jueves, diciembre 25, 2008


(Cortesías)
El vecindario estaba a oscuras. Los edificios levantaban, a ambos lados de las luces callejeras, muros de ventanas negras. Millones y millones de personas dormían, y aquella pérdida general de conciencia generaba una impresión de abandono, como si la ciudad se hubiera desmoronado, como si aquel día fuese el fin del tiempo.

Un trabajador que, en el momento en que sale de su vestidor, con un chaleco a rayas con botones de latón, un falso fular, unos pantalones con una franja azul cielo en la costura, y una chaqueta, queda despersonalizado, es simplemente el chico, solterón y triste, que lleva a cada vecino a su planta. El relato es la sucesión de encuentros del ascensorista con personas a las que hace rápidamente partícipes de su soledad en las fechas navideñas, de su pobreza e incapacidad para comprar regalos. Todos se compadecen de él, todos ofrecen sus mejores deseos a Charlie. Cuando digo todos, digo muchos, porque Cheever con su prodigiosa técnica hace que nos crucemos en pocas páginas, a través de Charlie, con: el ascensorista de noche, la señora Hewing, los Walser, tres vecinos que van a la iglesia, una niñera con niño, los De Paul, la señora Gadshill, los Fuller, los Weston, además de las evocaciones de las personas del otro lado, el de la pobreza: una mujer y su chiquilla, la casera de Charlie y sus tres hijas, que a la vez rememora a los Deckkers y los Shannon. Todo esto con una liviandad y una gracia inimitables. Dos líneas, un personaje.



Todos ellos componen un mapa perfecto de la miseria y la hipocresía humana. Un trenzado de actos caritativos unirá a todos los personajes por medio de regalos compasivos, evidenciando el triste concepto capitalista de la justicia redistributiva. A Charlie comienzan a llegarle regalos que en realidad -la cartera de piel de cocodrilo con sus iniciales que le entrega el señor Fuller- son la sobras de la opulencia de los propietarios. Tres camisas verdes, varias corbatas que llenan el vestidor de Charlie, que a su manera le convierten también a él en un nuevo propietario, y de ahí el sutil y magnífico giro final de Cheever.

Se dejó invadir primero por el amor, luego por la caridad y finalmente por una sensación de poder.

Las aventuras de este Plácido de Nueva York no tienen ningún altibajo y este relato es quizá la primera obra maestra absoluta de esta serie, puesto que no hay esos pequeños desequilibrios finales que a veces ahogaban el eco poético de anteriores historias. Aquí todo es manso en apariencia, y sin embargo el relato posee una carga política -sí, éste, más que Granjero de verano, es un auténtico relato político-. Una sátira no de costumbres, sino de la real e indesmayable condición humana. En una misma página Charlie pasa de Amaba al mundo y el mundo lo amaba a él, a -después de un encontronazo despiadado con una vecina- Era su primer contacto del día con la mezquindad humana. La belleza del momento, del día de Navidad, desaparece de un plumazo. Los regalos se revelan de aire, podía dar, podía ser heraldo de alegría, pero sólo adquieren su sentido subversivo, revolucionario, en la medida en que se lleven a cabo dentro de ese día reservado para la fraternidad humana, acabado el cual recupera su lugar, que nunca llegó a perder, el implacable statu quo que rige las vidas de ascensoristas y propietarios.

John Cheever, La navidad es triste para los pobres.

2 comentarios:

luna dijo...

alvy me duele la tripa

vypsen dijo...

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