
Puede que Noel tenga razón y puede que Un día de furia sea la película más de derechas que pueda hacer un realizador gay (por no salir de sus palabras sabias). Pero sin embargo hay algo en la histeria de este hombre, D-Fens (el nombre ya indica su condición de sublimación hecha personaje), que me inclina a pensar que es justamente lo contrario: y no les hablo de ideologías o indicios sino de aquella predicción de Jordi Costa que decía que la próxima revolución sería de consumidores.
D-Fens es el estadillo del grano de pus más grande que lleva como nombre sociedad neoliberal. Capital: Los Ángeles. Estado de ánimo: Furia, insatisfacción. Mensaje final: Una versión actual (es un decir, lo saben) de Minority Report (el relato). Y me van a disculpar la redudancia pero el final de Schumacher es en el fondo descorazadonador: el sistema puede ser capaz de funcionar y enmendar esas anomalías que genera con una facilidad mecánica.
La escena más perversa de la película es la de D-Fens y el neonazi. No sólo puede servir a los más ingenuos para marcar distancias entre el protagonista (la sublimación del hasta los huevos, simple y puramente) y la ideología neofacha sino que además obliga al espectador a escoger bando: ¿queda otra opción? Lo brillante en su resolución (los que han visto la película, la saben) es la pregunta sobre la ideología. No es que no haya diferencia entre métodos o ausencia, sino que la ideología está definitivamente muerta: ya sólo queda la pura y dura supervivencia que oblgia activamente al espectador a plantearse cada una de aquellas acciones que él (nosotros) consideraba políticamente correctas.




















