viernes, noviembre 21, 2008

Un post Bondiano

Escribe Borges que la verosimilitud es un invento de la novela para estropear a los héroes, a los que se desentierra de la épica (y con ello Borges habla del verso) y se condena a recursos absurdos que entorpecen su esencia, la del héroe. Se quejaba el New York Times de esto: ¿por qué los héroes de hoy en día sólo pueden actuar movidos por la venganza y la tristeza? ¿Acaso ya no hay héroes cool, me decía Noel citando como ejemplo a Iron Man?

Bien, creo que debemos releer todos los post llamados Vuelvo a Tener Pesadillas. Aquí se hace un análisis bastante clarividente a las fórmulas, al asunto este de las esencias y a su conflicto con lo que resulta realmente interesante: la tan cacareada reinvención, la pérdida de alma o el mantenimiento inmóvil. En una saga tan heterodoxa como la iniciada por Wes Craven hay tiempo para todo y no resulta nada casual que sea una saga que haya abierto y cerrado el mismo creador, contando eso sí ese epílogo monstruoso y épico que es Freddy Vs. Jason. Una de las partes más interesantes de las comentadas por Tones es que el esquema Elm Street lo establece la primera entrega no es más que un diseño fundacional, destinado a tener continuidad.

Y vayamos por partes. Hay Dos Bonds, por supuesto. El novelesco, creado por Ian Fleming y ya asentado como una herencia sofisticada, no deja de ser, al fin y al cabo es británica, de esos héroes hard-boiled que, curiosamente, sirvieron como último aliento evolutivo de los atormentados trágicos del folletín (naturalmente europeo) y dieron vida nueva a la novela negra. Tan grande fue el impacto (literario) de este indiscutible icono pop que a las adaptaciones radiofónicas, le siguió el reconocimiento mayor: un escritor de la Izquierda y en general de esos de lectura obligatoria, el entonces star Kingsley Amis, escribió con seudónimo Colonel Sun y demostró que Fleming era, efectivamente, un escritor bueno de cuyo talento no quería quedarse sin beber. Su herencia es justa: suya es la mejor obra no flemngiana. El Bond literario sigue siempre un esquema, casi como una versión acelerada de cierto Spillane inicial: hay un villano, habitualmente SMERSH, un par de chicas y una que está destinada a terminar con una frase inequívoca (y con un nombre cachondón como Pussy Galore, Holy Goodnight). Para mí, dejando de lado la clásica por inaugural Casino Royale, mi novela bondiana favorita podría ser Goldfinger
puesto que tiene esos momentos en los que Fleming juega hábilmente con la ironía que se esconde tras el arquetipo. Tiene mi inicio favorito:

Reflections In A Double Bourbon

James Bond, with two double bourbons inside him, sat in the final departure lounge of Miami Airport and thought about life and death.


Aquí se condensa una ironía que muchos apreciarían autoparódica. Será en todo caso temprana, esta es la séptima novela. Pero la cosa no termina ahí:

It was part of his profession to kill people. He had never liked doing it and when he had to kill he did it as well as he knew how and forgot about it. As a secret agent who held the rare double‐O prefix ‐the licence to kill in the Secret Service ‐it was his duty to be as cool about death as a surgeon. If it happened, it happened. Regret was unprofessional ‐worse, it was death‐watch beetle in the soul.

Si pasó, pasó, tú. Y aquí llega la parte deliciosa en la que Fleming está absolutamente convencido de que le gusta escenificar su ficción.

And yet there had been something curiously impressive about the death of the Mexican. It wasn't that he hadn't deserved to die. He was an evil man, a man they call in Mexico a capungo.

Y sigue:

What an extraordinary difference there was between a body full of person and a body that was empty! Now there is someone, now there is no one.

Y llegamos a mi parte favorita, la del existencialismo según Bond:

Bond looked down at the weapon that had done it. The cutting edge of his right hand was red and swollen.

Cutting Edge es una expresión casi cómica en su incorporación: el borde no es una navaja. Es de una mano. Una mano que actúa como una navaja. Y es esta la levedad perfecta de Fleming, como la de sus principios. Por si quieren pruebas, miremos los inicios de sus dos primeras novelas:

The Secret Agent

The scent and smoke and sweat of a casino are nauseating at three in the morning. Then the soul‐erosion produced by high gambling — a compost of greed and fear and nervous tension — becomes unbearable and the senses awake and revolt from it.

James Bond suddenly knew that he was tired. He always knew when his body or his mind had had enough and he always acted on the knowledge.


La primera aparición de Bond está dedicada a lo desagradable de un casino en la madrugada y de que estaba, inevitablemente, cansado.

Veamos como empieza la segunda novelita, Live and Let Die:

The Red Carpet

There are moments of great luxury in the life of a secret agent. There are assignments on which he is required to act the part of a very rich man; occasions when he takes refuge in good living to efface the memory of danger and the shadow of death; and times when, as was now the case, he is a guest in the territory of an allied Secret Service.


Todos los inicios de las novelas de James Bond muestran un aspecto cotidiano de su siempre superheroico protagonista, siempre invencible. Porque las novelas de Fleming hablan del placer: del placer de su narrador, cómodo en su papel de director orquestra, del de su protagonista y del de sus lectores. En ese sentido las novelas de Fleming son auténticas odas a lo Liviano, y por ello comedias sofisticadas a costa de una situación geopolítica mucho más inquietante, incluso conocida por el propio Fleming.

Y aquí llegamos a la traducción fílmica: si algo tenían como reto verdadero esas películas era continuar y trasponer a un personaje exquisitamente literario, imaginable como arquetipo pero sin un rostro concreto. Se constituyeron ya como sacro santoral de lo PoP.

La fórmula Bond la establece con Desde Rusia con Amor, con el primer gadget genuino de Q (aunque aparezca con el nombre de Boothyroyd en Dr. No, no da el equipamiento necesario): una cartera multiusos fue la primera delicia. Goldfinger es la primera cumbre: la clásica escena del láser, las dos chicas Bond con igual de relevancia narrativa, el villano hiper-carismático, el final espectacular y locuelo.

Tanto Operación Trueno como Sólo se vive Dos Veces son el ideal Bondiano multiplicado por Diez: si la primera compensaba la falta de un villano con un festival de gadgets (tiene la mejor secuencia pre créditos posible), la segunda tenía un guión (lo recordó Tones) de Roald Dahl y el que seguramente sea el mejor Blofeld posible: Donald Pleaseance. Recordemos que SPECTRA (en las novelas SMERSH) ha cocido su aparición tres entregas anteriores, así que me parece un error hablar siempre de esa falta de continuidad: las películas de Bond incorporan aventuras con un espíritu cercano si no al serial, sus novelas son al fin y al cabo una serie, también al de los tebeos superheroicos: esos villanos que se ocultan y colaboran con otros esbirros le es muy familiar a cualquier conaisseur de las creaciones de la edad de Plata.

A partir de aquí, Bond ya trata de reinventarse. 007 Al Servicio de su Majestad es una película con el típico momento grandioso pre-créditos y con un villano y una chica destinados a robar el show. Me parece notable señalar que Riggs y Savalas son dos presencias icónicas que permanecen incluso por encima de la intención de la película: reintroducir a un Lazenby que perdía a su chica y recibía su castigo amoroso. ¿De verdad es entonces el primer intento, fallido, de dar a Bond un trasfondo romántico?

Y permitan que me salte Diamantes para la eternidad, inferior a su novela y en general una película con todo lo mejor y lo peor de una reunión forzada: vuelven Connery & Bassey y empieza, atención, con Bond vengando a su esposa. ¿De verdad la saga se está reinventando? Bondófilo lector, hágase usted el listo y no confiese este fin de semana en que sitio lo leyó primero.

Me gustaría señalar la inmensa aportación de Roger Moore, tan grande que ni incluso su última etapa (la de parodia total que empieza con Moonraker y termina con A view to a kill) logra ensombrecer. Ni tan siquiera esas películas mortecinas y excesivamente cómicas esquivaron momentos genuinos: recordemos que el fichaje de Moore responde a una maniobra, anterior ciertamente, pero despesperada. La experiencia de un Santo daba un cierto rendimiento a la saga. Live and Let Die tiene su interés en como rompe la clásica pre-credits sequence, y tiene algo de perverso porque se trataba de Moore, un nuevo Bond: su secuencia inicial no tiene ninguna referencia explícita a Bond. Es cierto que en anteriores películas ya se había simulado la muerte de Bond por parte del villano, pero este inicio, en una época en la que la crisis achuchaba y el nacimiento de la exploitation era una evidencia, es casi un thriller alucinado: los tres asesinatos de los agentes del MI6 parecen sacados de cualquier cine de barrio. El primero bordea el thriller delirante, por ondas, el segundo ya roza lo Superfly (en pleno desfile en Nueva Orleans) y el tercero parece escrito por Larry Cohen.

En cierto sentido, la Bond-Movie termina agotada con El hombre de la pistola de Oro. La chica Bond Perfecta: Britt Ekland. El Villano Superior: Christopher Lee. El Esbirro Perfecto: Nick Nack. El Bond en plena aceptación popular. La trama clásica: la isla, el duelo y la característica disfuncional que hace a nuestro villano ideal. Igual que la presencia absolutamente desmesurada de su trama, el humor se palpa hasta en su canción, casi una deconstrucción vodevilesca de los ritmos encarnadas por la inortal dama Bassey.

Sólo Moore pudo permitirse otra incorporación de lujo: en la menor The spy who loved Me perfeccionó la siempre recurrente love story Bondiana con agente rusa incluída, y sustituyó al inevitable Lee por un esbirro capaz de rivalizar con Nick Nack: Tiburón. Y un gadget definitivo con su coche-submarino. Decía Absence que la saga de Bond terminaba en Moonraker. No es mal final para el canon, pese a que a mi juicio es antes.

Yo lo situo antes, no obstante. Compartieron mucho 007: Alta Tensión y Goldeneye esa intención de volver a la aventura total y típicamente Bondiana. Siendo la segunda mejor que la primera, Campbell procede de la serie Bé y se nota en alguna secuencia, el nivel de aceptación fue el mismo: un sí desangelado. Licencia para Matar fue (otra) película bondiana más cerca de la exploit, si antaño era lo black, ahora es la Cannon: su trama (la muerte de su mejor amigo), su villano (¡ROBERT DAVI!), sus chicas bond (¡TALISA SOTO!) piden a gritos a Mark L. Lester y a Arnold Schwarzenegger. Dalton se hundió y la saga se paralizó. De Brosnan poco que añadir: ninguna de sus películas roza lo notable, y muchas de ellas se hunden en lo insoportable. Tal vez Goldeneye comparta con Alta Tensión esa sensación de perfecta mediocridad: no hay en ella villanos sin alma (Jeroen Krabbé y Sean Bean, recién salidos de la cantera del cine europeo), chicas Bond sin presencia (Maryam D'Abó, Famke Janssen) pero lo rutinario de su propuesta, formulaico y construido en set pieces hundidas por cualquier Spielberg o Abrams las hacen prácticamente destinadas al olvido y a la polilla.

Casino Royale tuvo el deber, difícil, de devolver la saga a su lugar: nace como hermana Ultimatera y aventejada, promete casi tantas polémicas como según qué decisiones tomadas en, por ejemplo, Ultimate X-MEN (¿se acuerdan del Ultimate Cable?) pero el caso es que devuelven a Bond a su estulticia icónica: Daniel Craig parece definitivo, la película conserva una de las mejores set pieces en años (de resolución evidentemente spielbergiana es la persecución de las grúas) y un plano final memorable.

La pregunta que genero es, pues, cuando un héroe conserva su esencia: en base a su repetición, finalmente industrial y agotadora, o respecto a su evolución, dotada de variaciones que muchos convierten en un paradigma naturalmente por error.

jueves, noviembre 20, 2008

Abrams again


Tiene razón Liana cuando dice que la relación de amor/odio más notable que mantengo es con J.J. Abrams. La mayoría de días puede parecerles que estoy dispuesto a ahorcarle. Sin embargo, mataría porque alguien pudiera alcanzar los grados de locura de la primera, segunda y cuarta temporadas de Alias (serie que le redimió [casi] para siempre de haber creado Felicity) o la valentía, evidentemente, estructural de Lost. Abrams será objeto de estudio y escrutinio crítico, imagino, pero me fascina su capacidad para tejer una carrera nada Spielbergiana, pese a la tentación comparativa: a diferencia del cineasta que se creó el sello mediante el cine, el joven Abrams está más ocupado de ser un creador fructífero a un autor total. ¿Nuevos signos de autoría líquida? No estaría de más rebuscar en su currículum, con una carrera inicial de guionista en producciones post-televisivas (Forever Young o A propósito de Henry, dos ejemplos de cómo los noventa pasaron para bien), algún blockbuster sin alma pero indudable ruido (Armageddon) hasta llegar a una genuina B-Movie como Joy Ride, dirigida por el casi siempre menospreciado John Dahl.

No creo que haga falta recordar su responsabilidad evidente a la hora de alinear según que astros en Cloverfield. ¿Autoría compartida? No, cómo dijo John Tones a propósito de Alien: una reunión de talentos imposible de recontextualizar. Tampoco me olvido de su debut como director: Misión Imposible 3 es una síntesis perfecta para amar y odiar a JJ Abrams. La película es una repetición estructural del primer (y muchos, entre ellos el célebre retelling de Die Hard) episodio de Alias, pero narrado con situaciones muchísimo más grandes y espectaculares. Después de 110 minutos invencibles llega un epílogo espantoso, casi destinado a estropear el resto de la película. Y llega ahora la que posiblemente sea la única esperanza, dictamina el Focoforo oigan, del cine espectáculo: más allá de polémicas absurdas por parte de cineastas asombrosamente poco dotados para la acción y la tensión que presupone a la grandeur, llega esto. Poco que añadir al grito de guerra.

domingo, noviembre 16, 2008

Bergman para los Tontos (1)

Ingmar Bergman es, posiblemente, el cineasta peor valorado del mundo. ¡Tal como se lee, oigan! Bergman es un cineasta excesivamente dependiente de su profundidad. Pocas, raras veces (y todas ellas de gente cuya inteligencia ya no era una sorpresa) he leído lecturas de lo que potenció Bergman en sus películas: la expresividad, al límite, de las imágenes de esos rostros (una recurrencia formal que tuvo su propia película en El séptimo sello) absolutamente desolados. El otro aspecto que me parece fundamental en Bergman es su interés por hacer dialogar las estructuras más o menos literarias (teatrales, ensayísticas) con el cine. Y creo que aquí radica el error fundamental en la mayoría de críticas del cineasta: uno termina preguntándose si Bergman sabía componer un encuadre en condiciones, después de ocho comentarios desaforados sobre la evanescencia, la fugacidad, la vida y la muerte. No estoy en contra de las interpretaciones transversales de las obras (más bien todo lo contrario), ojo, sino que estoy diciendo que muchos cineastas más o menos canonizados (¡cahierizados!) son objeto de un estudio perezosísimo entre las nuevas generaciones. En pocas palabras, lector: si usted quiere saber si a alguien le gusta el cine, preguntele por Bergman. Si responde que no ha visto nada, queda disculpado. Si responde afirmativamente, cuidadín, que viene la bicha. Si le habla, enseguida y con una tranquilidad palpable, de esas películas cargadas de profundidad, de auténtico arte, desconfíe. Decía Nacho Vigalondo que a él no le gustaban los superhéroes: le gustaban los tebeos de Mark Millar. Aunque se trataba de una pirueta bastante inteligente de Vigalondo para trazar un discurso diametralmente opuesto, podemos decir que si a la gente le gusta Bergman por su profundidad, seguramente no le gusta el cine. ¿Existe algún método de comprobar, universalmente, si a nuestro interlocutor preocupado por Bergman le gusta el cine? Sí, Hitchock.Admiro profundamente la obra de Bergman, no me salten a la yugular buena gente, pero la historia del cine la ha escrito Hitchock. Si la historia del cine fuera una biblioteca de Babel tal vez el diccionario lo firmaría Welles, pero el resto serían fragmentos de 39 escalones a La trama. No hay película suya que se conforme con un plano, con una simple buena idea.

Dice Borges en Arte Poética que seguramente la trama de Psicosis es muchísimo más ingeniosa que la del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero que la película nunca podría tener la profundidad y perfección de la novela de Stevenson. Y no se equivoca: ninguna película resiste en comparaciones argumentales con una gran novela por una cuestión de lenguaje: la imgen sintetiza por naturaleza. La canonización temprana de absolutamente todo Bergman viene a cubrir esa necesidad de que los literatos pueden ser mejores cinéfilos si tienen películas menos cinematográficas. Si encuentran otra respuesta a la inmediata glorificación de una película tan patosa como Fanny y Alexander, lo agradecería.

Lo que un hombre tan sumamente libresco como Borges nunca alcanzaría a entender es todo aquello en lo que Psicosis es sublime: su estructura es imprevisible (el asesinato de la protagonista a los veinte minutos es el más recordado), juguetona y capaz de inventar muchos géneros a la vez. Pero también capaz de hacer cosas que jamás funcionarían en un libro:

El asesinato de Arbogast debería ser descrito con pereza, falsificando al sujeto u ocultándolo. ¿Lo oculta Hitchock?

Después, para los educados en la investigación más deleuziana y poética, están según que transiciones visuales, imposibles e incapaces sin recurrir al punto, a la coma, al conector.

Y luego dicen que no se sabe de dónde viene todo David Lynch.

Hay otros detalles también increíbles. Norman dialogando consigo mismo y con su propia mano ejerciendo de portal, naturalmente cerrado.

De auténtico Portal. Psicosis es, seguramente, una de las películas más inagotables jamás hechas.

miércoles, noviembre 12, 2008

Días de Radio

El pasado 15 de Septiembre hablé de los tebeos superheroicos post11S junto a un maestro como Absence. Para mí fue muy especial, señor(a), porque, además de tratarse de uno de mis blogueros favoritos ever, comprobé su esforzada y concienzuda labor en una sección maravillosa, además de comprobar la bondad de la buena gente de iCat FM. El caso es que Absence tuvo la gran idea de invitar a gente inteligente y así encubrir mi intervención: ahora las ha colgado toditas y yo hago lo mismo. Tiene usted en sus manos una forma divertida, radiofónica y al alcance de hacerse el listo en las conversaciones.

15 de septiembre: Los cómics después del 11-S, con un servidor hablándoles de DMZ, Mark Millar y otras cosas bonitas.
23 de septiembre: charla con El Torres, comiquero multitarea y responsable del Malaka Studio.
30 de septiembre: charla con Marc Pastor, muy interesante escritor (La mala dona), miembro de la policia científica de los Mossos de escuadra y fan irredento de los cómics, especialmente de Garth Ennis.
7 de octubre: Hablando de muertos vivientes con Bayarri y Llassans, los jóvenes autores de Zombiosis (Glénat).
14 de octubre: charla con el autor (y amigo) Jordi Pastor, ganador con del premio Paul Naschy al menjor cortometraje a concurso en el Brigadoon del Festival de Sitges.
21 de octubre: De palique comiquero con el insigne Raúl Minchinela, con Scott McCloud y Mauro Entrialgo como temas a tratar.
28 de octubre: previo al Saló del Manga.
4 de noviembre: reportaje y entrevistas a los asistentes al Saló del Manga.

martes, noviembre 11, 2008

Y la canción más bella del año es...


De lo que tengo miedo
es de tu miedo a que lo veas todo igual
O a que todo te sea indiferente


...Baraja de Cuchillos
de Joe Crepúsculo dentro de su maravilloso Supercrepus que se puede descargar gratuitamente. ¡Corran!

lunes, noviembre 10, 2008

Y la película más visionaria del año es…

¿Quién dijo que la Masculinidad estaba en Crisis? ¿Eh? ¿EH?

High School Musical 3, cima en una trilogía basada en el romance (imposible pero luego decimos que los americanos son racistas ¿eh?) entre una latina (¡son el nuevo target!) que siempre lleva vestiditos y un joven jugador de baloncesto en el que hay sitio para rubias malvadas, hermanos gays y todo es que Jordi Costa llama pornografía asexuada (atención a la cantidad de falditas cortitas y escotes para tratarse de una franquicia Disney Channel). En esta entrega se termina el instituto y el joven Troy Bolton tiene problemas cósmicos: no sabe si quiere ser actor en Juilliard o cumplir su destino y jugar al baloncesto. Todo esto es lo de menos porque nuestra latina va a seguir llevando florecillas y nuestro protagonista se lleva las mejores coreografías. Kenny Ortega rueda el número musical más loco de la serie (conceptualmente a la altura del momento beisbol, pero el que mejor luce) con su protagonista bailando con un mundo que, literalmente, le da vueltas.

Sin embargo lo mejor de la película está en el final. El número musical final es algo así como "High School Musical / es lo más grande / nunca lo olvidarás". La propia película advierte (¡adiestra!) al espectador de que no se engañe: está viendo un clásico que querrá volver a disfrutar una y otra vez. Pero todavía hay más: en sus créditos finales vemos un reproductor de YouTube. Y aunque al principio tenemos las manidas tomas falsas, luego aparece un fanvideo reproduciendo de forma idéntica un número musical de la primera entrega. Con felicitacion y todo. La película, toma ya, oficializa al fan, youtube mediante: ¿se imaginan todas las posibilidades (futuras, inmensas) que tiene ese discurso de la Memoria y la cultura Pop que han (re)inaugurado todas las redes sociales? ¿Se imaginan una película que te convierta a ti fan loco de Star Trek, en toma falsa y te premien con ello?

Demi Lovato rockera renegada, vale, pero esperará hasta el matrimonio.

High School Musical 3 cede el testigo ahora a las secuelas de Camp Rock: apologías del rock and roll protagonizadas por un trío de hermanos que hacen orgullo de sus anillos de castidad. Sin sexo, ni drogas, pero con rubias malvadas, ecología y aprendiendo a ser menos egoístas. Y Demi Lovato.

La Parcelita

(Cortesías)

Hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me contestara: ¿Por qué Pérez Reverte o Vázquez Figueroa o cualquier otro autor de éxito, digamos, por ejemplo, Muñoz Molina o ese joven de apellido sonoro De Prada, venden tanto? ¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos. El crítico Conte esto lo sabe o tal vez, porque es joven, lo intuye. El novelista Marsé, que es viejo, lo tiene bien aprendido. El público, el público, como le dijo García Lorca a un chapera mientras se escondían en un zaguán, no se equivoca nunca, nunca, nunca. ¿Y por qué no se equivoca nunca? Porque entiende.

Por supuesto es aconsejable aceptar y exigir, faltaría más, el ejercicio incesante de la claridad y la amenidad en la novela, que es un arte, digamos, que discurre al margen de los movimientos que transforman la historia y la historia particular, coto exclusivo de la ciencia y de la televisión, aunque en ocasiones si uno extiende la exigencia o el dictado de lo entretenido, de lo claro, al ensayo y a la filosofía, el resultado puede ser a primera vista catastrófico sin por ello perder su potencia de promesa o dejar de ser, a medio plazo, algo providencial y deseable. Por ejemplo, el pensamiento débil. Honestamente no tengo ni idea de en qué consistió (o consiste) el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando, porque carecía de dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico, debí de enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano. Pero en resumidas cuentas el italiano no importa. Quizá quería decir otras cosas cuando hablaba de pensamiento débil. Es probable. Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento. Y cuando nos referimos a Kafka lo que menos importa (Dios me perdone) es Kafka y el fuego, sino una señora o un señor detrás de una ventanilla. (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino.) La fuerza del pensamiento débil, lo intuí como si me hubiera mareado de repente, un mareo producido por el hambre, radicaba en que se proponía a sí mismo como método filosófico para la gente no versada en los sistemas filosóficos. Pensamiento débil para gente que pertenece a las clases débiles. Un obrero de la construcción de Gerona, que no se ha sentado jamás con su Tractatus logico-philosophicus al borde del andamio, a treinta metros de altura, ni lo ha releído mientras mastica su bocadillo de chope, podría, con una buena campaña publicitaria, leer al filósofo italiano o a alguno de sus discípulos, cuya escritura clara y amena e inteligible les llegaría al fondo del corazón.

En aquel momento, a pesar de los mareos, me sentí como Nietzsche en la epifanía del Eterno Retorno. Nanosegundos que se suceden inexorables y todos bendecidos por la eternidad.

¿Qué es el chope? ¿En qué consiste un bocadillo de chope? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel albal? ¿Y en qué consiste el chope? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chope? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama albal? ¿Es un apellido, el apellido del señor Nemesio Albal? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chope?

Alba con un ligero fulgor metalizado. Alba clara sobre el cagadero. Así se llamaba un poema que escribí con Bruno Montané hace siglos. No hace mucho, sin embargo, leí que ese título y ese poema se lo atribuían a otro poeta. Ay, ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. Y lo peor de todo es que el título es malísimo.

Pero volvamos al pensamiento débil, ese guante que se ajusta sobre el andamio. Amenidad no le falta. De claridad tampoco anda escaso. Y los así llamados débiles socialmente entienden perfectamente el mensaje. Hitler, por ejemplo, es un ensayista o un filósofo, como queráis llamarle, de pensamiento débil. ¡Se le entiende todo! Los libros de autoayuda son en realidad libros de filosofía práctica, de filosofía amena, en la calle, filosofía inteligible para la mujer y para el hombre. Ese filósofo español, que glosa y que interpreta los avatares del programa de televisión «Gran Hermano», es un filósofo legible y claro, aunque en su caso la revelación haya llegado con algunas décadas de retraso. No consigo recordar su nombre, pues este discurso, como muchos de vosotros ya habéis adivinado, lo escribo de memoria y pocos días antes de ser pronunciado. Sólo recuerdo que el filósofo pasó muchos años en un país latinoamericano, un país que imagino tropical, harto del exilio, harto de los mosquitos, harto de la atroz exuberancia de las flores del mal. Ahora el viejo filósofo vive en una ciudad española que no está en Andalucía, soportando inviernos interminables, cubierto con una bufanda y con una boina, contemplando en la tele a los concursantes de «Gran Hermano» y escribiendo sus apuntes en una libreta de hojas blancas y frías como la nieve.

Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de teología. Un tipo cuyo nombre no recuerdo, especialista en ovnis, es quien escribe los mejores libros de divulgación científica. Lucía Etxebarría es quien escribe los mejores libros sobre intertextualidad. Sánchez Dragó es quien mejor escribe los libros sobre multiculturalidad. Juan Goytisolo es quien escribe los mejores libros políticos. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros sobre historia y mitos. Ana Rosa Quintana, una presentadora de televisión simpatiquísima, es quien escribe el mejor libro sobre la mujer maltratada de nuestros días. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de viajes. Me encanta Sánchez Dragó. No se le notan los años. ¿Se teñirá el pelo con henna o con un tinte común y corriente de peluquería? ¿O no le salen canas? ¿Y si no le salen canas, por qué no se queda calvo, que es lo que suele pasarles a aquellos que conservan su viejo color de pelo?

Y la pregunta que de verdad me importa: ¿Qué espera Sánchez Dragó para invitarme a su programa de televisión? ¿Que me ponga de rodillas y me arrastre hacia él como el pecador hacia la zarza ardiente? ¿Que mi salud sea más mala de lo que ya es? ¿Que consiga una recomendación de Pitita Ridruejo? ¡Pues ándate con cuidado, Víctor Sánchez Dragó! ¡Mi paciencia tiene un límite y yo en otro tiempo estuve en la pesada! ¡No digas luego que nadie te lo advirtió, Gregorio Sánchez Dragó!

Sepan. A manderecha del poste rutinario, viniendo, claro está, desde el nornoroeste, allí mero donde se aburre una osamenta, se puede divisar ya Comala, la ciudad de la muerte. Hacia esa ciudad se dirige montado en un asno este discurso magistral y hacia esa ciudad me dirijo yo y todos ustedes, de una u otra manera, con mayor o menor alevosía. Pero antes de entrar en ella me gustaría contar una historia referida por Nicanor Parra, a quien consideraría mi maestro si yo tuviera suficientes méritos como para ser su discípulo, que no es el caso. Un día, no hace demasiado, a Nicanor Parra lo nombraron doctor honoris causa por la Universidad de Concepción. Lo mismo lo hubieran podido nombrar doctor honoris causa por la Universidad de Santa Bárbara o Mulchén o Coigüe, en Chile, según me cuentan, bastaba con tener la primaria terminada y una casa más o menos grande para fundar una universidad privada, beneficios del libre mercado. Lo cierto es que la Universidad de Concepción tiene cierto prestigio, es una universidad grande, hasta donde sé todavía es estatal, y allí homenajean a Nicanor Parra y lo nombran doctor honoris causa y lo invitan a pronunciar una clase magistral. Nicanor Parra acude y lo primero que explica es que cuando él era un niño o un adolescente, había ido a esa universidad, pero no a estudiar sino a vender bocadillos, que en Chile se los llama sándwich o sánguches, que los estudiantes compraban y devoraban entre clase y clase. A veces Nicanor Parra iba acompañando a su tío, otras iba acompañando a su madre y en alguna ocasión acudió solo, con la bolsa llena de sánguches cubiertos no con papel albal sino con papel de periódico o con papel de estraza, y tal vez ni siquiera con una bolsa sino con un canasto, tapado con un paño de cocina por motivos higiénicos y estéticos e incluso prácticos. Y ante la sala llena de profesores sureños que sonreían Nicanor Parra evocó la vieja Universidad de Concepción, que probablemente se está perdiendo en el vacío y que sigue, ahora, perdiéndose en la inercia del vacío o de nuestra percepción del vacío, y se recordó a sí mismo, digamos, mal vestido y con ojotas, con la ropa que no tarda en quedarles pequeña a los adolescentes pobres, y todo, hasta el olor de aquellos tiempos, que era un olor a resfriado chileno, a constipado sureño, quedó atrapado como una mariposa ante la pregunta que se plantea y nos plantea Wittgenstein, desde otro tiempo y desde la lejana Europa, y que no tiene respuesta: ¿esta mano es una mano o no es una mano?

Latinoamérica fue el manicomio de Europa así como Estados Unidos fue su fábrica. La fábrica está ahora en poder de los capataces y locos huidos son su mano de obra. El manicomio, desde hace más de sesenta años, se está quemando en su propio aceite, en su propia grasa.

Roberto Bolaño, Los mitos de Chtuluhu

Creo que para un escritor sólo tiene sentido la reclusión en el claustro sorjuanesco. Uno de los más célebres es el taller de escritores de Iowa, por ahí pasaron varios nombres mundialmente conocidos. Cada sesión del taller es una fiesta de la palabra; pura retroalimentación. Un poema o un trozo de prosa se pone al horno, con el inglés como base y opinan los escritores desde el swahilli al nipón. Y luego el traductor trabaja in situ con el traducido. Pero uno de los problemas es quién asigna esa residencia. La selección del taller de Iowa gozaba de prestigio cuando en Chile estaba en manos de la Fundación Andes; hoy, desafortunadamente, lo entrega un pequeño grupo con sede en una empresa de educación privada omnipresente y patotera, y otorgan la residencia en Iowa a su propia gente o a quien ya les devolverá el favor, lógico.

Por otro lado, con respecto a la idea de residencia o programa, está la tesis de Eliot Weinberger, según la cual, la idea de programa de escritura creativa habría nacido para domesticar y neutralizar a los focos contraculturales amenazantes que existían en las dos costas de EEUU. Según Weinberger estos programas habrían matado la literatura y uniformado las poéticas de sujetos que escribían con verdadero espíritu cuando eran un grupo de vagos que pasaban un sinfín de pellejerías. La intención de los programas de escritura tendría entonces un sesgo político: aburguesar a los escritores y dispersarlos por todos los estados para que no se convirtieran en polos de ideas desestabilizantes. Pero la pregunta es ¿qué es mejor?: (a) ¿escritores deshechos por las drogas, cesantes, con hambre y destrozados por problemas siquiátricos o directamente muertos; o (b) las mismas personas "aburguesadas" con seguro médico, tres comidas diarias, un lugar para escribir y aulas en donde pueden compartir su experiencia? Me inclino por lo segundo, lejos.

Germán Carrasco, Residencias en la Tierra

sábado, noviembre 08, 2008

Queriendo ser vuestro amigo desde hoy mismo

¡Facebook! Al final he cedido a la presión social y he comprobado una herramienta fundamental: es asombrosa, completa y chorra hasta límites espectaculares. Aquí me tienen, no sean malos y sepan que yo también quiero tenerles como amigos.

miércoles, noviembre 05, 2008


It's been a long, a long time coming
But I Know a change is gonna come.

PD: Tuvo que perderse para recapacitar, pero esperemos que Gore Vidal tenga razón en todo menos en una cosa.

lunes, noviembre 03, 2008

El Homo Sampler que hay en nosotros

Decía Mike Ibáñez en su introducción a pOp cOntrOl que su libro no era más que un docu/mental folklórico y si fuera una película se inscribiría en el subgénero del subgénero Mondo.

En uno de los momentos más memorables de Homo Sampler, Eloy Fernández Porta convierte Babel en el producto de moda en medio de un sms lleno de amor taciturno. Seguramente si existiera el subgénero del Mondo, sería justamente lo que hace Fernández Porta en ese momento: ser testigo del nacimiento de un nuevo primitivismo en la, presuntamente, muy avanzada y racional era post-industrial.

Podríamos definir Homo Sampler como un ensayo preocupado, de verdad, por el Hombre Contemporáneo. Las preguntas que se hace así lo indican. Si el humanista parece ser un hombre feliz en una Colina desde la que recitar, entre otras cosas, la Maldad de los Videojuegos, Fernández Porta parece más ocupado en demostrar que en el Strash System no media, a veces, otra cosa que la jerarquía: resulta fundamental leer como entre West, Fitzgerald y Boris Izaguirre sólo media Lana Turner.

Afterpop supuso, por encima de todo y aquí está la prueba, un explosivo que combinaba estallar. En este caso era una bomba lingüística y contextual para iniciar una investigación que llega aquí a su culmen/crimen. Porque Homo Sampler es una anatomía del hombre contemporáneo, empezando por su cerebro/actitud (el UrPop, el apartado más voluntariosamente ambiguo planteará debates acerca de cual es la postura de Fernández Porta, aunque me temo que ha querido reservar la respuesta para más adelante, pese a que ello fuerze un resultado desigual), su visión/percepción temporal y, finalmente su gusto/clase.

Es en este apartado central donde el libro brilla, sobretodo en su inicio, Swatchmen, en el que hila la publicidad de la marca de relojes, la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons y un poema de Peter Handke. Sumo a la lista de referencias la maravillosa The Hudsucker Proxy, de la que señala Fernando De Felipe su paralelismo con Watchmen ya que "presente y futuro se mezclarán en caprichoso bucle, anulándose al tiempo que posibilitando ese eterno retorno a un pasado que, curiosa coincidencia, comienza (fílmicamente) en el mismo segundo en que el viejo año muere ante nuestros ojos" (Joel y Ethan Coen: El Cine Siamés, Ed. Glenat, Barcelona 1999, p. 383).

Decía Borges que la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas, tal vez muchas de ellas estén contenidas y explicadas en este libro: "quien compra iconos sueña comunidades" (p. 20), "de lo más abyecto surge, pues, lo más selecto" (p. 278) o "Milá como lesbiana agresiva, Carlos Navarro como macho man 1.0" (p. 295).

Así que el 6 de Noviembre a darlo todo y a añadirse a las observaciones del primero que lo leyó.

viernes, octubre 31, 2008

El Terror, El Terror


+

Shadowplay.

I Miss You.

Sympathy for the devil

¡Hey!

Halloween.

Red Right Hand.

In Heaven everything's fine.

Sympathy for the devil.

Con la blogoesfera el Halloween es Feliz. ¿Han visto lo que han hecho Noel "Don't Call Me Emperor Because I ate him" Ceballos y el Chupacintas? Algo que nunca harán las carteleras y television españoles: dar Amor a cambio de nada. Leánlo antes de irse a hacer cosas, preferiblemente, paganas y satánicas. Yo ya recomendé una Doble Feature.

miércoles, octubre 29, 2008

Más Poética de Fotolog

Achúchame, pero con la boina puesta o el triunfo del Otro Landismo.

Escribe Walter Benjamin que "En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en toda la línea al valor cultural", pero añade que "éste no cede sin resistencia". Sitúa como ejemplo Benjamin el retrato:

El valor cultural de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o desaparecidos. En las primeras fotografías vibra por vez postrera el aura en la expresión fugaz de una cara humana. Y esto es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable. Pero cuando el hombre se retira de la fotografía, se opone entonces, superándolo, el valor exhibitivo al cultural.

No sabemos cómo reaccionaría el pensador ante un retrato en un lavabo, modelado a partir del Photoshop. Pero las herramientas del fotolog simulan o ejecutan las mismas que las fotografías de revistas de Moda. Pero, poniéndome elitista les hablaría del Vogue, aunque no estaríamos tan lejos de Maxim.

Sin embargo la poética de fotolog es capaz de reproducir ese recuerdo de seres queridos y lejanos. Esa belleza incomparable por melancólica surge, aunque muchas veces en el mismo relato, cuando se descubre la combinatoria imposible entre pose y color, el código para descifrar esos labios machotes con los colores saltones de unos ojos (ay) ya nunca más marrones.

También es capaz de generar películas-estrella, auténticos emblemas generacionales. El ejemplo es El Diario de Noah, de repente, ideal del cine romántico. Una historia más bien lánguida sobre el Alzheimer, con su mayor clímax en el baile que tienen en una ciudad solitaria a ritmo de Billie Holiday. Dicho así, suena raro. Pero también es una historia de un guapo hombre, de hábitos cercanos a los del Carpintero Jesús, perteneciente a las clases bajas y una mujer dispuesta (a huir, claro, de esos aburridos salones de té, de esa clase social que le oprime y de esas novelas de Jane Austen que configuraron su dramaturgia). La poética de Fotolog (igualitaria, que se sueña siempre feliz) adopta pues una historia de amor imposible y con el romanticismo de clase que tanto gusta al gran público. Y la otra adopción, Moulin Rouge, es también intachable: la historia de un escritor-impostor y una prostituta, llamada Satine, aquejada de una tuberculosis que oculta y marcados por un villano lleno de crueldad y maldad. No es casualidad que que el tema central de la poética del Fotolog sea la impostura porque ese es el sueño mismo que mueve sus versos/imágenes en progreso: el de la suplantación, pero que al ser mayoritaria se rompe. El diario de Noa enseña que los pobres molan si están guapos (y se dejan barba), pero Moulin Rouge va más allá: expulsa una serie de canciones pop de las generaciones anteriores y las convierte en sinceridad ¡en una Francia deliberadamente inexistente! Moulin Rouge es perfecta para la apología de la poética del fotolog porque es algo más que el simulacro de lo auténtico, es la validación y legitimación de que simulacro es la palabra que usan ¡los malpensados!

Un ejemplo muy claro para entender la Poética de Fotolog y Moulin Rouge es la estupenda canción "Ella nace y se apaga" del grupo de hip-pop Dolce Rotta. Como predijo Kanye West en su fundacional Late Registration, Dolce Rotta adopta como sampler la canción soulpop y lleva su remix, no a la descontextualización inicial, sino a la continuación y a la evocación nostálgica. La letra no es más que una descripción veloz de una serie de imágenes de la cultura pop del último medio siglo en clave idealizada. También esos cadillacs, esos bailes nos llevan a Dirty Dancing, simulacro ochentero de romance prohibido ambietnado en los cincuenta en el que el baile ejercía de liberación ¡en una década! Su mejor heredera, en conservadurismo y falsas revoluciones, es Moulin Rouge: todo lo que tuvo que hacer Bazz Luhrmann es sobrecagar, con extrema torpeza y gustosa estridencia, los movimientos de cámara, pero la táctica era la misma, acentuada con más clichés (si cabe) melodrmáticos, socabados por salida de tonos que denotaban un rechazo frontal a la intensidad, sólo entendible a través de la interpretación (hetero) de Your Song. Dirty Dancing trató de sexualizar los inocentes oldies, Patrick Swayze mediante, obviando la fuerza bruta de la música negra y destinándola al baile, ergo, al reconocimiento social. Moulin Rouge va más allá: un director de marcada sensibilida gay se presta a cantar Your Song con, por y para los heteros y disponer que el cine nuevo, el que rompe tabúes y hace pensar a als nuevas generaciones, sea una reconciliación: entre los nostálgicos de Elton John y sus hijitos. Una reafirmación en la que padres e hijos confirman nada ha cambiado, pero al menos lo parece.

Entra en Los Ochenta / Es la Época de épocas cantan la Dolce Rotta. Y termina la canción porque ella nace y se apaga a la vez: el tema secreto de esta canción, cuya base era uno de los temas-estrella del soundtrack de Dirty Dancing, es el del bucle que empezaron los noventa, que nunca existieron hasta la llegada del 11S. Pero, más allá de esa tensión evidente, las nuevas generaciones reclaman la historia a golpe de síntesis totalizadora. Steven Soderbergh estrena películas del Che que no molestan y Mao anuncia KTFC. La canción lo responde casi en clave sociológica y lingüística, cuando dice que Hoy Marilyn ha Muerto / Y Martin y Kennedy / Por Eso Fumas Yerba. Así, la Dolce Rotta llama Classics a su disco y nos recuerdan que aún corre por nuestras venas toda la droga de Woodstock. Por Google Video, eso sí.

La última búsqueda de la Dolce Rotta estará en el futuro, claro, cuando la poética de fotolog será antigua.

lunes, octubre 27, 2008

El Prejuicio toma el Mercado


El Hay que ser Fan Bien Entendido. Como la reflexión escéptica del conocedor de la obra y su valor.

Querido Lector.

Expreso mi desdicha y mi tristeza. Quieren mejorar una película que no existe. Los hechos: que el trailer de Dragon Ball no es fiel a la película y que el público de hoy en día no son individuos, sino gentío, masa uniforme, fanboys furiosmos, talibanes intolerantes amigotes del prejuicio. Son tiempos de crisis, que los fracasos achuchan, y Fox, gastándose 100 millones de dólares en el capricho, no quiere perder a los talibanes toriyamescos. Lo mejor de todo: que la película no ha tenido lugar. No se ha distribuido todavía (su estreno está programado para Marzo del 2009) y su fracaso ha sido… obra del prejuicio, de la suposición, de la furia incontenida de personas que, seguramente, no tienen ni idea de si les gusta la serie realmente o si les recuerda a su más tierna infancia, o sea, a una transferencia emocional que hicieron al verla cuando eran tiernos infantes. No tengo nada yo contra los niños, los defiendo como cierta actitud vital, pero estos no deben tomar la Razón. Un niño es capaz de entender las lógicas que escapan al adulto, lo sabía Carroll. Pero, y aquí me voy a Dickens si hace falta, un niño es también caprichoso y cruel, intransigente con lo que no es según su parecer, su vaga impresión. Bienvenido sea el prejuicio al Mercado. ¿En qué momento tomaron los fans el Mercado? ¿Cómo dejamos que eso sucediera?

Recomiendo decirle a todo fanboy cómplice de este disparate esto:

Muchachos, acabáis de luciros. Gracias a vosotros el mundo está ahora más podrido y más sujeto a convenciones estúpidas generadas por una mente poco dispuesta a traiciones a su obra. El día que aprendáis que Toriyama vendió los derechos a Fox y que no hay traición posible en vuestra pseudorreligión infantiloide, hablamos.

jueves, octubre 23, 2008

La muerte de la blogoesfera (I)

Señores, señoras, La Blogoesfera Ha Muerto. Lo dice Wired, revista que limita el auge de la blogoesfera a una cosa del 2004. Atribuye el homicidio a Flickr, Twitter o Facebook. La blogoesfera ya no ad nuevas informaciones, asegura Wired y se ha vuelto en pasto de los Trolls y los Wikipédicos, además de caldo de cultivo de la Publicidad. Todo esto ya lo decía el Doctor Zito, que para algo es un hombre de ciencias.

Celebro la muerte del medio y la entiendo. Todo gran blog ya ha nacido y es imposible que gane más lectores. Habrá excepciones, todas temáticas, recurso para el que parece estar inventado decía Tones. Se pierden y cada día más. Este blog va a seguir siendo una historia de lecturas, pero quiere sumarse al entierro con clase y alevosía. Y les avanzo que me voy a dedicar a recopilar textos demasiado indignos de una sola idea de hemeroteca. Y, por supuesto, alejados de beneficio personal y mucho menos autoría. Divulgar la lectura, proporcionar otra biblioteca, distinta, también es una idea de blogoesfera y sirve para ampliar nuevos horizontes. Y por supuesto uno no va a negar la inspiración. El medio parece agotado y ya no basta con dar una visión de las cosas porque la visibilidad es escasa. Y es positivo: significa que la blogoesfera ya no es el centro de la sabiduría en Internet. El bloguero, ahora mismo, ya ha dado el otro gran salto. Así que muerta la blogocosa, sólo nos queda tomarla de una vez por todas y convertirla en ese espacio dónde reformar la opinión generalizada con conocimiento de causa.

Ahora que lo pienso, y sintiéndolo muy poco, no va a ser posible, que el Focoforo no tiene nada de weblog. Pero en esta casa siempre habrá sitio, oigan.

Lista de Blogs Fallecidos:

Comics Asylum.

Cataclismo y Bonhomía

miércoles, octubre 22, 2008

Un equilibrio inconstante

Karate Kid es, al margen de toda nostalgia, una película tosca. Las secuencias de acción son más bien escasas y el entrenamiento es una versión light de los Drunken Master y derivados de Jackie Chan. La película fue un éxito puramente exploit: summa perfecta del esquema de superación personal telefílmico de Rocky (repite su director) con el del exitoso cine de Hong Kong, muy receptivo al público mediante cines de barrio. La nostalgia ha convertido la vergonzosa cinta de Avildsen, con un romance veraniego con Elizabeth Shue del todo setentero, en una especie de clásico. Pat Morita, la música o la muchacha que había en segunda fila cuando pude verla son los grandes argumentos trazados por una generación que usa como opio el olor de la Mirinda.

El último gran héroe sirvió para que el guionista Shane Black disecara los restos de una era (los años ochenta) en clave metalingüística, reivindicando la necesidad del espectáculo hiperbólico como algo único, efímero y también irrepetible. Aunque fueran action movies. La película la protagonizaba un fan fatal que aportaba una nota discordante al conocer todos los mecanismos del género. El giro de la película era muy parecido al de la Rosa Púrpura del Cairo: lo Real es una ficción decididamente imprevisible por tediosa y anodina.

Golden Swallow, segundo clásico instantáneo de Chang Cheh

El Reino Prohibido es muchísimo mejor que Karate Kid, pero no parece entender el valor de la película de John McTiernan y su aportación, se situa un paso atrás. Y seguramente nadie la recordara tanto como la vergonzosa cinta de Avildsen, esquemática y carente de interés. Se abre la película con un prólogo que se revela sueño, una habitación con una decoración de ensueño y una escena de Golden Swallow. Pronto aparecen los títulos de crédito en los que los carteles de aquellas películas dibujan un mapa sentimental de la película. La cinta de Rob Minkoff no es tanto una invocación tarantiniana, sino un ejercicio más blanco, más inocente. Una auténtica cartografía pajera, una educación sentimental. Y aquí aparecen los problemas.

Minkoff y su guionista John Fruscio aman las películas de Hong Kong, aunque de un modo demasiado totalizador. Si los Wachowski sabían hilar una película perfectamente posmoderna (a Dentro de Matrix me remito), Minkoff-Fruscio suman al fundacional libro Viaje al Oeste las películas de artes marciales (remitiendo pues a los clásicos de la Shaw y a Toriyama) las historias de venganzas y las de entrenamiento. Y aquí su error: si el luchador borracho se caracteriza por hacer del desequilibrio una constante arma, la película busca un equilibrio que sólo aparece ocasionalmente. Así vienen a la mente los clásicos mayores de King Hu (uno de los personajes dice explícitamente ¡Come Drink With Me! y Peter Pau, operador de ésta, fue el cámara usado por Hu en su cuasipóstuma Swordsman), incluso algo del primer Chang Cheh, hasta películas más nuevas como La Novia del Pelo Blanco (citada explícitamente) hasta las películas de Tsui Hark, desde la mítica Zu Warriors (no su remake secuela reciente, ojo) hasta las protagonizadas por Jet Li (la citada Swordsman que produjo y codirigió en secreto el propio Hark, su secuela ya hecha completamente por Hark).

El cartel como motor de los créditos y de la memoria

Hay un momento en el que el protagonista habla a sus maestros (el doble de Jackie Chan y Jet Li) en clave sentimental: él ha aprendido todos sus trucos mediante el Virtua Fighter 2 y las primeras películas de Bruce Lee. Pero los chistes que podrían haber devenido auténtico diálogo, terminan ahí y se pierde la oportunidad de poner al fan en su lugar, como hicieran McTiernan y Black en su clásico de 1993. Se inserta entonces una dinámica Drunken Master para todos los públicos. Pero una cosa es cierta: la presencia de la venganza de Michael Arangano (a la Karate Kid) es anecdótica al lado de un inmenso Jet Li desatado interpretando al Rey Mono y al Monje del Rey Mono (en realidad…. ¡un pelo! del citado Sun Wukong) y (el Doble de) Jackie Chan cumple. El malvado es estupendo, recordando a los mejores momentos del Chiang Sheng de Los Cinco Venenos (curiosamente una base conceptual para una cinta similar a la de Minkoff: Kung Fu Panda) y hay un par de duelos memorables (todos en su primera hora, cierto). También hay que señalar que Arangano es un error de cast puesto que el doble en sus batallas entorpece la composición visual, pero no se llega nunca a la torpeza extrema de Avildsen.

No es esta una película definitiva, ni tiene la coherencia formal del Panda, pero si es un pequeño y modesto intento de alejar el wuxia de los terrenos de la pretenciosidad de un Zhang Yimou cualquiera, un delicioso y a ratos espectacular homenaje, con la complicidad de un Peter Pau estupendo y un Yuen-Woo Ping como siempre, desbalazado como la impericia del fan (hay escenas algo torpes, un plano secuencia calcado de Kung Fu Hustle hasta en su recorrido arquitectónico), pero tan épico y exagerado como este traduce sus películas favoritas.

domingo, octubre 19, 2008

Carl Barks, tesoro recuperado

Mi próxima compra ya tiene nombre: la Biblioteca Carl Barks. Barks fue uno de los titanes que llevó a los patos de la Disney a un universo sólido y locuelo y les dedicó un poema tan bello como éste (el glory/parody lo hubiera firmado Carroll):

Ode to the Disney Ducks

They ride tall ships to the far away,
and see the long ago.
They walk where fabled people trod,
and Yetis trod the snow.

They meet the folks who live on stars,
and find them much like us,
With food and love and happiness the
things they most discuss.

The world is full of clans and cults
abuzz as angry bees,
And Junior Woodchucks snapping jeers
at Littlest Chickadees.

The ducks show us that part of life
is to forgive a slight.
That black eyes given in revenge
keep hatred burning bright.

So when our walks in sun or shade
pass graveyards filled by wars,
It's nice to stop and read of ducks
whose battles leave no scars.

To read of ducks who parody
our vain attempts at glory,
They don't exist, but somehow leave
us glad we bought their story.

Mi historia favorita de niño, encontrada en una de esas ediciones de segundísima mano que se encontraban en Rastros provincianos, era Las Siete Ciudades de Cibola. La historia en cuestión, me enteré luego, fue una inspiración clave para En busca del arca perdida. No importa, eso explicaría la confusión que todo niño ya crecido debería borrar acerca de la verdadera (doble) naturaleza de Patoaventuras. En todo caso, el joven afectado por el ahorro y bendecido por el inglés puede leer Todo Barks aquí. Y sopesar a los otros maestros (no falta ninguno, desde el contemporáneo Al Taliaferro hasta el alumno aventajado Don Rosa y demás).

miércoles, octubre 15, 2008

Tony Takitani, de Repronto, actor del Kaiju Eiga


Como legado del fallecido Jun Ichikawa está su magnífica experimentación con el relato Tony Takitani, que interpretó con imágenes la prosa, síntetica de lo desnortado y la única heredera legítima de Kenzaburo Oe, del exitoso Haruki Murakami. Entere otros logros, los de dar a Issei Ogata la posibilidad de desdoblarse en padre e hijo en una historia típicamente de su autor: hijos putativos de la segunda guerra mundial que terminan siendo extranjeros de sí mismos. Shozaburo Takitani es un jazzman peculiar (¡toca el trombón!) salvado por su occidentalización de la ejecución y gracias a eso próspero. De cómo Japón supo (re)crear monstruos y asimilar la derrota nos habla el Doctor Repronto, cuyo regreso parece una encantadora conspiración construida para alegrarnos la semana. Y si lo piensan bien Tony Takitani es, en cierto sentido, un actor del Kaiju Eiga por otros medios: un chamán que invoca a los monstruos que se le cuelan por la colección de discos legada por su padre. Y ahora les dejo, de verdad, con el Maestro: se pasean por el episodio de hoy los suecos, el ruso Solzhenitsyn y hasta San Nicolás.

El Pais y el Cine

Muy tierna la iniciativa del País y el Cine. La polémica boyero ha terminado siendo su nombre. La obra de Álvaro Arroba al frente de Letras de Cine me ha parecido muy valiente, con un punto quimérico lleno de valentía. Arroba fue, al fin y al cabo, uno de los responsables de la inclusión de Brian DePalma en los Ochos estilos radicales de la revista y el resultado fue magnífico, uno de los mejores estudios que pueden leerse sobre el cineasta, lleno de inteligencia y radicalidad.

La tarea de agrupar intelectuales impresiona y a veces resulta loable sólo por lo curioso de la lista. Al equivocado Manifiesto de la Lengua Común se añadieron muchos nombres conocidos, pero ningun con una reflexión adecuada. Arroba es, desde luego, un intelectual combatiente. Nadie duda de eso. Pero ahora el intelectual Arroba es un quijotesco crítico. ¿Un diario, El Pais en este caso, que debería mantener una actitud seria frente a la cultura? ¡¿Habrá visto Arroba las colecciones en DVD en el País?! Se mezclaban los mejores y únicos Buñuel, Luna, Berlanga, Erice con Garci y Amenábar. El fichaje de Carlos Boyero no es una sorpresa. Es un paso más en el zumbón proceso de disidencias estrellas. Ayer Arcadi Espada, hoy Carlos Boyero. Leído el manifiesto cualquiera podría suscribirlo.

En el fondo es esta una cuestión de poder: El País es un medio relevante y, asegura Arroba, merece críticas relevantes. Estoy de acuerdo. Pero ¿está preparado el público para el Canon Cahierista (Costa, Kiarostami et al, todos ellos cineastas descubiertos primero por Rosenbaum y Sontag)? ¿Debe estarlo? El País refleja la actitud de sus lectores ante ese cine: el de una mala leche de la hostia. Boyero es el padre putativo de los que usan el gafapastismo como método de griterío en los foros de cine, sites que supongo que Arroba no debe visitar por motivos de salud.

La sociedad se hace cada vez más inculta, me temo. El crítico ya no es el divulgador necesario, el geógrafo que fue. En la blogoesfera la estrella es la reafirmación. No se puede suscribir un Manifiesto cuando el Pueblo hace parecer a Boyero un señor muy culto. El otro tema es si la Cahiers Española está preparada para el cine. Pese a algunas firmas, como el rescatador Losilla, a cada estreno de una película de Tarantino, cahieristas (entre otros) se preguntan si lo que hace el cineasta es reciclar la basura. Qué basura. ¿La de Russ Meyer y su gramática inmensa, en casi todos sus sentidos? ¿O tal vez la de películas escritas, seudónimos y todo, por Guillermo Cabrera Infante en plena era contracultural? ¿La del slasher teenager? Ah y si Arroba (y gran parte del equipo del Cahiers Español con Zunzunegui, Benavente, etc.) busca un crítico relevante, yo busco un cahierista que deje de poner bolsas negras en aquello que no se ajuste una (nueva) ortodoxia del autor. Otro día hablamos de los problemas que dan las bolsas negras, todos ellos raciales.

martes, octubre 14, 2008

Vida de Salvador Santos

Cuando Kevin Smith rodó la que tal vez sea su mejor película (sin que eso sea decir demasiado), Jay y Bob el Silencioso contrataaca, demostró toda la inoperancia de su presunto discurso: a todo lo que se reducía su fantasía presuntamente generacional era a vencer, en duelos de espada láser y de forma ridícula, a Mark Hammill. Además de ser un cineasta increiblemente poco dotado para superar una comedia de anécdotas, Smith descubriría la doble trampa de la monserga freak: la de los ingenuos que creyeron ver una autoficción a medio camino entre una lenguaraz nouvelle vague que no era y un Woody Allen imposible en un católico de Nueva Jersey, más dado al monólogo y a la anécdota que a otra cosa.

Unos años más tarde llegó Promedio Rojo debut del chileno Nicolás López, que podría ser tildado como un fenómeno a medio camino entre Kevin Smith y Cels Piñol. Lo único interesante de Promedio Rojo estaba en sus siete primeros minutos que parecían anunciar un Rushmore autista y en la historia de la chica, hija de un torero muerto en un toro eléctrico en el restaurante de su padre. Pero no hay en López una voz esperpéntica, puesto que cargó las tintas justo cuando no debía, convirtiendo su debut en una cinta irritante. Halagado por los integristas fanboys de AICN y por directores de culto (Guillermo Del Toro, Eli Roth y Quentin Tarantino), la película fue auspiciada por Santiago Segura y prometió en López una revelación que ni siquiera fue: había en esa película un estilo plano, un uso vulgarísimo de la pantalla partida (sonrojante a ratos), travellings laterales musciados sobre líneas invisibles que llevaban a nada y que apenas podían entenderse como excesos de debutantes y un uso, en general, lamentable de la fantasía. Además de un clímax final sacado de Casablanca que podría llevar a todo un estudio deductivo de cómo leyó su autor Play it Again Sam o si acaso lo hizo: la conclusión, en todo caso, es demasiado similar a la del Smith de Jay & Bob.

No desparecen estos fantasmas, estas losas molestas y machacantes de Santos, su segunda película, que termina con una colección de portadas reformuladas según la mitología de López: un ejercicio de identificación y disfrute bastante similar al de la complacencia de Piñol, otra voz generacional tempranamente llena de polvo. Hay en Santos grandes momentos (el plano secuencia del incendio, es especialmente destacable) y también decisiones pésimas (hay dos tomas de grúa casi inexplicables en su vulgaridad), magníficas actuaciones (todo el elenco masculino, la Pataky soñada y la Pataky del Karaoke) y otros momentos absolutamente descuidados (la Pataky sufriente entre dos aguas). En cuanto a su tratamiento superheroico no se le saca suficientemente partido a los poderes del Niño Bola (si al uso de las moscas, naturalmente, pero no a los escudos que dan muchísimo juego) y los poderes de Laura Luna se descubren de una forma excesivamente tardía como para ser aprovechados como requería la ocasión.

Es la autoficción de López, insistente como pocas, lo más molesto del asunto, pero hay algo que lo diferencia, esta vez, de Smith y de Piñol: ha encontrado un alter ego muchísimo más expresivo de lo habitual (Javier Gutiérrez que está literalmente ENORME: ni tan siquiera la decisión, decididamente abstracta, de ser gordo ha borrado su carisma invencible) y ha facturado un final incómodo, casi perfecta metáfora de las dolencias de la película: López ha terminado, como su demiurgo y dibujante de tebeos Salvador Santos, echado de la película por su propia lógica. Porque Santos, en el fondo y gracias a sus texturas (cortesía de Nelson Daniel) que dan mucha vida a un cocktail tan imperfecto como raramente bello, es la historia de un chico guapo trágico, Arturo Antares, que pierde a su chica, a su mejor amigo y finalmente a sí mismo. Termina, literalmente, disuelto. Es la historia de un villano, Nova, que es casi una lógica metafísica que rige un universo en el que el supervillano debe ser, sorpresa, el mecenas del superhéroe. Y que el destino del dibujante de tebeos está en manos del fan, que no es otra cosa que un burgués venido a menos (o que está por venir). Escojan horrores. Y es, no por encima de esto, una historia de amor entre una (liberada y hasta muerta) Gwen Stacy/Laura Luna y un superhéroe que ya nunca más podrá serlo. Es este un remake de Spider-Man 2, película favorita de su director, en el que el personaje más tridimensional y vivo, más atormentado, es como siempre, Norman Osborn.

Así que Santos funciona cuando su ficción evita a toda costa ser una cantinela freak (¡cuántas veces se dice la palabra en su inicio! ¡al menos dos veces!) y decide construir su propia e insobornable poética: en ese inicio, arrollador, en el que Gigaman ejerce de maestro de ceremonias de la presentación y origen de los personajes, hay puritito sense of wonder. También hay algo de maravilloso sarcasmo cuando Arturo Antares, como ya he dicho el mejor personaje de esta epopeya, dice que está hasta los cojones de los freaks con camiseta negra. Lo que yo les decía: como la encantadora revista metatiempo, Santos es una película capaz de expulsar a su creador, esforzado en crear autoficciones que no parecen necesitarle. Ni tan siquiera su narrador, el Antropomosco, un maestro de ceremonias que aporta el humor zafio gracias a un inconsumerable Guillermo Toledo, parece requerir a su alumno.

En definitiva, esta es una ficción excesiva, contradictoria y, por eso mismo, fascinante.

lunes, octubre 13, 2008

El niño del pijama de Rayas o la contaminación nazi después de Steiner

El Niño con el Pijama de Rayas (John Boyne, Ed. Salamandra, Febrero 2007)

The boy with the Stripped Pyjamas (2008, Mark Herman)

Revisionismo mágico. Dijo Adorno en su día que tras Auschwitz no podría existir la poesía. Seguramente el legado del nazismo es la exigencia de una ficción responsable y una de las más peligrosas es esta dupla en forma de libro y película. Y veamos lo que dice George Steiner a propósito de la lengua alemana en Un milagro hueco (dentro de Lenguaje y Silencio):

El idioma no sólo fue infectado por estas bestialidades sin cuento. Fue impelido también a fortalecer innumerables falsías, a convencer a los alemanes de que la guerra era justa y victoriosa en todas partes

El libro de Boyne, escrito en inglés, usa un narrador omnisciente que sin embargo juega a explicarlo todo como el niño lo siente. En el libro hay escenas bastante vergonzosas en el hecho de que había alemanes inocentes en Alemania. Y no formaban parte de la resistencia, sino del silencio. Del silencio necio y cómplice, del que Boyne los exime de culpa. Así Bruno, un joven alemán sorprendentemente alejado de las Milicias Hitlerianas a las que eran sometidas los niños de la época (¡!), es el protagonista de una fábula en la que no toca tambores de hojalata pero si gusta mucho de las Artes (¡!) algo que a sus profesores, aburridos obsesionados con materias belicistas no es de su agrado.

Sigamos con los errores, esta vez compartidos con la película: la Madre, que ignora cualquier tipo de actividad del padre y que es muy feliz en su barrio burgués berlinés, es un personaje sorprendentemente plano. No sólo se elige para ella una construcción digna de culebrón (oh, tiene aventuras con otros oficiales) sino que su ausencia del conflicto hace más sospechoso a esta ficción: ¿Qué está tratando de decir Boyne? ¿Qué los cómpices y cobardes no eran eso, sólo acomodados que nunca oían la radio o cualquiera de los medios que usó Goebbels? Hablan Boyne y la película funcional de Herman de un silencio, que no fue tal y volvemos a Steiner:

Que Hitler, Goebbels y Himmler hablaran alemán no fue mera casualidad. El nazismo encontró en el idioma alemán exactamente lo que necesitaba para articualr su salvajismo. Hitler escuchaba en su lengua vernácula la histeria latente, la confusión y el trance hipnótica. [….] (¿Cómo podría recuperar un significado sano la palabra spritzen después de haber significado para millones el "chorrear" de la sangre judía que brota del lugar de las cuchilladas?)

Pues esto es lo que ocurrió bajo la bota del Reich. No silencio ni evasión, sino inmerso farfullar de palabras precisas y utilizables. Uno de los horrores peculiares de la era nazi fue que todo lo que ocurría era registrado, catalogado, historiado archivado; que las palabras fueron forzadas a que dijeran lo que ninguna boca humana habría debido decir nunca y con las que ningún papel fabricado por el hombre debería haberse manchado jamás. Es nauseabundo y casi intolerable recordar lo que fue hecho y hablado, pero es necesario hacerlo


Esta ficción es igualmente perniciosa. Muestra en el centro dramático a un buen alemán niño, símbolo de inocencia que termina muriendo con los judíos (casi siempre estereotipados como médicos o simpáticos violinistas) como colofón moral a la mala acción del padre, uno de esos (escasos según la película puesto que en Berlín el niño es feliz) militares malvados. No existe la propaganda, ni Hitler. Sólo hay nazis, como esa opción que se escoge. El niño del pijama de rayas es un film lamentable porque no sólo niega el Holocausto (no fue una vergüenza nacional, sino cosa de sádicos militares al margen del pueblo) sino también el totalitarismo nazi (que no fue tal, sino cuatro militares…). Ficciones como esta, con un uso ramplón de las imágenes del horror, no deberían conmovernos. Deberían provocar el rechazo y la repulsa de una sociedad que exige valentía en sus ficciones, más cuando estas tienen una relación con la realidad.