, y especialmente a sus razones suficientes para no tenerlo ni desearlo, demasiado extemporáneas a estas alturas para suscitar el escándalo en vez del desprecio. Hoy sólo hay desprecio para el ocioso: hasta quienes carecen de vocación para ese estado, es decir, los que no tienen trabajo pero lo desean y aun exigen, los llamados parados, arrastran la inicua fama de aquellos a los que de ningún modo pretenden imitar y padecen por esta falsa similitud infinitas penas y castigos; y es incluso frecuente que algunos de esos parados, gracias al mismo equívoco del que son víctimas, lleguen a preguntarse con indecible angustia si no serán acaso tanto o más indeseables que esos gandules vocacionales por cuya causa han perdido, además del amor propio, la dignidad social. 

Así se explica, entre otras razones, por qué actualmente lo que a menudo tiende a verse como consecuencia directa de la situación de paro, esto es, la indigencia y la canallería, no pueda considerarse cabalmente degradación de nada, pues es evidente que, a causa de los mencionados prejuicios, quien llega a estos extremos está ya previamente degradado. Degradado por los demás y degradado por sí mismo, al indigente o al canalla apenas le queda otra salida que exhibir públicamente la suma de su degradación, para que tanto unos como otros comprueben hasta qué punto estaban en lo cierto. Y, en vista de que toda demostración de convicciones, además de producir horror y escalofrío, produce también una espantosa sensación de coherencia, es práctica reconocida entre los degradadores recompensar el ejemplo de los degradados arrojándoles de vez en cuando unas monedas, unas cartillas o unos subsidios, que éstos invertirán coherentemente, y a fin de que todo se continúe verificando, en perpetuar su ilustrativa degradación. 

Semejante espectáculo, que a pesar de todo jamás ha sido moral, ni mucho menos heroico, es sin embargo tan sólo una de las consecuencias del grotesco ideario de la cultura del trabajo. Pero hay otras desde luego, y algunas, curiosamente, no tienden a la exclusión, sino a la integración.  Por supuesto la sociedad aplica una enorme diligencia a la obra de expulsar fuera de sus límites, manifiestamente y haciendo toda clase de ruido, a quienes han caído en la abominación de vivir sin trabajar; se cuida incluso, como se ha apuntado, de que el lugar prohibido donde se los confina sea, como aviso, provechoso. Pero tampoco es menor, y sin duda más meritorio, el esfuerzo dedicado a dar a toda esa gente –en efecto– trabajo. Entre los sobrecogedores esfuerzos de asimilación habría que mencionar por lo menos dos, a cual más patético, y sin embargo cada uno de ellos igual de relevante y característico.

 La primera de estas felices tentativas opera sobre algunos de los valores anotados al principio de estas líneas, los cuales, en virtud de cierta enfermiza intransigencia, han visto supeditada la clase de aprecio que se les otorga a la condición de que se hallen convenientemente profesionalizados. Así, puede ser uno, con gran reconocimiento y beneficio, una belleza profesional, un talento profesional o hasta un virtuoso profesional, pero de ningún modo una belleza inútil, un talento desperdiciado, o una buena persona que no sirve para nada, pues ninguna de estas cosas goza del más mínimo crédito y no conlleva, por tanto, ninguno de los favores que hacen más llevadera la vida en comunidad. Más bien resulta bochornoso el regocijo con que los tiranos de la mentalidad profesional celebran el reconocimiento de cualquiera de estas gracias en individuos sin talentos sociales o simplemente sin interés por hacer de ellas su medio de vida; y, si no, piénsese tan sólo en el inmenso y placentero alivio que produce poder decir de una mujer, por ejemplo, que es muy guapa pero muy tonta, y predecir a continuación que naturalmente acabará presa de los chulos o de las drogas. Si la predicción se cumple, además, el éxtasis demostrativo alcanza cimas de otro modo inconquistables.

 Pero hay otras circunstancias, aparte de los dones morales, que permiten igualmente adscribirse a un productivo proceso de profesionalización: cosas como la raza, el sexo, la orientación sexual, la clase social, el pueblo o lugar donde uno ha nacido, cosas, en fin, que también son algo impuesto, no elegido, pero que pueden resultar más o menos inconvenientes en un particular entorno y verse asimismo en la obligación de ser redimidas. El trabajo puede, en efecto, redimir de todo rasgo étnico, sexual, estamental o nacional considerado una tara por el pensamiento dominante de determinada sociedad; pero a la larga, y en virtud de esa misma situación conflictiva, la conciencia del prejuicio puede llegar a convertirse en sí misma en un trabajo, y uno vivir tan ricamente no sólo de condenar aquello que unos tarados defienden en su marginación sino de defender aquello que, desde su integración, condenan unos intolerantes. Todas las emancipaciones suelen tener sus profesionales, de uno y otro bando, sin que eso parezca suponer ningún desdoro para sus respectivas causas, pues los esfuerzos de unos y otros se hallan debidamente encaminados para que nunca dejen de parecer una misión. Cuánto hay de impulso trascendente y cuánto de mala conciencia tras esas enérgicas proclamas es difícil de decir, aunque uno tiende a pensar que en el fondo de sus conciencias a este tipo de profesionales tiene que darles un poco de apuro vivir simplemente de ser lo que son. 

A otros, en cambio, no les da el menor apuro vivir de cualquier cosa, incluso de una que no sean o no hagan, como es el caso de los inútiles. La absorción de los inútiles por y para el mundo del trabajo es otra de las consecuencias que vale la pena considerar, porque cuenta con multitud de afectados y eso hace de ella una de las más tremendas y gravosas. En una sociedad ideal, que no rindiese desmedido culto al trabajo y supiese apreciar en lo que valen las virtudes del ocioso, las calamidades del inútil no pasarían tampoco inadvertidas; pero estarían oportunamente diferenciadas, sin necesidad por ello de hallarse sometidas a ningún prejuicio de orden moral o social.  Ahora bien, una sociedad ideal puede prescindir muy bien de esta clase de prejuicios, pero quizás no de los prejuicios de orden práctico: es perfectamente posible que ser inútil –es decir, carecer por completo tanto de talento natural como de aptitud para el aprendizaje– no sea nada intrínsecamente malo, no tiene por qué, pero al mismo tiempo no tiene por qué, además de no ser malo, ser molesto para los demás. En una sociedad ideal el inútil tendría su lugar propio, siempre se le podría encontrar una tarea que pudiera fingir hacer sin molestar a nadie, y sería, en fin, considerado y respetado por todo ello: como no tendría ninguna necesidad de ser útil, que es lo que pierde a los inú- tiles, el hecho de que además no se le permitiera serlo no se percibiría como una discriminación sino como una contribución enormemente valiosa para el conjunto de la sociedad. 

Pero para eso, claro, se necesitaría no sólo una sociedad liberada de prejuicios económicos y morales, no obsesionada ni torturada por el terror a toda posible pérdida de recursos, sino una razonada y ecuánime política en cuanto al mencionado objeto de encontrar para los inútiles un lugar o una ocupación. Las cuestiones prácticas parece que siempre se cuentan entre las razones del fracaso de las utopías, y es comprensible que el mundo haya palidecido ante la dificultad de un desafío de este rango. Pero lo que no es comprensible es que, después de palidecer, le haya dedicado tan poca atención y haya optado, no se sabe si guiado por la vergüenza o por algún sentido del propio beneficio, por una inhibición chapucera y culpable. No saber qué hacer con los inútiles no debería ser una excusa para darles trabajo ni mucho menos, como sucede con exasperante regularidad, para hacerlos jefes. El resultado de una inhibición no debería ser una solución, y sin embargo parece que la sociedad ha solventado el problema de los inútiles no sólo ganándolos para la causa del trabajo sino situándolos con honores en lugares de importancia.  En nuestra sociedad, que ha perdido el camino de las ideas a fuerza de encontrar, para tales problemas prácticos, semejantes soluciones prácticas, el inútil accede con consentida facilidad a posiciones de influencia, adquiere poder y prestigio, y comúnmente se deja en sus manos la realización de empresas que implican y comprometen a buena parte de la humanidad. El inútil concibe, pues, proyectos, los lleva a cabo con todos los medios puestos a su alcance, y cuando fracasa, aunque siempre tarda un poco en darse cuenta, normalmente les pone remedio con una nueva gran idea y unos nuevos grandes medios que sin grandes nuevas sorpresas vuelven nuevamente a fracasar. De todo este ciclo que se repite inalterable el mundo no obtiene nada de interés, más que padecimientos y decepciones; le queda, si acaso, cierta resignación nada ejemplar que prepara al individuo social para los males del porvenir mediante la mezquina habituación a un trabajo puramente instrumental y sin conciencia, desligado de sus principios y sus fines, y por consiguiente jamás alimentado por la esperanza. En cambio el inútil, gracias al mismo proceso vicioso, consigue finalmente aprender una cosa, la única que aprende en su inútil vida y la única, por otra parte, que necesita para prolongarla: aprende a disimular. 

No cabe, a pesar de todo, considerar un progreso la adquisición de esta aptitud aplicada no sólo al ocultamiento de la propia inutilidad –lo que a fin de cuentas puede ser humanamente comprensible– sino especialmente, y eso es lo más abyecto, a la confusión con la utilidad ajena. La gran conquista, la conquista definitiva del inútil ha consistido en que las cosas bien hechas hayan llegado a no tener más valor que las mal hechas, como resultado de una astuta depreciación del mismo concepto de valor. Es lo de menos, en nuestra sociedad, que una cosa esté bien o mal hecha; basta con que alguien lo diga o se lo crea, pues todo su valor estriba en su poder de persuasión, en su manejo más o menos hábil del favor de la credulidad. El valor de las cosas no depende de sí  mismas; no está en ellas, en sus propiedades o características tal como las percibimos, resultado de una determinada idea y de una determinada forma de llevarla a cabo; está más acá o más allá de todo eso, no en lo que las describe o define en cuanto obra terminada sino en lo que, en su favor o descrédito, se alega: en el esfuerzo que han costado antes y en la aceptación que han tenido después. Si algo puede justificarse por la venerable cantidad de medios desplegada para su consecución –sea dinero, sea tiempo, sean recursos humanos: cualquier contingente de penalidades numerables–, pocos habrá que se atrevan a negarle el mérito, por mucho que en su fuero interno sospechen que se trata de una chapuza o de una tontería. Y si, con medios o sin ellos, chapuza o tontería, la cosa triunfa, ¿requiere acaso mayor justificación? ¿Quién presta oídos al infeliz, sin duda un envidioso o un fracasado, que pretenda ponerla en entredicho? Una cosa que obtiene éxito compromete a la sociedad que se lo prodiga; es por tanto imposible poner en entredicho a la una sin poner en entredicho a la otra, y quien pretenda convencer a la sociedad de que está equivocada cuando hay otro que se empeña en convencerla precisamente de lo contrario es obvio que tiene todas las de perder.

 El coste y la recompensa, inversión y beneficios: a eso parece reducirse todo. Cualquiera de estas alegaciones da valor a cualquier cosa que no lo tenga, y resulta prácticamente indispensable para que aquellas que sí lo tienen puedan prosperar. No se trata, sin embargo, de una razón puramente económica, a pesar de la terminología; hay motivos suficientes para pensar que forma parte, desde antiguo, de toda una manera de entender la vida, o de confundirla, para ser exactos. Una vieja, arraigada y crucial confusión de conceptos, una tediosa y eterna disputa entre el trabajo como castigo y el trabajo como obra, casi siempre resuelta a favor del primero, como claramente simboliza la historia de la palabra en un buen número de lenguas. Busco en uno de los libros de la biblioteca de mi padre, la Enciclopedia de las principales ideas de Occidente, datos sobre su origen y evolución y me encuentro, como temía, con una genealogía innoble y tortuosamente ramificada. 

Resulta que, en todas las lenguas románicas, que comparten significativamente la forma y el concepto, la palabra deriva en última instancia del latín vulgar tripalĭum, término documentado en un texto conciliar del siglo VI y referido a una especie de cepo en el que los reos padecían tormento; se cree que estaba constituido por tres palos (tri-palĭum) en cruz, y aunque no se dan informaciones más detalladas es de suponer que, si constaba de tres palos, debía de ser, incluso en número, algo realmente horrible. Esta realidad miserable es la que se halla tras las formas romances evolucionadas que se atestiguan más o menos desde principios del siglo XII con el significado figurado de ‘pena, sufrimiento’, o más adelante de ‘esfuerzo penoso’, y finalmente de ‘trabajo’ en el sentido actual, que ya era común en el siglo XVI. Es cierto que algunas lenguas han interceptado en cierto modo y en determinado momento la singular pero lamentable lógica de este recorrido: en inglés, por ejemplo, fuera de la Romania, tripalĭum ha dado travel, ‘viajar’, que tiene algo que ver con ‘sufrir’ pero no con ‘trabajar’; y el italiano, por su parte, parece haber reservado travaglio especialmente para las acepciones más penosas (travaglio di parto es ‘dolor de parto’), es decir, para las más fieles a su origen, prefiriendo lavoro para las demás. El origen de lavoro, no obstante, el pagano labor, si bien es en todo ajeno a la idea de suplicio, no lo es a la de fatiga o esfuerzo, ni aun a la de infortunio, por lo que no puede decirse que, al apartarse de la senda, este idioma haya tomado realmente un rumbo distinto u original. 

El autor del artículo en la citada Enciclopedia no deja de rastrear en todo ese proceso la huella del famoso «sudor» bíblico, esa tremenda venganza de Dios quizás no tanto contra los violadores del Paraíso como contra el Paraíso mismo, que se detecta igualmente, como para sugerir una idéntica deformación mental más allá de las fronteras lingüísticas, en la evolución del concepto en otras lenguas no románicas: así, el neerlandés arbeid o el alemán arbeit, hoy ‘trabajo’ (‘acción de trabajar’), también en su origen significaban ‘pena, calamidad’. Pero afortunadamente no todas las lenguas han seguido el mismo curso ingrato: en catalán, por ejemplo, junto con el obligado treball, que se usa sobre todo en sentido pasivo (‘trabajo realizado’, ‘resultado de trabajar’), existe feina, de uso más amplio y de más ilustre procedencia, pues deriva del latín facienda ‘cosas por hacer’, del verbo facĕre, ‘hacer’. 1 
Este desdoblamiento se da también en alemán, donde, al lado del citado arbeit se mantiene, para las acepciones pasivas, werk, que, como su pariente el inglés work (aunque éste con la ventaja de carecer de rivales y de valer, por tanto, para los dos sentidos), no tiene otra mancha en su origen que una raíz indoeuropea sólo hipotéticamente reconstruida; pero por lo demás su primer significado documentado es ‘cosa hecha’, ‘obra (material o moral)’, sin sombra de tormento o maldición.

Y, volviendo a la Romania, me pregunto yo, ¿no tenía el latín clásico palabras suficientes –y suficientemente justas, por añadidura– para expresar el concepto de trabajo sin que sus herederos se vieran en la necesidad de recurrir a formas tardías, tenebrosas y decadentes como tripalĭum? ¿Qué ha sido de la mucho más honorable familia compuesta por  opus, opĕra, operāri, etc., donde el trabajo se consideraba una actividad o un efecto más relacionados con la atención y el cuidado puestos en ellos que con el esfuerzo doloroso, y donde por supuesto no andaba por ahí contaminando la idea desastrosa de castigo o calamidad? Los descendientes de esta rama cierto es que han encontrado su sitio en la turbia vastedad del legado románico; muchos de ellos introdujeron el concepto de trabajo antes que sus rivales de la familia tripalĭum y algunos aún conviven con éstos o con otros (como el italiano opera, que los diccionarios definen como attività lavorativa in genere o lavoro materiale) conservando su antiguo significado. Pero también es verdad que históricamente la competencia los ha colocado en franca desventaja, condenándolos a sobrevivir prisioneros de locuciones fosilizadas (como en español manos a la obra) o como puras reliquias literarias o dialectales (como, en francés, œuvrer o ouvrer). En cuanto a obrero y a sus equivalentes en otras lenguas, que efectivamente han triunfado con el significado de ‘trabajador (sobre todo manual)’, apenas gozan hoy siquiera del crédito de los ideólogos, fuera de cuyo ámbito resultan por lo demás prácticamente impronunciables. En realidad la suerte y la salud de la familia operāri ha dependido de la medida en que sus miembros se han alejado de la esfera del ‘trabajar’ para acercarse a la del ‘hacer’, o de la medida –mejor dicho– en que el pensamiento de la comunidad ha ido tendiendo, para su equívoco y más que dudoso provecho, un abismo cada vez mayor entre esas dos esferas que uno se inclinaría a concebir, en un puro ejercicio de la razón, lógicamente próximas. Por fortuna esta proximidad no se ha perdido del todo y hoy todavía es posible encontrar contextos en los que obra y trabajo son aceptablemente intercambiables, sobre todo con referencia a las llamadas producciones del intelecto o del espíritu (un filósofo, un arquitecto, un músico pueden hablar indistintamente de sus «trabajos» o de sus «obras») y siempre y cuando éstas se vean como algo ya hecho, terminado, producto final de una actividad. Pese a todo, el triunfo de los derivados de tripalĭum en las acepciones con sentido activo, es decir, aquellas que conciben el trabajo como actividad y no como resultado, y que son realmente las que más afectan al común de los mortales, es indiscutible; y de eso parece desprenderse sin la menor alegría, para terminar con este folletín etimológico, que la idea de sufrir es mucho más útil y productiva que la idea de hacer a la hora de crear toda una cultura. Lo de hacer –da la impresión– es como si, a pesar de ser algo característico del género humano, estuviera envuelto en una niebla de misterio y de peligro, una niebla de la que no fuera posible salir con total seguridad, o con cierta seguridad, al menos, de encontrar algo «bueno» al otro lado: en vista quizás de que lo primero que hicieron nuestros primeros padres fue pecar. En cambio, al otro lado del sufrir parece extenderse una tierra bastante segura, una perspectiva clara, con dos únicos límites, ambos perfectamente acotados: la muerte y el perdón. 

 Éstas son las metas que a uno le aguardan al final de la senda del suplicio. Y uno podría pensar que al menos la primera de ellas no ofrece, después de todo, lo que se dice muchos alicientes para justificar una vida entregada al trabajo; la verdad es que no ofrece ninguno. Sin embargo, hay que conceder que la idea de la muerte pierde bastante de su carácter terrible en cuanto se asocia a la idea de destino, o de cualquier otra cosa funesta y –sobre todo– irrevocable que favorezca la bien arraigada creencia de que, para la castigada condición humana, es imposible cambiar. Está comprobado que todo hábito, incluso el que es doloroso, acaba generando insensibilidad, o cuando menos una suerte de familiaridad sin sobresaltos, más que tolerablemente enajenante, una sensación de pasar, de padecer el tiempo que en su perversión hasta puede ser «entretenida» y que todos aquellos que están sujetos a un trabajo impersonal y rutinario, indiferente a sus motivos, medios y objetivos, seguramente conocen muy bien. En cuanto al perdón, parece una alternativa mucho más prometedora, y no es raro que la prefieran los trabajadores más sensibles y también los más audaces, pues con el perdón suelen venir la salvación y las recompensas, cosas que cada trabajador, según sea su tipo de sensibilidad, espera en una u otra vida. En cualquier caso la esperanza de un premio no sólo justifica el padecimiento sino que impulsa la competitividad, de tal manera que aquel que ha padecido mucho puede aspirar legítimamente a ser mejor premiado que uno que haya padecido poco. Esta justicia tiene luego sus más y sus menos, evidentemente, porque no siempre se aplica con rigor explicable, y con frecuencia es causa de numerosos pleitos y controversias; pero esto no es al fin y al cabo lo importante, porque está visto que las veleidades del reparto no tienen el efecto ni el poder de invalidar las aspiraciones, que suelen permanecer imperturbables. Además, la importancia que se da al premio es tan grande que la sociedad no puede permitirse declararlo desierto por un simple remilgo sobre quién se lo merece más y quién se lo merece menos, so pena de verse empujada, a fuerza de interrogantes, a un vacío de valores en el que se encontraría no sólo contestada sino anulada. De ahí que el premio muchas veces sirva para explicar a posteriori todo lo inexplicable, y que el trabajo se legitime no en función de lo que es sino de lo que demuestra. De esos esfuerzos y contrariedades, a la par que de sus triunfos y delicias, saben mucho no sólo los inútiles con éxito sino también –una coincidencia menos paradójica de lo que puede parecer a simple vista– todos los que conciben su trabajo como una misión insobornable. 

Como se habrá visto, tanto la perspectiva de un destino que conforma e hipnotiza como la de un premio que demuestra la productividad del sufrimiento coinciden en relegar a un muy contingente segundo término el valor del trabajo como obra hecha, como resultado de sí mismo (de un hacer). Una lo obvia completamente, ya que si lo importante es padecer da igual cómo se padezca, y ya que el fruto del padecimiento, sea cual sea, no va a alterar en ningún caso el destino de padecer; y la otra, sin duda más perversa, desplaza el resultado del trabajo fuera de él, en un premio o recompensa que finalmente lo explica, aunque el padecimiento haya sido, como ocurre con frecuencia, puramente nominal. Es curioso cómo, mientras la primera de estas alternativas necesita el padecimiento como hecho, como realidad padecida, la segunda lo necesita únicamente como excusa y aun puede, pese a sustentarse en su principio, prescindir de él. Al fin parece que el premio no sólo justifica las cosas: hace que desaparezcan.

En fin... Me doy cuenta de que este ya largo e intempestivo capítulo introductorio, más que un convincente prólogo para esta historia, parece componer su enseñanza, su moraleja, cuando en principio sólo pretendía dar una idea aproximada, una ubicación, de su medio moral. Puedo decir, sin embargo, que tengo varias razones para haber procedido de este modo. La primera es que, si bien tampoco me gustan demasiado los principios, aún me gustan menos las conclusiones, porque las conclusiones, pese a lo que se cree, son en realidad, por su carácter demostrativo, mucho más incorruptibles que los principios; éstos, en cambio, por muy férreos que sean, siempre pueden oxidarse. La segunda razón pretende ser de orden práctico: había pensado empezar directamente con el más odioso de los temas de esta historia con la intención de despacharlo sin más contemplaciones, y con la esperanza de no tener que volverlo a tratar; ahora está por ver si las páginas que siguen harán o no honorables estas expectativas. Me temo que no. Yo no soy un sujeto honorable.

Luis Magrinyà, Los Dos Luises. (Ed. Anagrama, Barcelona, 2000).
  ©Luis Magrinyà, 2000. Por cortesía del autor
 



1 Es curioso notar cómo la fortuna de esta voz en su paso al español, en la forma faena, ha sido ilustrativamente restringida: lejos de sustituir a trabajo o de convivir al menos en igualdad de condiciones con él, su uso se ha especializado en el ámbito de la pesca y la agricultura y también, por otra parte, en el de la tauromaquia, pero, salvo en este último caso y sin duda por prejuicios asociados a los oficios que designa, es una palabra sin el menor prestigio social. Y eso cuando no toma un sentido claramente despectivo: uno de sus significados más generales es precisamente ‘jugarreta, mala pasada’.

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