miércoles, enero 15, 2014


La psiquiatría tiene palabras sorprendentes para las más diversas fobias, pero no existe ninguna para referirse a una dolencia muy común: el miedo a la propia vida. El hastío de ser nosotros, la fatiga de sostener nuestros pensamientos todo el tiempo. El terror a que, un día, ya no podamos más. La frustración que Alba sentía a causa del desajuste entre sus expectativas como escritora y sus logros era una dolencia menor si lo comparamos con el rasgo más constante de su carácter. A menudo, Alba se oscurecía. Al principio, sólo yo veía los efectos. Ojerosa, se mordía las uñas y los dedos hasta dejárselos en carne viva. Una torsión de los nervios, me decía, en su lenguaje críptico. Hasta donde logra recordar siempre ha sido así. Un desajuste, dice, un error en la trama de la vida.Después, como si yo formase parte de su organismo, ya no me ocultaba sus crisis. Sin fuerzas, sencillamente, se desplomaba. Cuando Alba caía en sus profundos estados de desesperación el día se terminaba para nosotros. Nada de lo que hubiésemos proyectado podía realizarse, se quedaba acurrucada en el sofá o en la silla o sobre el suelo, sintiendo la vida pasar por encima de mí, como una navaja. Por más que trataba de animarla, el sentido de mis palabras se desarticulaba en cuanto se acercaban a sus oídos. Tuve que resignarme a convivir con esta sombra que se iba convirtiendo en nuestra atmósfera, a la inesperada maza que la golpeaba dejándola aturdida. Cuando, después, con el paso de las horas, Alba regresaba a la superfície y recuperaba su ánimo más saludable, un velo parecía cubrir el pasado inmediato. Su rostro había reverdecido y exhalaba una turbadora ansia de vivir. A su estado anterior (que se alejaba de nosotros como una pesadilla inofensiva) sólo alcanzaba a referirse con aforismos. Cuando le preguntaba por ello me respondía: estoy encerrada en mi vida, no puedo salir, luego sonriendo, temo que no haya suficiente tiempo para quererte; frases algo plúmbeas para un aspirante a novelista, pero que salidas de aquel rostro dorado sonaban con una dulzura que nos alejaba de mis graves presentimientos. Alba me prometía (durante una cena, en el intermedio de un concierto) que no volverían a repetirse aquellos retrocesos, pero yo sabía que no estaba en su mano, ¿cómo iba a estarlo si dependía de esas emociones que trepan desde abismos profundos donde la conciencia no tiene control ni acceso? Ese mismo restaurante, las butacas del Auditori, las sábanas limpias o el salón, eran testigos de sus recaídas. Alba se retiraba a los cuarteles de su cuerpo, dejaba en su exterior un rostro y una carne desordenados y contraídos por el desgarro interior. Un pez desconcertado, sumergido en su tanque, con la mirada obsesiva y extraviada. Ella estaba tan cerca de mí que un simple balanceo del cuerpo me bastaba para abrazarla. Pero ¿era ella?, o sólo quedaba la piel amurallada e insensible, una concha sin gajo que no podía obligar a a desaparecer.

Gonzalo Torné, Lo inhóspito.