miércoles, septiembre 09, 2015


Edmundo pidió también algo de comer. No tenían más que patatas frías y un queso muy fuerte. Él pidió las dos cosas. Estaba contenta. Le alegraba que Cristina se hubiera atrevido a hablar de él, y ahora ponía en segundo lugar la opinión la opinión de Cristina sobre lo de su padre. Puso el plato de queso en la mesa, luego la cesta con el pan y el plato de patatas.

-¿A qué hora sale el autobús que va a Gijón? - preguntó.
-A las dos y diez, ya debe de haber pasado. ¿Tenías ganas de ir a Gijón?
-Se me ha ocurrido ahora, cogernos el día libre.
-Si quieres lo intentamos - dijo Cristina -, pero tendríamos que salir corriendo y llegar empapados a la parada y es casi que ya habría salido.
-No, déjalo. Cuando no llueva lo hacemos.
Cristina se acabó su vermut.
-Estaría bien tener un coche - dijo.
-Y un helicóptero.
-Un coche no es lo mismo que un helicóptero. Un coche de segunda mano puede costar noventa mil pesetas, o menos.
-Yo tengo el carnet, pero casi no he conducido.
-Yo si. Podríamos practicar. Un sitio como éste es muy bueno para coger confianza.
Edmundo percibía el optimismo del alcohol, un paño de agua tibia alrededor del cuerpo.
-Lo pensaremos - dijo -. Cristina ¿cuando empezaste a estudiar ya querías escribir libros de política?
-No. Se me ocurrió en cuarto, con aquel profesor que te conté.
-¿Con el que tuviste una historia?
-Si, bueno, llevaba dándole vueltas desde antes. En realidad, creo que salí con él por eso.
-¿No te gustaba?
Cristina echó la silla contra la pared, apoyándola sólo sobre las patas traseras. Recostada, las piernas colgando, sostenía con los dedos de la mano izquierda el vaso de vermut y lo balanceaba.
-Me atraía sí. Pero fue una historia muy corta, lo dejamos a los tres meses. Germán conseguía hacerte creer que eras una gran persona. A mi me convenció de que yo iba a inventar una nueva corriente política como mínimo. Sólo que era muy vanidoso. Te hacía creer eso para que no pareciera que él estaba teniendo un rollo vulgar con una alumna.
-Y tú te diste cuenta.
-Si, algo en su situación no le salió bien. Tenía una sonrisilla bastante falsa, a lo mejor fue un detalle así de tonto. El caso es que pensé que nunca haría nada, que dentro de veinte años volvería a la facultad y me lo encontraria diciéndole a otra alumna las mismas cosas que me decía a mí, con su misma sonrisilla, sin haber publicado un solo artículo interesante.
Edmundo dibujó con el dedo una hoz y un martillo en el pantalón de Cristina, sobre el mundo.
-De todas formas le buscaste para que te convenciera de que podías ser el nuevo Marx del siglo veintiuno.
-Sin exagerar - río ella -. Digamos que le busqué porque quería que viera que yo no me iba a limitar a hacer muestreos electorales. ¿El último? - dijo señalando el vaso casi vacío de Edmundo. El suyo estaba por la mitad.
-No, gracias, beberé un poco del tuyo. Cristina ¿tú también tienes un plan?
-¿Qué quieres decir?
-Una vez te pregunté qué harías después de sacar las oposiciones y me dijiste que no los abías, pero ahora veo que sí.
-Ah, por lo de los libros. Eso no es un plan, Edmundo. Supongo que todos queremos hacer algo más que ir a una oficina de ocho a tres hasta que nos muramos. Todo el mundo tiene la fantasía de ser alguien.
-Ser alguien. Yo no sé si quiero ser alguien.
-Pero cuando me has preguntado has dicho tú "también" tienes un plan. Has dicho "también".
-El plan de que nos echemos una siesta, creo.
-Si, yo no voy a tomar ni café - dijo Cristina, aunque Edmundo estaba segura de que ella había recogido la palabra plan y volvería sobre el tema más tarde.

La lluvia seguía cayendo. Eran las tres menos cuarto de la tarde y parecía de noche. Se echarían la siesta, harían el amor con un deseo vuelto contra ellos mismos, lo harían para negar que estaban algo perdidos, que se aburrían, que dudaban del otro porque habían empezado a dudar delfuturo, y algo más tranquilos después, se dormirían para despertarse a las cinco y media o tal vez seis, y que siguiera lloviendo, y tener toda la tarde y la cena y la noche por delante.

Belén Gopegui, Lo real