viernes, septiembre 28, 2007
Para acabar con la crítica Freudiana: Las listas de Metterling
jueves, septiembre 27, 2007
(Not) Easy To Love
de Holiday, que convertía el sarcasmo en tragedia y es la misma sensación que obtengo al terminar de ver Todo Lo Demás: hay un montón de sarcasmo y risas, pero a poco que uno piense intuye el sinsabor. Wilson, que había trabajado con codo con Benny Goodman para aprender las bases de un buen trío, llevó al jazz orquestral a un territorio sumamente melancólico y contó con cómplices muy preparados para ello como Roy Eldridge o Lester Young. El saxofón tenor de Lester Young, qué compartió con Holiday una de sus grabaciones más exquisitas (7 cedés editados por Verve, el tesoro obligatorio de cualquier investigador de la belleza), es el que cierra la película de Allen con There will be another you. La arrolladora belleza de Holiday arrastra siempre a Jerry Falk en la tienda de discos: que el personaje diga que odia los cedés no es una forma de nostalgia, sino de escuchar la música y entender el cine, Allen no sabe hacer películas digitales y remasterizadas. Y Todo Lo demás es una definición bella de ello, sin más nostalgia que la de la reflexión.Si Misterioso Asesinato en Manhattan fue otra aventura de Annie y Alvy (que al final sí terminaron juntos), Todo lo Demás es una revisitación planteada desde el desdén, tan válida y tan necesaria como las aportaciones de Charlie Kaufmann y Michael Gondry. El personaje de Christina Ricci es Amanda: tan neurótica como sexy, apenas proporciona otra cosa a Jerry que disgustos. Pero su atracción hacia ella es tan inevitable que no puede no estar con ella. Tras la sinuosidad de Ricci se esconde una neurosis y un egoísmo tan ejemplar como contradictorio: cuando rompen sellan su relación con el sexo que no tenían en meses.
Allen teje su resituación de la crónica de Alvy en un mundo definitivamente peor: él perfila a su mejor personaje, David Dobel, loco psicopáta hijo de la paranoia sionista y del miedo post11S (amante de las armas y maestro de nociones casi imaginarias, un Pepito Grillo en estado puro), esta vez irse a California es una salida. Por eso, posiblemente, Todo lo demás no gustó tanto a los críticos no conocedores del Allen: hacía falta entender el valor que tuvo California en anteriores propuestas del maestro, para comprobar la melancolía existente en ésta. Ello no es óbice para crear estupendos personajes secundarios, directamente emigrados de Broadway Danny Rose: Paula y Harvey proporcionan los momentos más singularmente cómicos de toda la función. Si a eso le añadimos una presencia de gags casi continuada adobada con ese tono desencantado el resultado borda la perfección: Anything Else es casi un testimonio a una despedida de Nueva York, que encontraría en Melinda y Melinda en la última película, hasta ahora, del genio en su escenario habitual.
Mero Allen

Pura Anarquía reproduce con fidelidad el chiste de Woody Allen acerca de Nietzsche, lo varia y lo vuelve a poner en lo que es una declaración de amor: una especie de fiesta concéntrica de todos sus relatos para, de forma irremediable, terminar yendo más allá. Como en aquél momento de Deconstructing Harry que Allen se congregaba con sus personajes, Pura Anarquía recopilatorio de los últimso veinticinco años funciona como triunfal regreso más que como voluntarioso greatest hits, por mucho que a ratos tenga de lo segundo, no puede evitar ser más de lo primero.
Las locuras de Allen ven su irreverencia actualizada (ese relato de Garcia Márquez queriendo guionizar los Tres Chiflados) y con una frescura divertidísima, sorprendente que recupera el sabor de antaño (y sino vean Tirar demasiado de la cuerda, relato de chistes mecánicos de un autor que logra suenen novísimos): Mere Anarchy, precioso título original estropeado en su traducción, es la confirmación de que Allen sigue muy vivo para sus seguidores y para los que no son tantos, capaz de garantizar un humor y unas risas que todavía, a la espera de una cierta continuidad en la obra del aventajado Todd Solondz y que pueda ver con toda la calma del mundo Californication, no ha encontrado un sucesor a la altura. ¡Y ni falta que hace! Como si de un regreso a su etapa más juguetona se tratara, Mere Anarchy demuestra que Allen puede volver a escribir como si todavía dirigiera Bananas o El dormilón, y esto no es un consuelo, es una constatación. En el apartado de reproches, puede que muchos hubieran preferido más de sus célebres obras en un acto o que el chiste de receta Nietzscheana les suene a planto recalentado: pero nada más lejos de la realidad, un autor capaz de reproducir en un juicio a personajes de Disney su universo personal y que todo ello funcione harmónicamente (entre sonrisas y fascinación) no está nada cuerdo ni aplacado por el tiempo.
lunes, septiembre 24, 2007
Un acercamiento al Allen Teatral: Adulterios

Adulterios es una broma muy bien encajada. Parecen tres variaciones sobre la infidelidad pero no, ahí su mayor sorpresa pese a que en las tres obras tengan relevancia. Son tres variaciones sobre tres Allens distintos: el primero, Riverside Drive, sobre el de Delitos y Faltas o Match Point ; el segundo, Old Saybrook, sobre Deconstructing Harry o Stardust Memories y el último, Central Park West, entroncaría en su vena Maridos y Mujeres.
Riverside Drive es un Allen teatral pero también hace desear al lector que ojalá su somnífera Cassandra se hubiera parecido a ella: es un retelling de Match Point pero desde el final y que toda surge en un acto (como el resto de obras) como diálogo entre psicótico vagabundo y el hombre infiel y débil. Maravillosa de principio a fin, su variación dostoievskiana es del todo interesante: el hombre psicótico, casi una fantasia, aparece para salvar la vida de un hombre corriente (y empuieza y termina con gags del mejor Allen) todo por amor al arte. Es maravillos como eso nos lleva a sus personajes artistas-locos de Balas sobre Broadway más que a las variaciones Ripley de sus últimas películas.
Old Saybrook es estupenda: una reflexión acerca de las decisiones narrativas que mueven la ficción, que contiene a un Allen loco y al que sin duda es el mejor de las tres obras. Su capacidad para ir liando la historia nos sorprenderá y enamorará: Max Krolian, el escritor-autor, es el verdadero alter ego alleniano y la verdad es que pocos se podrán resistir a amarla como una reconstrucción del bloqueo creativo y de la historia de infidelidad como algo que se puede combinar con la amargura y el mejor de los happy endings.
Central Park West es una tragicomedia en un único espacio muy inteligente (un piso típicamente neoyorquino) también, donde se demuestra otra vez que alterego Alleniano reside muchas veces en sus personajes femeninos: Phyllis representa aquí el pensamiento alleniano al dedillo y la variación de los maridos, la ausencia de un personaje abiertamente neurótico hacen de esta obra deseable para que él la lleve a la gran pantalla.
El resultado en conjunto es muy desigual: la primera y la última no están a la altura de la pieza central, la más divertida y espectacular (en sus giros, cada vez más locos y bellos). A pesar de ello es irreprochable y hasta deprimente ver como Allen consigue variar mejor sus esquemas en otros medios que no en sus películas: el Allen teatral es, siempre, más juguetón y menos sujeto a la presión de añadir una serie de características que bien podrían haber sido esquivas. Adulterios son tres obras que nos demuestran la validez de Allen como ensayista de la infidelidad capaz de aunar una reflexión de calado moral con un chiste y de llevarse al límite de una forma que no lo hemos visto nunca desde hace, al menos, tres años.
jueves, septiembre 20, 2007
Cassandra me da sueño

-Spoileracos Included -
La última gran película de Woody Allen, Melinda y Melinda, concluía con el grupo de amigos que sirve de eje para la reflexión acerca de las dos historias, firmando la victoria definitiva de la comedia sobre la tragedia. Acto seguido, Allen nos da la espalda y firma Match Point, una reactualización de Delitos y Faltas pero centrada en la ascensión en la escala social como algo paralelo a la ausencia de moral que tenía mucha más ironía de la que se veía. La segunda parte de su trilogía londinense, Scoop, aunaba ya sorprendentemente comedia que romance, y a pesar del espectacular regreso de Allen como Sid Waterman, la cosa era mucho más light de lo habitual. Cassandra's Dream el cierre de su aventura londinense es la peor de todas: la comedia aparece casi súbitamente, como intentando sobrevivir en la mente de un creador que ha renunciado a sus principios y se ha vuelto un payaso con ganas de ejecutar tragedias del todo plúmbeas, nunca superiores a las que hace referencia (Dostoievski, Shakespeare, Eurípides) y renunciando casi siempre en su esencia de lo trágico, tramas de auténtico y puritito cine negro.
Mientras que Match Point se dedicaba a mantener suspense con un giro final estupendo, El sueño de Cassandra es una película mediocre dirigida por un director genial. Esto significa: actores colosales, un personaje estupendo (el tío Howard, incomparable), escenas con ideas realmente buenas (¡esas pistolas de madera y ese asesinato alargadísimo y con errores!), alguna frase inequívocamente cómica (¡Por dios deja que vaya a ver su madre!) y un descubrimiento para el recuerdo: mucho más expresiva y elegante que Scarlett Johansson está Hayley Atwell, cuya voz y gestos llenan la pantalla. Por otro lado, El sueño de Cassandra presenta un montón de situaciones inexplicables y desaprovechadas: ¿por qué Angela desaparece de la función, presentada como femme fatale? ¿Por qué Kate deja de espiar a los dos hermanos? Si a eso le sumamos un final abrupto, el resultado es una película prescindible, capaz de agotar a los fans, y de hacernos preguntas como si a Allen debería interesarle jubilar su etapa europea y volver, por favor, a Nueva York o si debe escribir esa novela que nos prometió. O al menos libros tan geniales como Pura Anarquía.
martes, septiembre 18, 2007
IIA Semana Woody Alleniana: Ocho Tubos Allenianos deliberadamente maravillosos
Bueno y para empezar los tutubos allenianos más exclusivos.:

Maridos y Mujeres – La escena de antes de la cita.
Personajes: Sally (Judy Davis) y Paul (Timothy Jerome).
Caso: Mientras ella se toma de un descanso con su matrimonio con Jack (Sidney Pollack) intenta tener lo que se conoce como otras citas. En medio de ésta (en casa de él) ella no puede evitar llamar a su marido, ante el perplejo de su cita.
Diagnóstico: Muy postitivo. Antes de que realizadores mucho más vulgares (Alejandro González Iñárritu y la comunidad indie en general) redescubrieran mal la vigorosidad de filmar cámara en mano, con sensibilidad Cassevetiana, en 1992 y en medio de su momento más tumultoso, Woody Allen filmaba una obra llamada a ser maestra en todos los aspectos. La escena en sí alterna momentos divertídisimos (Don't defend your sex!) con otros enormemente dramáticos, perfectamente ejemplificados en el rostro desolado de Judy Davis.
Stardust Memories – Me gustaba más cuando hacía comedias.
Personajes: Sandy (Woody Allen), Dorrie (Charlotte Rampling), los alienígenas y su público.
Caso: El hombre y su obra. Sandy es incapaz de afrontar su relación con Dorrie y el público no admite este reciente cambio de él hacia otros senderos artísticos.
Diagnóstico: Preclaro. Woody Allen rodó en 1980 una película en la que se propuso dialogar ocn el público tras el fracaso de Interiores (1978) plúmbeo sermón bergmaniano que fue una semilla necesaria para esa maravilla que es Hannah y sus hermanas. Además son los mejores 7 minutos de una película Alleniana: pasa de la parodia, al diálogo surrealista propio de sus mejores cuentos. Ah, si, la Moonlight Serenade de Glenn Miller es algo más que el fondo, como Gershwin en aquella cinta del 79.
Delitos y Faltas – El discurso final de Levy
Personajes: Louis Levy (Martin S. Bergmann), en voz en off.
Caso: Ben (Sam Waterston) ya se ha quedado ciego (completamente) y repasa la trayectoria del ser humano en uno de los discursos más sintéticos del pensamiento de Allen (mucho más cerca de Levy que no de sus alter egos).
Diagnóstico: Emotivo. Este es uno de esos momentos cinematográficos capaz de resumir lo miserable y lo bello (una dualidad que también explora toda la obra de Allen) de nuestras existencias con un tono inigualablemente universal. Como en el resto de la mejor película del maestro.
Sombras y Niebla – La policía interroga a Kleinmann
Personajes: Kleinmann (Woody Allen), Irmy (Mia Farrow), Spiro (Charles Cragin) y la policía (Greg Stebner, John C. Reilly, etc.)
Caso: La policía quiere usar a Kleinmann para capturar a un terrible asesino. Como siempre las cosas no saldrán tal y como estaban previstas.
Diagnóstico: Sorprendente. Woody Allen adapta una obra teatral y mezcla una trama del falso culpable Hitchockiano, con un ambiente de cine de terror sacado del expresionismo alemán, con un ambiente extraño e inolvidable. Puede que la mejor comedia de terror de todos los tiempos.
Celebrity – Clases de sexo
Personajes: Robin Simon (Judy Davis) y Rita (Bebe Neuwrith).
Caso: Una recién divorciada y renacida Robin acude a clases de fellatio con Rita, una prostituta, que le enseñará como superar sus dificultades sexuales con una banana.
Diagnóstico: Educativo. Debería proyectarse en las escuelas, no sólo es un manual excelente sino también un retrato de nuestros tabúes a través de un chiste. Si, esa es la gracia de Allen.
Hannah y sus hermanas – Suicidio frustrado
Personajes: Mickey Sachs (Woody Allen).
Caso: Mickey, viéndose estéril y con un fracaso con Hannah y su hermana, sentimental, infeliz por su trabajo va a suicidarse. Pero el CINE le salva.
Diagnóstico: Bella. Aunando chistes con amor cinéfilo bien entendido, Allen es capaz de convencernos de que la vida vale la pena, en una escena que parece un descarte beuno de Manhattan.
Bananas – Justicia en el metro
Personajes: Fielding Mellish (Woody Allen) y los matones del metro (Sylvester Stallone y Anthony Caso).
Caso: Los clásicos matones del metro neoyorquino acosan a los pasajeros del vagón. Fielding va a intentar ajusticiarle, con visos bronsonianos.
Diagnóstico: Hilarante. Cuando muchos creen que el humor de Allen se basa íntegramente en la fuerza de muchos de sus chistes verbales, aquí Woody da una lección de humor mudo y físico que ya les gustaría. Woody vs. Stallone. Irresistible.

Zelig – Entrevista con el genio
Personajes: Leonard Zelig (Woody Allen) y la Doctora Eudora Nesbitt Fletcher (Mia Farrow).
Caso: Zelig charla sobre su vida con la doctora Fletcher, la única que le supo tratar.
Diagnóstico: Inclasificable. Leonard Zelig es la Identidad en mayúsculas, una metáfora del cambiante siglo XX a través de su travestismo metafísico.
lunes, octubre 30, 2006
"LA MAYORÍA NECESITAMOS LOS HUEVOS"

Terminamos aquí la primera Semana Woody Allen (espero que lo hayan pasado bien, disculpen las molestías, no duden en protestar) celebrada en estos rincones: no duden que el año que viene, si el Bartleby que todos llevamos dentro no ha podido antes (cosa que dudo bastante), van a tener más: quizá para Navidad o el año que viene hablemos del Allen teatral (muy importante también) , van ustedes a votar otras woodyallenianidades y yo les soltaré otros comentarios más curiosos (como un top ten de mis swings favoritos en sus películas, en fin cosas así).
Lo mejor de todo lo han dado ustedes participando, es decir, definiendo la genialidad de Allen. Ha ganado Annie Hall pero es que esto a mi ni me sorprende ni me alegra (por mucho que les sorprenda) , la cinta de 1977 ha ganado por votos no por consideración. Quiero decir que en realidad ha sido un golpe del azar tan irónico.: Zelig, Desmontando a Harry, Delitos y Faltas y Match Point han empatado y eso es maravilloso. Quiero decir.: que la cinta que protagoniza el cómico del que robo el seudónimo es una de mis favoritas por cuestiones digamos que míticas.
Es imposible escoger tres porqué todos tenemos un WA para cada día de nuestras vidas, pero se han tomado la molestía de elaborar su peculiar podio.
domingo, octubre 29, 2006
SCOOP: "MISTERIOSO ASESINATO EN LONDRES"

“Allen es Dios (y eso que ha muerto) pero por el conjunto de su obra.”
PORTNOY
Lo dijo ese wiseguy que es Noel Ceballos en su crítica: el espectador puede sospechar de inmediato que Allen ha realizado otra investigación más al tema de Melinda y Melinda.: es decir pequeñas variaciones, que a su vez están unidas a otras variaciones sobre su misma obra. Un estupendo universo interconectado con el que cualquier detective woodyallanesco se reencuentra con placer en Scoop.
Esta vez su (re)visión del policial al uso vuelve a devolvernos esos magníficos destellos fantásticos de nuevo recurriendo La Muerte (o Caronte, no importa), personaje (woodyalleniano también) al que Allen lleva dibujando desde sus magníficos cuentos. Desde el Más Allá aparece Joe Strombel, tenaz periodista (o detective de nuestros tiempos) para avisar a una ingenua estudiante de periodismo norteamericana, Sondra Pransky, acerca de la identidad del asesino del tarot. Peter Lyman, un apuesto y rico de un lord inglés podría ser este asesino y Sondra investigará junto a un mago, Splendini, o Sid Waterman y ambos seguirán una ruta de gags enlazados en la línea de Small Time Crooks, con el personaje de Allen desbocado y desbordante, anárquico y desenfocado en sus reuniones con la alta sociedad (esta vez, londinense).
Esta capacidad del autor de reinventarse a sí mismo hace que a Scoop se le perdonen (directamente) sus defectos: que Allen podría haber hecho una película más completa, eso no lo duda alguien, y que Hugh Jackman no brilla en su papel, tampoco. Compensan sobradamente la previsibilidad de la historia una serie de gags maravillosos a cargo del Allen actor que nos regala otro alter-ego coleccionista de frases memorables para el espectador: Sid “Me eduqué bajo confesión israelita pero me pasé al narcisismo” Waterman.
Esta comedia es, sí, un ejemplo para su comunidad y su raza.
viernes, octubre 27, 2006
TOMA EL GUIÓN Y CORRE (II).: DESMONTANDO AL ALLEN MENOR

"Eso es como decir que lo bueno de Woody Allen es que mezcla comedia y actores con gafas."
JOHN TONES
Si algo se puede observar en la filmografía alleniana es una doble constante.: una honestidad manifiesta desde los títulos de crédito blancos sobre fondo negro pero también unas ganas de reinvención muy poco vistas en otros autores que se acomodan de una forma demasiado brusca (y no nos podremos a formar analogías). Con esto quiero decir que la continua afirmación de que WA continuamente hace la misma película desde hace mucho tiempo es vaga (como muchas otras cosas): y sino ¿qué paralelismos, aparte de los evidentes en compartir un mismo autor, tienen Annie Hall y Sombras Niebla? ¿Balas sobre Broadway y Match Point?
No vale pues la coartada de que Allen a veces hace películas poco propias de él: de hecho, Match Point es muy suya en el mejor de los sentidos, es un regreso premeditado a los terrenos de Delitos y Faltas desarrollando otros aspectos de la historia (únicamente trágica) y potenciando el factor del azar. Al final de Match Point no sólo la citada película de 1989 aparece en nuestros recuerdos, entronca directamente con su mejor (y el más valiente) acercamiento bergmaniano: Otra Mujer.
Afirmar que existe un Allen menor para ignorarlo es una jerarquización un tanto inútil que despacha las comedias que simplemente tienen la sana intención de hacernos pasar un rato de humor inteligente (algo que WA domina mucho), pero lo peor de todo es que, bajo mi punto de vista, sólo es reprochable, de veras, y fallido un Allen menor: Un final made in Hollywood.Y lo más sorprendente es que sigue conservando sus virtudes. El problema de Hollywood Ending reside en que Allen erra, conscientemente, en la jugarreta conceptual de su comedia: en los créditos suena Fred Astaire, no es casual pues lo que parecía (lo que debería haber sido) una alleniana sátira del Hollywood way of life se queda en una comedia lastrada por un clasicismo desencajado con su intención. El Allen autor se vuelve ciego en ese momento: no es capaz de ver que la misma evocación de una comedia hollywoodiense antigua (basando toda la comicidad en un recurso que se agota y alargando innecesariamente el metraje) para reprochar la nueva es un mensaje harto tópico sino se dan una serie de motivos que ejerzan la suficiente acidez como para considera acertado el planteamiento del largometraje.
Otra afirmación bastante desechable es la consideración, aún peor, de que tras la separación de Mia Farrow, desde 1993 hasta aproximadamente 2002, Allen regresa a la comedia de sus inicios. Pero para llegar aquí debemos situarnos en Stardust Memories (una de sus cintas más detestadas, pero que es muy interesante como punto de inflexión y repaso de Allen de su carrera hasta aquél momento y es, bajo mi prisma, una pequeña obra maestra).
En 1980 Allen tras el clamor crítico por Manhattan (su consagración como payaso reconvertido en autor) dirige esta cinta que al modo del 8 y ½ de Fellini muestra como el público le dice a mí me gustaba más cuando hacía comedias. De hecho la filmografía siguiente de Allen es toda una maravillosa reflexión que hace él de esta afirmación frecuente por aquél entonces. Porqué a posteriori no ha dejado de hacer comedias. Pero ¿qué pasa con sus primeras comedias?
Su cuarteto inicial (Toma el dinero y corre, Bananas, El Dormilón, Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar) son estupendas muestras de un Allen completamente libertino y experimentador con la condición de comedia y de incorporar gags. No hablamos de un autor tan influyente o decisivo como otros, porqué tiene la preciada facultad de ser inimitable, y se agradece. Considerarlo menor lleva a despreciar un género sin coartadas y este elitismo nada tiene que ver con preferir buenas películas, sino con no preferir grandes comedias. Y es un negacionismo hipócrita: parece que cuando Allen filma con un ojo más costumbrista sus temas es mayor, y es una equivocación. La primera opción es revisar Love and Death que es básicamente un resumen de lo que vino después pero bajo un formato alocado. Y sino, a la mismísima Annie Hall: una comedia romántica llena de gags digresivos y con una estructura tan juguetona como sus anteriores comedias. Por suerte se la considera un punto de inflexión, pero en realidad Annie Hall no es más que la necesidad de Allen de andar por otros terrenos no de que le tomen más en serio: ese error lo ha cometido en Interiores y en Septiembre (no en Otra Mujer, no en Match Point). Y con todo ambas son cintas superiores a la media, llenas de análisis e innegables virtudes, la más común en ambas es el excelente plantel de actores.
Una vez aclarado el tópico de las comedias iniciales, señalemos el otro gran tópico (más joven, por suerte) de la fase ligera de 1993-2002. A juicio de los críticos ¿Qué papel juegan cintas como Balas sobre Broadway; Desmontando a Harry o Celebrity? Repasé muchas de las críticas de la excelente Deconstructing Harry e insisten algunas en que se trata de una comedia desenfadada: todo lo contrario, nunca Allen había estado más ácido que en esta, y por eso alcanza una de sus cumbres. En su cinta posterior la acidez se tornaría en una amargura más explícita.
Por último, al margen de que nos guste más o menos, considerar Anything Else otro film ligero es otro error, comprensible, pero también rectificable. El mismo que se puede tener con Celebrity. La cinta de 1998 era una vuelta a Manhattan muchísimo más amarga, y la cinta del 2003 es, tal y como suele decir el Sr. Toldo, una revisitación de Annie Hall interesantísima, pero además (y esto nadie pareció verlo) una magnífica parábola del realizador sobre el Nueva York pos-11S. Y no le hace falta más que, en apariencia, volver sobre sus mismos temas. Pero ahí queda su acierto .
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¡Sigan votando!
Escojan su podio Allen.
jueves, octubre 26, 2006
TOMA EL GUIÓN Y CORRE.: UN ACERCAMIENTO AL WOODY ALLEN POLICÍACO

"Esa corriente que podríamos llamar "Pequeños asesinatos allenianos".
NOEL CEBALLOS
Woody Allen pasa de la honestidad al dominio absoluto de un género. Y así es como podemos definir La maldición del escorpión de Jade, otro disfraz bellamente retro que es para Allen uno de esos divertimentos en los que ofrecer lo mejor del guión.
Allen no es un integrista de los conceptos clásicos del guión como se quiere ver por parte de la cinefilia más refinada. Vale: desarrolla una historia, presenta unos personajes, pero los que estamos atentos a su cine sabemos que el Allen policíaco a todas luces consolidado, desde su primerísima y genial película, le da más importancia a la sucesión de carcajadas que a intentar proponer algún juego en sí.
Está claro que en cada Allen policíaco pone el acento aquí y allá: pero lo que predomina en todos ellos es mucha, muchísima diversión. Sus guiones se estructuran por el aparentemente simple encadenado de chistes: un estilo de comedia único no por nostálgico, sino por personalísimo a la hora de rediseñar los arquetipos.
Toma el dinero y corre; Misterioso asesinato en Manhattan; Granujas de medio pelo y La maldición del escorpión de Jade son los ejemplos más representativos de la brillante allenización de los géneros (y no al revés). En todas ellas Allen vuelve sobre sí mismo (excepto en la primera: no vuelve, sino empieza) y sus temas también presentas en las mal llamadas por los críticos cintas serias. Hay que ser cuidadoso con el concepto de comedia ligera: no hay que menospreciar los divertimentos por tener la muy sana apariencia de hacernos reír inteligentemente.Después esta el Allen juguetón de Balas sobre Broadway: ahí muta en un genio que compone una obra maestra llena de matices y tan tragicómica y equidistante con sus dos variantes.
En el fondo Allen quiere jugar a detectives y a ladrones: si el espectador acepta este juego, como muchos en el cine, la diversión puede ser extrema. Hay una conexión total entre autor-público y no creo que teniendo claras las reglas uno no disfrute realmente de sus trabajos.
En otro lado quedan varios acercamientos sutiles al género: mientras que el misterioso asesino de Sombras y niebla se incorporaba en una langiana atmósfera de terror expresionista, tanto en sus Delitos y Faltas (acaso su mejor película) o su Match Point no hay interés por el género noir. Aunque en la primera teníamos la aparición de un gángster y en la segunda una trama con ecos de las novelas de Patricia Higshmith, lo que predominaba en ambas era Dostoieveski (Crimen y Castigo) y un interés por la moral por encima del acercamiento al crimen.
PD.: Mañana Toma el guión y corre II.: Desmontando al Allen menor. Y sólo diré un título (más): Stardust memories. Ahí la clave.
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¡Quedan convocados a las urnas!
Escojan su podio Allen. El concurso consiste en:
-Citar sus 3 películas favoritas (oro, plata y bronce si así lo desean, es optativo).
-La única rega imprescindible es que WA sea el autor, no necesariamente actor.
(A votar, señores)
miércoles, octubre 25, 2006
martes, octubre 24, 2006
CUENTOS: "RECORDANDO A NEEDLEMAN" DE WOODY ALLEN

Cuatro semanas han pasado, pero aún me resisto a creer que Sandor Needleman haya muerto. Estuve presente en la incineración y, por expreso deseo de su hijo, llevé ostras y caviar, pero unos pocos de nosotros pensábamos sólo en el dolor que nos embargaba.
Needleman vivía obsesionado con su funeral, y en cierta ocasión me dijo:
-Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a un fin de semana con la señora Needleman.
Decidió, por último, que le incineraran y donó sus cenizas a la Universidad de Heidelberg, que las esperació a los cuatro vientos y obtuvo un depósito a cuenta de la urna.
Aún le estoy viendo con su traje arrugado y su jersey gris. Profundas meditaciones absorbían su atención, y con frecuencia, al ponerse la chaqueta, se le olvidaba quitar el colgador. Se lo recordé una vez, durante la ceremonia de graduación en Princeton y, sonriendo beatíficamente, comentó:
-Bueno, quienes discrepan de mis teorías, al menos creerá que soy ancho de hombros.
Dos días más tarde fue internado en el hospital de Bellevue por dar un salto mortal hacia atrás en mitad de una conversación con Stravinsky.
Needleman no era un hombre fácil de comprender. Su reticencia era tenida por frialdad, pero poseía una gran capacidad de compasión: testigo casual de una horrible catástrofe minera, no pudo concluir una segunda ración de tarta de manzana. Su silencio, por otra parte, enervaba a la gente, pero es que Needleman consideraba el lenguaje oral como un medio de comunicación defectuoso y prefería sostener sus conversaciones, hasta las más íntimas, mediante banderas de señales.
Cuando le expulsaron de la facultad en la Universidad de Columbia por una controversia con el entonces rector de la institución, Dwight Eisenhower, aguardó al prestigioso ex general armado con un sacudidor de alfombras y le quitó el polvo hasta que Eisenhower corrió a refugiarse en una tienda de juguete. (Los dos hombres habían entablado una agria disputa en público a propósito de si el timbre señalaba el final de una clase o el comienzo de otra.)
Needleman había confiado siempre una muerte tranquila.
-Entre mis libros y mis papeles, como mi hermano Johann –solía decir.
(El hermano de Needleman pareció asfixiado al cerrársele la tapa corredera del buró cuando buscaba el diccionario de rimas.)
¿Quién iba a imaginarse que, yendo a almorzar, mientras ontemplaba la demolición de un edificio, la pesada bola de hierro, alcanzaría a Needleman en la cabeza? El golpe fue causa de una tremenda conmoción y Needlema expiró con la sonrisa en los labios. Sus últimas y enigmáticas palabras fueron:
-No, gracias, ya tengo un pingüino.
Como siempre, cuando murió, Needleman tenía entre manos varias cosas a la vez. Desarrollaba una ética, basada en su teoría de que el “comportamiento bueno y justo no sólo es más moral, sino que puede hacerse por teléfono”. Andaba igualmente por la mitad de un nuevo ensayo sobre semántica, donde demostraba (según insistía con particular vehemencia) que la estructura de la frase es innata pero el relincho es adquirido. Y en fin otro libro más sobre el Holocausto. Este con figuras recortables. A Needleman e obsesionaba el problema del mal y argüía con singular elocuencia que el auténtico mal es sólo posible cuando quien lo perpetra se llama Blackie o Pete. Sus devaneos con el Nacional Socialismo levantaron escándalo en los círculos académicos, pero a pesar de todos sus esfuerzos, desde gimnasia hasta lecciones de baile, jamás consiguió dominar el paso de oca.
El nazismo, para él, era una simple reacción contra la filosofía académica, una pose con la que trataba siempre de impresionar a sus amigos, para agarrarles luego por la nariz con fingida agitación, exclamando:
-¡Ajá! Te he pillado de sorpresa.
Resulta fácil al principio criticar sus puntos de vista sobre Hitler, pero no deben echarse en saco roto sus escritos filosóficos. Había rechazado la ontología contemporánea, insistiendo en que el hombre existía antes que el infinito si bien con no demasiadas opciones. Establecía una diferenciación entre existencia y Existencia, consciente de que cada una de las dos era preferible, pero nunca se acordaba de cuál. Según Needleman, la libertad humana consistía en conciencia de lo absurdo de la vida.
-Dios es Mudo –solía repetir con orgullo – y si consiguiéramos que el hombre se calle…Al Ser Auténtico, razonaba Needleman, sólo podía llegarse los fines de semana y no sin antes pedir prestado un coche. El hombre, de acuerdo con Needleman, no era una “cosa” separada de la naturaleza sino envuelta “en la naturaleza”,
incapaz de ver su propio existir sin fingir primero indiferencia y después correr a toda prisa hasta el extremo opuesto de la habitación con la espreanza de vislumbrarse a sí mismo.
La expresión con la que describía el proceso de la vida, Angst Zeit, más o menos traducible como Tiempo de Angustia sugería que el hombre es una criatura condenada a existir en un “tiempo”, donde no pasaba nada de particular. La integridad intelectual de Needleman le persuadió, tras largas meditaciones, de que él no existía, sus amigos no existían y que la única cosa real era su deuda con el banco por valor de seis millones de marcos. De ahí que le fascinase la filosofía nacional socialista del poder, y el propio Needleman reconocía:
-La camisa parda realza el color de mis ojos.
En cuanto se hizo evidente que el Nacional Socialismo era precisamente el tipo de amenaza que siempre quiso combatir, Needleman huyó de Berlín. Disfrazado de rododendro y moviéndose sólo de través, tres pasos rápidos a un tiempo, logró cruzar la frontera sin ser descubierto.
En todos los países de Europa por donde pasó Needleman, estudiosos e intelectuales se apresuraron a prestarle ayuda, deslumbrados por su prestigio. A lo largo de su huida, halló tiempo para publicar Tiempo, esencia y Realidad: Una Revaluación Sistemática de la Nada y su delicioso pero más informal Guía del Bien Comer en la Clandestinidad. Chaim Weizmann y Martin Buber organizaron una colecta y reunieron peticiones firmadas que permitiesen a Needleman emigrar a los Estados Unidos, pero en aquel momento el hotel que eligió se hallaba completo. Con los soldados alemanes a pocos minutos de su escondrijo en Praga, Needleman decidió finalmente irse a América como fuera, pero se encontró en el aeropuerto con que llevaba exceso de equipaje. Albert Einstein, quien viajaba en el mismo vuelo, le descubrió que simplemente con quitar las hormas de los zapatos podía resolver el problema. Ambos mantuvieron frecuente correspondencia desde entonces. Einstein le escribió:
“Su obra y la mía son muy similares, aunque no tengo una idea exacta sobre qué versa su obra”.
Ya en los Estados Unidos, raramente dejó Needleman de ser tema de controversia. Publicó su famoso ensayo No existencia: Cómo hacer si te ataca de pronto. Y también un trabajo clásico sobre filosofía lingüística, Módulos Semánticos de Funciones No-Esenciales, que inspiró una película de gran éxito, Los calmantes de la noche.
Anécdota típica: se le obligó a dimitir de su cargo en Harvard por su afiliación al Partido Comunista. Tenía el convencimiento de que únicamente en un sistema sin desigualdades económicas podía existir verdadera libertad, y citaba como modelo de sociedad el hormiguero. Se pasaba horas observando a las hormigas, y solía murmurar melancólicamente:
-Son realmente armoniosas. Sólo con que las hembras fueran más guapas, lo tendrían todo.
Detalle significativo: cuando Needleman fue convocado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, dio nombres justificando su acción ante los amigos con esta filosofía:
-Las acciones políticas no tienen consecuencias morales, sino que existen más allá del Ser Auténtico.
Por una vez, la comunidad académica quedó impresionada y hasta unas semanas después no decidió la Universidad de Princeton embrear y emplumar a Needlleman. Por cierto, Needleman utilizó ese mismo razonamiento para justificar su concepto del amor libre, pero ninguna de sus dos alumnas se dejó persuadir y la que tenía dieciséis años le denunció por inmoralidad.
Needleman se opuso con energía a las pruebas nucleares y junto con varios estudiantes fue a Los Álamos, para hacer una sentada en cierto lugar donde iba a producirse una explosión atómica. Conforme transcurrieron los minutos y se hizo obvio que la prueba tendría lugar según lo previsto, se oyó a Needleman murmurar:
-Ah, demonios.
Y salió corriendo. Lo que no publicaron los periódicos es que no había comido en todo el día.
Es fácil recordar al Needleman hombre público. Brillante, entregado, autor de Estilos de Modas. Pero es el Needleman de la vida privada a quien recordaré siempre con afecto, el Sandor Needleman que nunca iba sin su sombrero predilecto. Tanto es así, que fue incinerado con el sombrero puesto. Uno nuevo, me parece. O el Needleman que veía tan entusiasmado las películas de Walt Disney y a quien, pese a las lúcidas explicaciones que sobre la técnica de la animación le hacía Max Planck, no podíamos impedir que pretendiera hablar por teléfono, de persona a persona, con la ratita Minnie.
Cuando Needleman se hospedaba en mi casa, sabiendo que le encantaba una marca particular de atún, poía yo una buena provisión en la cocina. Era demasiado tímido para confesarme sus inclinaciones, pero en cierta ocasión, creyéndose solo, le oí abrir las latas una por una y musitar:
-Os quiero a todos.
Acompañándonos a la Ópera de Milan a mi hija y a mí, Needleman, al asomarse por el parco, se cayó al foso de la orquesta. Demasiado orgulloso para admitir que había sido un error, durante un mes seguido fue a la Ópera todas las noches y repitió la caída. No tardó en sufrir una leve conmoción cerebral. Al hacerle observar que su postura había quedado clara y resultaban innecesarias las caídas, replicó:
-No, unas cuantas veces más todavía. La verdad es que no duele tanto.
Recuerdo a Needleman en sus setenta aniversario. Su mujer le regaló un pijama. Needleman quedó visiblemente disgustado, por cuanto esperaba un Mercedes nuevo. A pesar de ello, en un gesto que caracteriza al hombre, se retiró a su estudio para desfogar la rabieta en privado. Luego se reincorporó sonriente a la fiesta y estrenó el pijama la noche de dos obras cortas de Arabel.
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Perfiles. Ed. Tusquets, 2001. Traducción de José Luis Guarner.
lunes, octubre 23, 2006
DÍAS DE RADIO: CUERPO Y ALMA ALLENIANOS

Esta semana se estrena la ración anual de Woody Allen.: hete aquí un breve especial hasta llegar a la crítica de Scoop.
Las consideradas películas menores de Woody Allen pueden esconder grandes sorpresas o grandes preludios. 1987 fue, para los críticos y allenófilos en general, un año simpático más con dos películas del realizador y ambas (quizá tachadas así por su condición de mellizas) vistas como intrascendentes. Si bien es cierto que ninguna de las dos podría considerarse una obra maestra, tampoco estaría de mal recordar que al menos una de ellas es una delicia.
Días de radio parte de la felliniana excusa de narrar la infancia, a modo de Amarcord, y contar con una cierta nostalgia el modus vivendi de Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. Allen no abusa tanto de la nostalgia como pudiera parecer: de hecho él es un elegante sátiro del glamour. A ritmo de Benny Goodman, Duke Ellington, Artie Shaw y otros Allen combina varias historias, con una maravillosa estructura evocando la vieja tradición de cuentos del New Yorker que nos llevan hasta Bernard Malamud, por ejemplo.
El acierto estructural (una sucesión de pequeñas historias, gags, que también resumen y rezuman su obra literaria y sus cuentos y artículos) viene acompañado a la interpretación que hace Allen del musical. Como en Manhattan y sobretodo con ésta hasta llegar a la ya explícita Everyone says I love you, Allen da tanta importancia a las canciones que casi convierte el film en un pequeño musical.
El otro aspecto interesante, muy alleniano, es la nostalgia y su irónica interpretación. Lejos de caer en el simple recuerdo, Allen va más allá: dibujando la cotidianeidad de su protagonista y su familia judía contrastándola con las historias de las míticas estrellas de la radio. De los segundos, representantes del glamour de la época, se deduce que son incapaces de ver más allá de sus lujosas fiestas bajo los rascacielos de Manhattan e incapaces de aceptarse a sí mismos con la naturalidad de los primeros.
Otro elemento típico de su autor es el azar, aquí cosido a través de Mia Farrow, una historia que vuelve a reaperecer en la actualidad y tonos melancólicos en Celebrity, pero que aquí es contada igual sólo que bañada de un inteligentísimo tamiz de (falsa) ingenuidad que no oculta la intención de Allen de mostrar las ironías de la suerte, que carece de toda moral.
domingo, octubre 22, 2006
LOVE AND DEATH: EL (PEN)ÚLTIMO CHISTE DE WOODY ALLEN

¿Recuerdas a nuestro simpático vecino, Raskolnikov? Mató a dos mujeres.
¡No! Qué historia más desagradable.
Bobok me la contó. Se la explicó uno de los hermanos Karamazov.
Debía estar poseído
Bueno, era un adolescente...
¿Adolescente?
Era un idiota.Actuaba humillado y ofendido.
He oído que era un jugador.
Sabes, podría ser tu doble.
¿De verdad? Menuda novela
(cortesía)
Love and Death (1976) está considerada como el último chiste de Woody Allen antes de que con Annie Hall iniciara sus risas “tragicómicas”. No estoy de acuerdo, no porqué Allen ha regresado a estos chistes del principio aumentándolos hasta sus propios límites (pensar en Small Time Crooks) sino porqué lo que en principio (sólo) es una comedia (de raíz) dostoievskiana con endiablados diálogos y algunas cuñas bergmanianas bien insertadas se revela, como cada película del neoyorquino, parte imprescindible de un mismo microcosmos.
Observen como cuidadosamente Allen se convierte en el mismo momento de Stardust Memories en su mito y referencia, y cada película suya es una suerte de demostración de estilo (tal y como lo entiende Rodrigo Fresán, descubrir que se repite) pero también del artista, en palabras de Vonnegut, que juega a llevarse hasta sus propios límites.
Y sin quererlo ni beberlo esta película no sólo se convierte en una seria candidata de los que la ven a “comedia más divertida jamás vista” (lista interminable, por otra parte) sino también a otra de las mejores asimilaciones que hace Allen de Bergman o Dostoievski y Tolstoi. Al fin y al cabo para los lectores de los autores rusos Allen teje una suerte de sátira de todas sus novelas disfrazadas de aparentes guiños, y para los cinéfilos, que como él, adoran el cine del sueco les demuestra (como en Desmontando a Harry, como en su Comedia sexual de una noche de verano) que es capaz de contarles lo mismo pero haciéndoles reír. Y a muchos de los aburguesados cinéfilos de la época debió joderles, tanto como a los de ahora les jode que haya Woody Allens más gruesos, más provocadores o simplemente evoluciones naturales.
Porqué como en su musical Todos dicen I love you, Allen nos cuenta con chistes sus grandes temas, y además con un tono deliciosamente ligero: es esta una película donde se ríe mucho y se disfruta de un Allen completamente desprejuiciado que ensaya posteriores piruetas y que no deja de regalar a su carácter Boris Grushenko momentos de cómico stand-up (que es de dónde procede el mismo autor). Puede que no deje de ser para muchos su última comedia plena, pero para mí no deja de ser (otra) película dónde Allen juguetea con el público y regala muchos de sus momentos cumbre, frases para el recuerdo y charlas con la muerte que ahorran a muchos ver El séptimo sello (con todo el respeto a Bergman, dicho sea esto).
Plus.: The Echo Maker de Richard Powers / Ulysses for Dummies / Qué mal escriben los condenados / Proyectos (16-20 Octubre) / Hellraiser.