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lunes, abril 21, 2014

UNA LENGUA CORROMPIDA

¿Cómo confiar en el lenguaje si éste ha demostrado con creces su incapacidad para dar cuenta del horror, de la soledad, de la muerte? ¿Cómo escribir en una lengua corrompida por la historia? Las novelas de J.M. Coetzee plantean una y otra vez la necesidad de enfrentar estas preguntas, intuidas - como relata en Juventud, el segundo volumen de sus memorias - en la paralizante lectura de la poesía del siglo XX.

Londres, 1962: Coetzee es un joven fantasioso que ha dejado Ciudad del Cabo en pos de la poesía. Consigue empleo con cierta facilidad, pero mucho más complejo le resulta cumplir con su vocación de escritor. Por entonces lee a Rilke, a Vallejo, a Neruda, pero en especial a Ezra Pound y T.S. Eliot, en quienes no sólo ve modelos literarios sino verdaderos ejemplos de vida, espejos donde mirarse: "Si Eliot elige parecer aburrido, elige vestir traje y trabajar en un banco y llamarse a sí mismo J. Alfred Prufrock, tiene que ser un disfraz, parte de la malicia que el artista necesita en la era moderna", piensa el protagonista de Juventud, que lleva traje negro y trabaja en IBM, aunque la suya no es una máscara que le siente cómoda. No eligió parecer aburrido, está aburrido de veras, al borde de la desesperación, perdido en una ciudad que va enseñándole a palos su lugar en el mundo.

Es entonces cuando Coetzee da el paso de la poesía a la prosa, que para él es, sin duda, un retroceso pues ve en la prosa apenas una "segunda mejor opción", una solución de compromiso gracias a lac ual ya no tendrá que hacerse responsable, por ejemplo, de estos imponentes preceptos del propio Eliot: "la poesía no es un dejar libre la emoción, sino una huida de la emoción", "La poesía no es una expresión de personalidad, sino una huida de la personalidad". Seguro de que ha dado con algo importante, John copia estos fragmentos en su diario, pero ahora, desolado, añade un triste comentario al margen: "Sólo aquellos que tienen personalidad y emociones saben lo que significa huir de tales cosas".

John no es un joven sin personalidad, sino un inmigrante que busca convicciones y sólo enceuntra sospechas. "La prosa, afortunadamente, no quiere emoción", se dice, como una manera de afrontar el descalabro; "La prosa es como una extensión lisa de agua tranquila sobre la que uno puede ir añadiendo cosas a placer, dibujando sobre la superfície". Ya no le sirven Pound ni Eliot. En busca de un nuevo modelo recurre a Henry James, pues entiende que uno de los méritos de James es haber trascendido las nacionalidades, lo que para un colono de origen afrikáner deseoso de reinventarse ocnstituye una valiosa oportunidad: "La gente de las obras de James no tiene que pagar el alquiler; desde luego, no tiene que aferrarse a un trabajo; lo único que se le exige es que mantenga conversaciones supersutiles que desencadenarán minúsculos trasvases de poder, cambios tan mínimos como invisibles para todos excepto para el ojo experimentado".

Muy pronto Coetzee comprueba que es realmente difícil conseguir diálogos supersutiles entre personas interesantes. Entiende, entonces, que la acción narrativa reclama un escenario específico: meintras la poesía tiende a prescindir de los pormenores espaciales, la prosa pide un escenario particular, y el escenario de Coetzee es Sudáfrica, no Londres. John quiere ser inglés, como Eliot, el poeta que no era inglés pero que convenció a medio mundo de que era inglés. ¿Pero es posible convencer a medio mundo de que no es surafricano? ¿Es John un buen actor, un actor tan bueno como Eliot? De momento odia o cree odiar su lugar de origen: "Sudáfrica fue un mal comienzo, una desventaja", "Si mañana se levantara un maremoto desde el Atlántico y barriera el extremo sur del continente africano, no derramaría una sola lágrima". En las calles de la inhóspita Londres, en cambio, late la pasión artística: "Puede que Londres sea glacial, laberíntica y fría. Pero tras sus muros intimidatorios hombre sy mujeres trabajan escribiendo libros, pintando cuadros, componiendo música". Por ahora no quiere aceptarlo, pero ya sabe que su historia no es la de Eliot: ya sabe que para ser escritor debe convertirse en sudafricano, debe convertirse en lo que ya es.

La poesía es una huida de la emoción, pero John, que cree carecer de emociones, no sabe de qué huir. La prosa, en tanto, no necesita emoción, sino escenarios particulares, es decir Sudáfrica, el país del que ha escapado, y no Inglaterra, el país del que no quiere escapar. Coetzee nace cuando acepta que Sudáfrica es el escenario del que huye al escribir. Ése es el tema de Infancia y Juventud: la vida de alguien que más bien a su pesar comprende que no hay mundos paralelos, que es imposible marginarse de la historia. La emoción - el dolor que, en sus más diversas formas, recorre cada página de Coetzee - requiere de un cauce, y eso lo aprendió de Pound y de Eliot. A su manera, por cierto: quería que Eliot le enseñara cómo ser un poeta inglés sin ser inglés, pero acabó aprendiendo cómo ser un escritor sudafricano, un escritor de ninguna parte. En la mejor poesía del siglo XX, Coetzee fraguó la mejor literatura de las últimas décadas.

"Esta casa no pretende desnudar mi corazón. Pretende desnudar algo, pero no mi corazón", confiesa la protagonista de La edad del hierro. El imperativo moral que rige los libros de Coetzee es la necesidad de nombrar sin gimoteos, valientemente, aquello que haya que nombrar, aunque hacerlo suponga un brutal ejercicio de honestidad. También de la Edad de hierro proviene esta preciada y urgente declaración de principios: "Lo que he visto es terrible. Merece ser condenado. Pero no puedo denunciarlo con palabras ajenas. Tengo que encontrar mis propias palabras, que sean mías. De otra forma no sería verdad. Eso es lo único que puedo decir ahora".

En Desgracia, la realidad le demuestra a David Lurie que para describir Sudáfrica el inglés es una lengua muerta. "Como un dinosaurio que expira en el fango, la lengua se ha quedado envarada", comprende. Eso es lo que tarde o temprano los personajes de Coetzee acaban descubriendo: que en el mundo donde viven no cabe la ficción, que sólo les queda comunicar, con justeza, lo que ven. El desafío de Coetzee es prácticamente el mismo de Eliot: purificar el lenguaje de la tribu. Lo que cambia es el énfasis: Coetzee prueba que es posible escribir en un lenguaje contaminado. De ese lenguaje en decandencia el escritor entresaca aquello que aún se puede decir, y procura decirlo con la mayor claridad, seca, cabalmente. En uno de los pasajes más bellos y certeros de Elizabeth Costello, Coetzee lo expresa de este modo: "Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien". Eso es, en definitiva, lo que hace un gran escirtor: poner a prueba el lenguaje de su época.

Alejandro Zambra, No Leer.

viernes, enero 09, 2009

Plantar nouvelles

Alejandro Zambra, Bonsái. Ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

Bonsái es una obra francamente rara, y no miento: rara porque es un debut que maneja con soltura una historia de amor en la que el narrador permanece invisible, rarísima porque es una novela que tiene conciencia de la tradición y que no se podría haber escritor hace cincuenta años, y raruna porque hay juegos literarios sin magia, ni redención, ni azar, ni nada que banalice y barnice mágicamente la realidad.

Zambra busca dos ecos: los de Pèrec (en el mismo concepto de la novela, el secreto de los protaognistas y cómo les afecta en su vida cotidiana) y los del homenajeado Marcel Proust. Además de una cita, hay una frase conscientemente proustiana:

Cuando Julio se enamoró de Emilia, toda diversión y todo sufrimiento previos a la diversión y al sufrimiento que le deparaba Emilia pasaron a ser simples remedos de la diversión y el sufrimiento verdaderos.

La sorpresa, también, viene como Zambra articula una novela bella cuando deja bien claro que no le interesa mantener cierta tensión en la historia, en lo que ocurrirá. Intenta despojarla de convencionalismos y empieza así:

Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios antes años antes de la muerte de ella, de Emilia.

Lo que sigue es el primer indicio de los juegos que propondrá la novela.

Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura […]


Y aquí está contenido el final, aquel en el que Zambra traza su definición (también muy proustiana) de la novela-bonsái que acaba de termina. Vean, primero, una reflexión, más o menos modélica, de En busca del tiempo perdido (Sodoma y Gomorra, pags. 30-31) distinta a la que se cita en el libro:

En esa enorme "escondida" que se juega en la memoria cuando uno quiere encontrar un nombre, no hay una serie de aproximaciones graduadas. No se ve nada, y de golpe aparece elnombre exacto y muy diferente de lo que creía adivinarse. Él no vino a nosotros. No; más bien creo que a medida que vivimos, pasamos nuestro tiempo alejándonos de la zona en que un nombre es perceptible, y por un ejercicio de mi voluntad y de mi atención que aumentaba la agudeza de mi mirada interior atravesé de golpe la semioscuridad y vi con claridad. En todo caso, si hay transiciones entre el olvido y el recuerdo, esas transiciones son inconscientes. Porque los nombres de etapa por los que pasamos, antes de encontrar el verdadero, son falsos y no nos acercan a él para nada. No son ni siquiera nombres, hablando con propiedad, sino a menudo simples consonantes, que no vuelven a encontrarse en el nombre hallado. Por otra parte, ese trabajo del espíritu que pasa de la nada a la realidad es tan misterioso que después de todo es posible que esas consonantes falsas sean muletas previas torpemente extendidas para ayudarnos a atrapar el nombre exacto.

Zambra, al modo de su Bonsái, esparce todas esas reflexiones del francés. Si el francés busca una reflexión densa, abigarrada, intercalando y matizando su ficción, Zambra busca ese jugueteo sólo con sus personajes, alejado de cualquier impostura de suplantación a su maestro.

Así encontramos

La De Emilia y Julio fue una relación plagada de verdades, de revelaciones íntimas que constituyeron rápidamente una complicidad que ellos quisieron entender como definitiva. Ésta es, entonces, una historia liviana que se pone pesada. Ésta es la historia de dos estudiantes aficionados a la verdad, a dispersar frases que parecen verdaderas, a fumar cigarros eternos, y a encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que se llama el resto.
Hay alguna objeción en este párrafo, sobretodo en la metáfora de los cigarros eternos (a mi juicio compensado por un uso magnífico de la antítesis con la violenta complacencia), pero la lección de Proust, la del estilo maximalista y con digresiones absolutamente divagatorias aunque poderosamente calculadas (el logro es que nos parezcan espontáneas, poco artificiales) está bien aprendida.

No es la única vez que nuestro narrador duda sin que se resienta (no se trata de una voz demasiado envolvente y se ausenta cuando describe momentos puramente íntimos) la verosimilitud. Hay más ejemplos que incluso le añaden más, por ejemplo cuando al final dice:

Quiero terminar la historia de Julio, pero la historia de Julio no termina, ése es el problema.
Igual que al principio, la sensación de que todo ha ocurrido, de que todo prosigue da una idea exacta de la delicadeza de Zambra para dar vida a sus ficciones. También el narrador aprovecha para hacerse una ligera y bella autocrítica. En la página 40 escribe:

Y también porque quedan páginas, porque esta historia continúa.

O no continúa.

La historia de Julio y Emilia continúa, pero no sigue.

Va a terminar unos años más tardes, con la muerte de Emilia; Julio, que no muere, que no moririrá, que no ha muerto, continúa pero decide no seguir. Lo mismo Emilia: por ahora decide no seguir pero continúa. Dentro de algunos años ya no continuará y ya no seguirá.

No por saber una cosa se la puede impedir, pero hay ilusiones y esta historia, que viene siendo una historia de ilusiones, sigue así […]


Algo que rectifica y asume en la página 83. El narrador no sólo cuenta, sino que también lee:

El final de esta historia debería ilusionarnos, pero no nos ilusiona.
De una conciencia crítica, esta no es la historia esperable, nace también la vida de la novela. Una vida que también se manifiesta cuando Zambra usa los coloquialismos y los localismos chilenos como forma de interorización en los personajes:
Emilia había decidido que en adelante follaría, como los españoles, ya no haría el amor con nadie, ya no tiraría o se metería con alguien, ni mucho menos culearía o culiaría. Éste es un problema chileno, dijo Emilia, entonces, a Julio, con una soltura que sólo le nacía en la oscuridad y en voz muy baja, desde luego: Éste es un problema de los chilenos jóvenes, que somos demasiados ovenes para hacer el amor, y en Chile s no haces el amor puedes culear o culiar, pero a mí no me agradaría culiar o culear contigo, preferiría que folláramos, como en España.
Y al fin y al cabo cumple con todas sus prentesiones: ser una perfecta historia de jóvenes y tristes.

Actualización:
HT aclara que el asunto del follar viene de Parra. El propio Zambra en la entrevista dice literalmente:
Contra ese divorcio lucharon Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Jorge Teillier o Gonzalo Millán; se atrevieron, cada uno a su modo, a escribir, a buscar un lenguaje chileno y a la vez personal.

Un lector anónimo, amablemente, apunta ciertos parecidos entre el principio de la novela aquí citado y Risa en la oscuridad de Vladimir Nabokov. En Bonsái el narrador nos dice que había leído a Nabokov, entre otros. Tomemos como ejemplo el principio de la novela del escritor ruso, traducida por Antonio Samons:
Érase una vez un hombre que se llamaba Albinus y vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Pero un día abandonó a su esposa por causa de una amante joven; amó, no fue amado, y su vida acabó en el desastre.
Ésta es toda la historia, y en eso podríamos haberla dejado de no reportarnos provecho y placer el relatarla; y aunque hay suficiente espacio en una lápida para verter, sintetizada y encuadernada en musgo, la glosa de la vida de un hombre, a todo el mundo le gusta conocer pormenores.


Y volviendo al artículo que aporta HT, vemos que podría estar sacado del comienzo de Black Spring de Henry Miller:
[...] lo que no está en medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura