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lunes, mayo 31, 2010

Ser Policial (I)

Even while men's minds are wild, lest more mischance

On plots and errors happen

William Shakespeare, Hamlet


Vicente Luis Mora, Alba Cromm. Barcelona, Seix Barral, 2010.

-With tons of Spoilers -

Esto no puede ser una crítica de una novela tan compleja y sugerente como Alba Cromm, cuya riqueza es, ciertamente, cervantina, aunque algo más que en el sentido que le da el propio Mora: también es cervantina (también sterniana), en el sentido que hace de la digresión una de sus formas, pero también la celebración de sus posibilidades una clave en su estructura. La obra está sobresaturada de lecturas, de referencias, de bromas (públicas, privadas, una costa a de este bloguero reconvertido en pornógrafo completista para un nuevo mundo). Habrá posts para hablar de estos elementos, de un interés insoslayable para completar su lectura, pero me interesa hablar de Alba Cromm en términos más básicos: como reformulación del género policial en clave estrictamente contemporánea.

Estas nuevas posibilidades de la novela no pasan solamente por diseñarla, un paso más allá de Cero Absoluto, de Javier Fernández, influencia y una voz contemporánea de Mora, cuya crítica parece predecir algunas de sus ambiciones. La obra de Fernández era un relato apocalíptico, distópico, en clave de reescritura (de Ballard y Dick, principalmente, aunque había muchos otros) de un tipo de novela (digamos Ubik; digamos el Ballard vanguardista de sus relatos cortos) a través de los titulares, a través del relato mediático de los periódicos. El proyecto de Mora pasa por la revista de tendencias masculina y la reescritura pasa por el future noir: los ecos son de Blade Runner y Minority Report (y el cuento que la inspiró de Dick, posiblemente), pero, sobre todo, de dos obras previas del propio Mora: Subterráneos (de cuyos relatos parece una continuación lógica) y Pangea, con un Internet hecho directamente de interfaz y deseo. Mora teje una narrativa con varios personajes: Alba Cromm, una solitaria e inquebrantable comisaria de policía; Ezequiel Martínez Cerva, el periodista interesado en el caso; Elena, la psicóloga amiga de la protagonista, y el misterioso y buscado Nemo, el invencible hacker, sospechoso de ser el mayor traficante de pornografía infantil.

El Sr. Molina, de solodelibros, asegura que la novela parece un refrito de las de Stieg Larsson. Celebro la coincidencia en el zeitgeist de dos heroínas del neo policial, pero el final de Alba Cromm tiene poco que hacer con una gran trama conspirativa y mucho con una terrible y hermosa imagen que replantea todo el relato. Es un final basado en la duda. En la duda profunda.

Hamlet
parece un obvio precusor. Con esto no estoy diciendo que Mora sea, en el sentido habitual, shakespereano: apasionado del wordplay o de la caracterización de personajes que parecen estar disfrutando en todo momento de quienes son (como Falstaff). La obra incluye, en cierto sentido, un misterio que el protagonista debe resolver: la conspiración de su tío Claudio para deshacerse de él.

El brutal envenenamiento de Gertudis y Claudio, el asesinato con reconciliación de Laertes y el suicidio final de Hamlet son la culminación de la duda. La lucha contra el yo de Hamlet llega al extremo de salpicar al lector que ha distinguido desde el inicio si el príncipe está haciendo un espectacular baño de sangre guiado realmente por la justicia poética o si su refriega incontrolable le ha llevado al fracaso absoluto. Shakespeare fue un poco más generoso que Mora al identificar en el carismático Claudio un villano total.

La novela policíaca parece ser profundamente interesante cuando el sujeto detectivesco está expuesto al cuestionamiento. En A scandal in Bohemia, Sherlock Holmes conocía a Irene Adler y con ello la única mujer capaz de hacernos dudar de su invencible inteligencia. En El Largo Adiós, Philip Marlowe llegaba al punto límite de su escepticismo: su mejor amigo, Terry Lennox, no solamente le pedía un favor irrepetible sino que le implicaba en un crimen. Pero es cierto que estas cimas son de personajes cuya infabilidad ha sido, de algún modo, preestablecida. El agente de la Intercontinental de la Cosecha Roja de Dashiell Hammet era ambiguo gracias al escenario: el suyo era un mundo de vaciado moral y cambio fácil. Bajo Hammet, puede explicarse el origen de Ellroy, cuyos detectives frecuentemente están marcados a fuego por su tiempo, casi siempre pasado y cuya resonancia tolstoiana –dado que todos sus personajes parecen centrifugados por el motor de la Historia- nos llevaría otros posts. Las dos variaciones más brillantes están en El misterio del Cuarto amarillo (Gaston Leroux) y su descendiente, El asesinato de Roger Ackroyd (Agatha Christie). En la primera, Leroux nos enseñaba a un detective que no era otra cosa que el perfecto criminal: ambos son narradores –deben (de)construir una escena del crimen-, demiurgo de su propia novela (en la medida en que se trata del autor del misterio). En la de Agatha Christie, el narrador es el nuevo ayudante del detective y es, a su vez, el criminal. La maniobra de Christie debe leerse en clave deconstructiva: Watson, la quintaesencia del compañero de EL detective (Holmes), era también el narrador fiable por excelencia. Convirtiendo al narrador en un criminal, el misterio adquiría una singularísima contrarreloj: el detective debía adelantarse al narrador que, a su vez, conocía las distancias del lector. Ambas son ejemplos de tensión frente al misterio, el detective y su caso. De un modo singular, Alba Cromm estuvo dialogando con el mundo (hiper)real blogosférico entre Mayo de 2005 y Marzo de 2009.

La brillantez de la obra de Mora está en en su contexto: absolutamente todo está explicado en el mundo en el que transcurre la obra, una distopía machista donde lo más leído son las revistas de tendencias masculinas y cuyo máximo objetivo es alzar unos ideales de belleza gordos, y de la que, de hecho, somos lectores.

La novela empieza con un interrogante que sabemos que su autor cerrará en la última página y es la de encajar el reportaje de Alba Cromm, una comisaria fuerte y ejemplar, en una revista machista llamada Upman, que lo anuncia como el caso del que todo el mundo hablaba desde hace meses. Como elemento narrativo, hay reminiscencias de Watchmen: en el tebeo de Alan Moore y Dave Gibbons el rol de los superhéroes en el mundo real se explicaba con un tebeo llamado Los relatos del navío negro, relato de piratas en la onda del Arthur Gordon Pym de Poe, que leía un adolescente tras un quiosco. El tebeo actuaba como elemento metalingüístico: era un tebeo dentro de otro (y además una forma de diálogo con la tradición, especialmente con los tebeos de la EC que leía de niño), pero también como correlato al ascenso metafórico de uno de los protagonistas y como detalle que daba una pista definitiva del mundo en el que estábamos: Nixon era presidente gracias al Dr. Manhattan y debido a la irrupción de superhéroes desde los años treinta, los tebeos más relevantes eran los de piratas (y los de terror).

En el mundo de Alba Cromm, Internet juega un papel muy relevante. Parece que las predicciones o especulaciones hechas por Mora en su ensayo Pangea, se han cumplido. Allí escribe:

"Que la realidad, la información existente, es la que se encuentra en la Red; es decir la grave confusión entre Pangea y el mundo"

La conclusión es desoladora: toda la trama de Nemo se revela malinterpretación obsesiva de la comisaria y todo lo que queda es un niño frente a la pantalla, malinterpretado por un poder policial obstinado en violar cualquier tipo de privacidad. Mora, volviendo a Pangea, ya había escrito:

"Como dentro de menos tiempo del deseado, todo se hará a través de Internet, es posible que la gente, por puro agotamiento, decida pasar su tiempo libre fuera de la red, en pasatiempos alternativos. Queda por saber qué ocurrirá con los pertinaces"

Esos pertinaces son tanto Nemo, una generación todavía inocente, como los pedófilos que son desarticulados. Hamlet luchaba todo el rato con su yo, incluso antes de descubrir la conspiración, esa batalla se libraba durante toda la obra. Mora estructura el misterio de tal manera que la lucha contra el yo de Cromm no quede evidente hasta el final, cuando el lector descubre el trauma adquirido por la policía tras años de analizar vídeos de pedófilos queda adicta y atraída por los terribles preparativos y juegos previos al acto y es consciente de que toda su lucha ha sido estéril.

¿Hacia dónde nos lleva esto? Hay una línea perversa que este bloguero supone que va del "let me speak to the yet unknowking world" de Horacio al final de Hamlet a el recuento ejecutado por Upman de esa historia que conmocionó al mundo hace unos meses (y cuyo recogido parcial está en la bitácora del Reportero Luis Ramírez).: Horacio parece convencido de lo sensacional(ista) de su relato (Of carnal, bloody and unnatural acts / Of accidental judgments, casual slaughters) y Upman de su función paradigmática. Las dudas siguen siendo las mismas para el lector: ¿en qué punto nos encontramos? Esta clase de respuestas hacen que la obra esté abierta, pero con una diferencia respecto a Hamlet: mientras que sabíamos qué ocurriría con el mundo que dejaba atrás el príncipe (o al menos quien heredaría el trono), no parecemos saber qué ocurrirá tras el juicio de Cromm y con el auge definitivo de una sociedad machista. Sabemos, eso sí, su punto de partida.

Lo único que parece claro es la prestación que se hace del género policial, conducida no tanto por la brillantez incuestionable del detective, ni por su posición heroica sobre la sociedad, sino por el modo en que esta determina absolutamente toda la narración y por el modo en el que el detective lucha contra sí mismo.

lunes, enero 28, 2008

Y ocho fueron ninguno

Diez Negritos estuvo llamada a ser el clásico definitivo de Agatha Christie con los que reescribir las reglas del whodunit a través de una historia llamada a ser canónica. Con el Cluedo la pirueta ya adquiría una interactividad sublime porque ahora era el jugador el que era partícipe del proceso de (re)creación del crimen y su resolución, aumentando la sensación de desconcierto que Christie sembrava en el lector al no presentar , ab initio, un detective, una figura luminosa de la que fiarse. En un acto absolutamente genial, la adaptación cinematográfica de Cluedo incluye en sus ediciones en dvd (y antes, vhs) sus finales alternativos.

Jeff Wadlow es consciente de dos cosas: en el cine contemporáneo hay dos películas que lo cambiaron todo, pero de distinto alcance. Respecto al género Scream supuso una reformulación que a excepción de su primera secuela no fue seguida y si imitada en el aspecto en el que la cinta de Craven se alzaba punto y aparte, y respecto al resto del cine, Matrix supuso la primera inmersión del espectador en lo que podría conocerse como cine del futuro. Wadlow, así, teje su particular relectura del esquema empleado por Christie y el juego de mesa criminal: una reflexión sobre los mitos y las leyendas que rodean nuestra adolescencia, sabiendo que el homo teenager suele vistar ropas absolutamente emocionales.

Con una primera hora bordando la excelencia y con una ironía abrumadora, retratando al adolescente medio como un ser tan cruel como en el fondo patéticamente tierno y tomando como hilo conductor a una variación bastante más premeditada de lo que parece del falso culpable hitchockiano (y también otra estrella de alma teen: the new boy) llamado Owen, pronto encuentra a la femme fatale, el nuevo mejor amigo que no lo es tanto y etcétera, Wadlow es capaz de mantener el pulso hasta el final en el que toma una decisión muchísimo más arriesgada de lo que (a)parece en pantalla: ir un paso más allá de la película del Cluedo y directamente insertar los tres finales alternativos, descritos como giros, en realidad posibilidades, que encajan a la perfección como el epílogo de la Christie terminaba siendo en el libro la reflexión misma sobre como se gestan los misterios. Una fascinante Lindy Booth robaescenas y la decisión de Wadlow de colocar según que final el último no deberían escandalizarnos, porque como ya insinuaba Christie la construcción del crimen perfecto quizá consista en ir descartando los giros más inesperados hacia el que era más sencillo de todos. En el fondo Cry_Wolf es un relato de James M Cain contado por las perversas manos de un hábil jugador de Cluedo: es decir, un metarrelato capaz de ensombrecer a Identidad con su ironía y honestidad, que es algo con lo que Wadlow sabe que no es prudente jugar.

miércoles, octubre 17, 2007

Sleuth

La Huella es una película de Joseph L. Mankiewicz tan incomprendida como juguetona a día de hoy. La obra de Anthony Shaffer (adaptada por él mismo) era una parodia de Agatha Christie bastante hábil y no deja de resultar tan injusto como lógico que Shaffer (que escribió también cosas tan maravillosas como Frenzy o The Wicker Man durante los setenta) terminara escribiendo adaptaciones al cine de Agatha Christie, autora que precisamente superó con su obra teatral.

La Huella es una parodia del mecanismo general de las novelas de Christie que es el de reunir una serie de sospechosos y terminar delatando al culpable de la forma más inesperada posible. En este esquema Christie alcanzó la genialidad, cualquiera que haya leído El asesinato de Roger Ackroyd sabe que es imposible resistirse al grado de delirio de la autora respecto a sus mecanismos. Shaffer ejecuta una parodia al presentar dos sospechosos como protagonistas del juego: Sleuth es un intercambio constante y juguetón (infinito, tal vez) entre criminal y detective que usa sólo la inteligencia (del espectador y de sus personajes) como única herramienta del espectáculo, como hacían el Leroux del Misterio del Cuarto Amarillo o el Bioy Casares de los misterios de Isidro Parodi.

Precisamente Sleuth se llama mi nuevo juego detectivesco favorito: te creas un usuario y escoges que tipo de detective quieres ser. Con esta broma referencial Sleuth resume además las distintas fases de la novela negra con más preclaridad de la aparente: tal vez mi favorito sea el que se dedica a interrogar y a observar. Una de las virtudes más ignoradas de los videojuegos son su capacidad para sintetizar y releer géneros clásicos, y en este caso a través del guiño tejer una suerte de deconstrucción del género al poner en evidencia todos sus engranajes pero también tienen una capacidad de reinventarlos jugando desde el conocimiento de causa.