martes, noviembre 26, 2013


No me pareció del todo mal que los católicos se impusiesen la castidad prematrimonial, con los ojos cerrados el novio podía seguir el viaje de la sangre desde el corazón hasta los órganos periféricos, lamiendo las paredes de las venas, y anticipar el desnudo al que, después de abrirse paso entre masas de pavor y de emoción, podría picotear la noche entera iluminados por una luna empapada en miel.


Gonzalo Torné, Divorcio en el aire.