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miércoles, abril 25, 2007

Migoyanos, todos

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Hoy me he leído de un tirón el célebre y mediático Todas Putas de Hernán Migoya. Se lee muy bien, con mucha admiración, con ansia y adicción casi primitivas. Luego pasamos a la obra.

Estamos ante uno de los autores más sorprendentes dentro de esta generación de talentazos (no debería sorprender a nadie) que son todos los Vinalia Troppers, pero que sorprende por esa forma tan cerebral de abordar la provocación y convertir la búsqueda de violencia estética en más que una intención, sino que en un hecho.El problema estriba en que la banalización angustia y oprime cualquier intento de acercarse a las obras con tranquilidad. En el caso de Migoya la polémica y los prejuicios pueden anunciar un facilón clon de Miller o peor, otro lector de Bret Easton Ellis. Bien, pues a Easton Ellis, Migoya es lo que a Tarantino es nuestro Jesús Franco. Para que vean.

De la obra de Migoya, sobra algún relato que redunda en esta intención de explorar a través una forma (escatalógica) en estos lados (igualmente grotescos y oscuros) de la condición humana, porqué como cualquier sátiro inteligente Migoya es un moralista en el buen sentido, en el cínico, en el amoral. Por eso a veces es tan irritante y genial a partes iguales. Por eso en muchos de sus relatos se redunda demasiado en terrenos a los que ya hemos ido con los anteriores y se basan en un impacto conceptual pero no deja de ser un símbolo de bien y de aprendizaje migoyano por parte del maestro Jesús Palacios, del que sigue un compromiso inquebrantable.

No obstante no se queda ahí: el registro y poder de Migoya son amplios, aunque tampoco hiciese falta demostrarlo. El trabajo es un cuento tan epifánico como una cheeveriana y en Yo no tengo amigas gordas juega con un tipo de registro autoficcional que me trae recuerdos del Roth de Operación Shylock, con el que al fin y al cabo no guarda tantas distancias.

Lo inteligente en la jugada de Migoya es como supera y parodia todos esos neodocumentales "aterrorizados" que se cuelan en nuestra cultura en formato de alarma social (y también las mejores formas de la literatura erótica y de horror pulposa) y los condensa en una perfecta y brillante sátira de un país y una sociedad llena de contradicciones. En ese aspecto el epílogo real vuelve a llevarnos a terrenos rothianos dónde carcajadas y humanismo van de la mano.

PD: Al terminar esto leo al autor himself, que cuenta los problemas que tiene su Putas es poco en el pasado Día del Libro.