de Joel Schumacher. Por muchos motivos: hoy en día existe una idea preconcebida de lo que debe ser una película de Batman y por ende, de superhéroes. Debe ser algo serio, trascendental y verdaderametne rídiculo. El segundo es Batman & Robin, tempranamente arruinada por un Schumacher al que, como pasó con el díptico Tim Burton, se dejó llevar más allá su discurso, hasta una radicalidad que naturalmente no escondía otra cosa que kitsch, Disney sobre hielo mezclado con una estética de musical beodamente malinterpretado tras ver Rocky Horror Picture Show. Conviene pues aclarar o al menos tratar de aclarar mi postura ante estas primeras cuatro películas.
Me gusta bastante Batman (1989), en el sentido que apuntó en su día Jordi Costa en Dirigido Por, dónde muy astutamente luego la incluyó en el mismo pack que Dick Tracy (1990) como películas absolutamente modernas en su intención de adoptar los modos del comic book. Me conmueve profundamente el hecho de que Burton con el discurso todavía sin desarrollar se enfrente a Batman y ahora, en la revisión, trate de revestirla. Para nada: Batman fue su excusa para hacerse Eduardo Manostijeras. Demuestra su evidente desprecio por la acción espectacular y continuada, y apunta algunas ideas, pero también comete la estupidez de convertir a Batman en un vengador clásico y a Joker en su asesino. No es cuestión de fidelidad, es que la decisión parece un mero descarte de thriller, conviene aclarar y le da al personaje un tono bastante más memo de lo que se pretende.
Acerca de Batman Returns me parece la obligatoria parada a la excentricidad que debe hacer cualquier autor o mirada extraña surgida en la industria. También me parece que con esta película Burton da voz a otras excentricidades nacidas del seno del mainstream (pienso en Wild Wild West de Barry Sonnenfeld o en la magnífica y superior a todas las citadas, Una serie de catastróficas desdichas de Brad Siberling, ambos cineastas surgidos en los noventa con trabajos fácilmente catalogables como legítimos postburtonianos) y me parece una contemporánea menor de ese tipo de extravaganzias estrenadas en la época, como Hudson Hawk o El último gran héroe. La bondad de esta película es simplemente como reniega de ella misma: cuento helado estrenado como blockbuster, tiene una introducción del Pingüino triste y conmovedora, hasta poética. La lucha única dónde Batman parece un superhéroe se resuelve al inicio. Luego quedan la erótica y fascinante Catwoman de Michelle Pfeiffer y el alcalde llamado Max Schreck encarnado por Christopher Walken, que se suman a la fiesta de marginados en esta prórroga de su Edward. Me parece una muy interesante película del discurso Burtoniano pero una insuficiente y bastante excéntrica aventura batmaníaca.
Tampoco estaría de más hablar de Batman Begins (2005, Christopher Nolan) la considerada nueva reinvención de la saga que ha atraído tanto al público como a la crítica, siendo un producto fundamental del ciclón del hype. La película resulta conmovedora como intento de amalgamar un discurso autoral en una filmografía de lo más aislada. Razón tiene Zito (otro día hablamos de su escritura emocional, en el buen sentido y de su nuevo post imprescindible) cuando asegura que a Nolan le interesan siempre unos mismos temas, como la obsesión. Todos sus personajes lo están. A mi Nolan me parece un artesano con rasgos, por llamarlo de algun modo. Todo lo que me parece interesante en Following y Memento no me parece nada excesivamente nolaniano, si acaso alguna brillante conclusión acerca del detective y el mecanismo narrativo del whodunit. Admito que la película me pilló, hace tres años, bastante entusiasmado. Con cada revisión fue observando que Batman Begins es una película débil, floja y nada interesante. Hasta agotadora y con mucha menos belleza formal que la también fallida Superman Returns. De esa generación de autores que se mantuvieron firmes y fueron firmas posindustriales hay varios apuntes que hacer: Steven Spielberg creó a Indiana Jones y James Cameron a Terminator. No se trata tanto de señalar que eran creadores en el mejor de los sentidos, sino que también tenía una forma que se adaptara a sus obsesiones. El discurso de un autor no se constituye o valida por una recurrencia. Recurrente es Shyamalan haciendo cameos en sus películas y no es eso precisamente lo que le certifica como un aventajado alumno hitchockiano. Nolan venía de calcar una cinta noruega. Luego hizo para la Warner Bros una película de Batman, con el estandar que se viene impartiendo con mayor o menor resultados desde Batman Returns: una chica, dos villanos (con uno de ellos que nazca justo a la mitad de la cinta) y los bat trastos. Quitaron complementos cambiantes por la moda y eliminaron evidentemente la estética de Schumacher. Revistieron la pirueta, la red de redes permite, de altísimo hype y nuevamente barnizaron en el producto a rutilantes actores de lujo para la ocasión. Nolan no es un gran cultivador formal, ni siquiera tiene la energía hiperrealista de Paul Greengrass.
Otro elemento a tener en cuenta para analizar Batman Forever es que ese mismo año ya se había estrenado la mejor película de Batman: La máscara del Fantasma, tan triste como exagerada y tan brillante como fascinante. Una estupenda coda a la formación del mito capaz de encarar con simpatía a Batman: Año 1 de Frank Miller. Uno de los factores que más se ajustan a la película es la autoría compartida: Tim Burton permaneció como productor y algunos de sus detalles apuntados por él se acentuaron aquí, sobretodo los de la primera película. Lo cierto es que Batman Forever es una película bastante molesta para el espectador no educado en los tebeos y con una carencia absoluta de sentido del humor. Mucha ironía, autoconsciente, a costa de los arquetipos de los que se manejan y ello se revela en el delirante y exagerado estilo visual de Schumacher, todavía más manierista que el de Lost Boys. Precisamente en aquella película Schumacher empezaba a construir su estilo en base a la amalgama referencial como un todo: la música gothic se fundía en los vuelos vampíricos, el culto a la belleza y la inmortalidad tan típicos del vampirismo en general (y de la entonces de culto Rice en particular) fundidas con la mentalidad de estrella del rock eternamente bella. Y los tebeos como verdaderos manuales de supervivencia. Bien aquí Schumacher, que en el camino había dirigido la menor Línea Mortal y la maravillosa Un día de furia, parte del tebeo. No puede hablar de la referencia porque él ya está dirigiendo la misma. Los primeros minutos de Batman Forever intentan transmitir eso, justo eso: la frase de Alfred denota un sentido del humor que marcara la película pero los continuos zooms, las secuencias al ralentí enfocando la moneda de Dos Caras o la cena con Dos Caras hablando con sus Dos mitades son ejemplos de ello. Los actores no deben parecerlo, no deben transmitir una idea tan vaga como la de los personajes. Yendo en un paso más allá de la dirección insinuada por Dick Tracy de Beatty, Schumacher los convierte no ya en reproducciones maquilladas, sino directamente en sus dibujos. La sinuosidad del encuentro con Chase Meridian (y su silueta en general), la presentación de los Grayson, el joven Robin rescatando a Batman desde un plano general (¡con el plano de detalle de la mano especificando!).
Pero es evidente que la película tiene defectos y todos ellos practicamente reunidos en su clímax final. El inicio, igual que la idea un aparato para dominar los televisores que parece entroncarse voluntariosamente con el espíritu de la serie de los sesenta de una forma más esquinada que tan literal como se quiere pensar, del mismo, con los dos vehículos está bien. Pronto llega la confusión. El espacio, un islote es bastante cerrado, da pocas posibilidades visuales. Schumacher es un cineasta que disfruta generando su propio tebeo: los planos de la colorista nueva Gotham, aún con pequeños visos burtonianos, son descartes hiperbólicos y recargados de Blade Runner con elementos del trabajo de Furst. Schumacher disfruta en la primera batalla de Batman,c on patadas, un bat lanzador de rayos azules (¡!!!) y una situación de peligro. Todo ello remodelado con un chiste. Atrapado en un espacio excesivamente oscuro, obligado a forzar un rescate in extremis, se conforma recreando la estética de concursos televisivos y chirría demasiado en la repetición de de trajes de luces al no tener muchas más posibilidades. Otro defecto bastante considerable también está antes del clímax: el asalto a la mansión Wayne, con Chase y Bruce teniendo una cita es también bastante deudor del de la primera entrega.
Pero también hay otros apuntes de interés: aparece al final Arkham Asylum y Batman no oculta en su fachada de tragedia su evidentemente condición de ligón, ya bastante exaltada en los setenta en los tebeos. Su relación con Chase es modélica en el film, sin problemas de psicoanálisis for dummies. Pero, hey, Schumacher hasta aquí puede leer que esto es de la Warner. Otro apunte magnífico: la secuencia que observa el batmóvil yendo por la ciudad y lo va filmando por cada espacio sin cortes, es decir, dando la transición por sabida por el público. Y el mejor de todos: el despacho de Bruce que le lleva directamente al traje. Se puede ser más simple pero no más ejemplar en la recuperación de la parafernalia de gagdets chorras inherentes a este superhéroe. Es evidente que hay chistes homogays, como respuesta de los noventa supongo que a las críticas de los años cuarenta, y que son tan disparatados como ciertamente divertidos (sobretodo el de Dos Caras a costa de su preferencia por Chase o por Robin).
En definitiva, Batman Forever en su revisión no es una película excelente ni siquiera notable pero si un interesante apunte sobre el mainstream explorando las posibilidades de una tradición tan rica como la de ese icono que muta que es Bats con momentos de relevante e inusitada brillantez como de evidente previsibilidad y desinterés.