
300 es una película para hombres libres.
Sin City es una película que, admítamoslo, no funciona como engranaje narrativo y se pierde en su muy loable si quieren condición de experimento mimético. Pero no deja de ser un experimento visual fallido.: los espectadores ajenos al cómic no entenderán mucho más allá de su estética visual una historia explicada a un ritmo atropelladísimo y con una estructura horrorosamente entrecruzada.
Dar lecturas políticas (¿cine de guerra santa?) a una cinta como 300 significa ser un hombre esclavo del contexto forzado. La cinta puede parecer artificiosa (a mi me parece deliberadamente exagerada, espectacularmente divertida, sin otra pretensión y con dignidad, además) pero no hay que permitir que tomen el control los prejuicios porqué está basada en un cómic de 1999 cuyo mensaje se mantiene intacto y cuya extrapolación fácil de Occidente vs. Oriente queda bastante vergonzosa. Y es que ese discurso protomilitarista, protofascista, protobush es tan idiotizante como puede ser soltar la parafernalia de los justicieros en una cinta de superhéroes, discurso reaccionario por suerte abandonado ya por cierta crítica cultural y mantenido por dinosaurios aplastados por su estrechez de miras. ¿La diferencia? Vaya usted a saber: yo tengo muy claro que son espartanos contra persas y que la cosa es tan honesta que es harto evidente.
Otros se quejarán de su falta de historia. Pero no: el tebeo de Frank Miller (magníficamente enlazado con una clásica historia de conspiración pulp) era un nuevo viaje estético al héroe. Y se llamó Batman, se llamó Marv, se llamó Hartigan, se llamó Daredevil. Y born again, ahora se llama Leónidas.
Y es que 300 es la orgullosa versión rockera de Gladiator. Con todas sus grandezas y excesos yo me lo he pasado en grande. Y su lectura simbólica es sencilla: luchad, héroes, por vuestra libertad y democracia. Si esto es fascismo o guerras santas, amigos vivimos esclavos del relativismo cultural y la lectura obvia de segundo grado hasta límites enfermizos y contaminantes.