miércoles, julio 01, 2009

La lírica del monstruo gigante agonizante

Japón Bajo el terror del Monstruo (Gojira, 1954, Ishiro Honda)

La primera entrega de Godzilla es recordada por dos cosas: por introducir a un poderoso (e imborrable) icono de la derrota y suponer una respuesta japonesa y singular a la monster movie americana, modelada después de King Kong. Todo esto es evidente, desde los pequeños retazos argumentales que vienen de la película de Schoedsack y Cooper (hay que sacrificar a una virgen en una isla y el monstruo marchará en paz) hasta la caracterización psicológica de su protagonista, que asegura que no podría soportar “otro Nasagaki”. Los protagonistas de la película son hombres heridos, desde el profesor que no soporta la destrucción de una criatura mítica y que su nacimiento sea por causa nuclear, hasta el héroe de la película, el Dr .Serizawa, condenado porque ha inventado un arma peligrosa, capaz de destruir toda la vida marina y que usará para terminar con el monstruo.

La película se construye como una auténtica (y hasta desoladora) historia de apocalipsis: Tokyo destruido, los travellings de las columnas de víctimas, la imagen de una madre y su hija bajo la lluvia de fuego y destrucción son perfectas representaciones (más que metáforas) de una sociedad inmediatamente posnuclear y atemorizada.


Algunas secuencias, como la de los pasos de Godzilla, han sido ingeniosamente releídas por Steven Spielberg en Jurassic Park (1993), otra película que habla de la imposible convivencia entre el hombre y el monstruo prehistórico. Godzilla, sin embargo, asume el regreso de la criatura primitiva como un error humano desde el principio, como un accidente imprevisible.
Hay dos clímax en el film y ahí su acierto. El más espectacular está en la mitad, con Godzilla destruyendo Tokyo e inaugurando una tradición ya absolutamente japonesa de imaginar los más terribles y radioactivos apocalipsis locales, prolijos en detalles (vemos al monstruo organizar su destrucción como un paseo por barrios y destruir todos los medios de transporte, desde el tren hasta todos los coches). Legan un montón de imágenes icónicas, con el monstruo como rey de la ciudad en llamas.


Un detalle visual irresistible es el momento en el que vemos la cola de la criatura agitándose en la maltrecha ventana de un edificio recién destruido. Un ángulo inmersivo, pero basado en el escombro, no en el sentir "el golpe", sino en lo que viene después.





Otro momento cautivador es la 'muerte en directo' de los periodistas que narran la hazaña y aseguran que 'no se trata de una película'.

El segundo clímax es puramente emocional, narrando el sacrificio de Serizawa por el país.


Antes del último clímax hay diálogo, tratando de justificar la complejidad moral de la situación y se revela futil, maxime cuando la película alcanza su clímax más espectacular.
Sirve para introducir el fascinante Destructor de Oxígeno, luego convertida en arma clásica y esencial de la franquicia, y explicar una altamente ingeniosa elipsis narrativa que servirá para prolongar cierto misterio.

Pero también para tener una bellísima escena entre Serizawa y el monstruo. Cara a cara, el ser humano y el dinosaurio se disolverán con el hervor del agua y Honda saca genuina poesía pop del momento.








Juega con el primer plano de Serizawa y pasa al contraplano del monstruo agonizante.
Finalmente llega al plano de detalle. Los ojos contemplan la vida disolverse. Lo último que vemos del monstruo que era terrible e invencible es su cola moviéndose con progresiva lentitud, certificando su epílogo y la extinción. Estos momentos no sirven ya como metáfora nuclear, como crítica al uso del armamento. Eso es sencillo y la película lo ha conseguido ya merecidamente. Sirven para hablar de la Muerte y de la vida en su sentido casi más lírico, siendo el dinosaurio y el hombre los dos extremos de la evolución biológica en la Tierra. Sirven para certificar que hay genuina lírica popular en esta primera aventura (deberíamos decir incidente, pero luego se convirtió en bondadoso) del monstruo. Es cierto que hay un sacrificio amoroso y ético implicado, pero las imágenes de Serizawa bajo el mar son el acierto a recuperar de esta película.