
Lo comentaba todo el mundo: la visión japonesa del asunto tiene que ser (aún) mejor. De hecho era la idea perspectivista lo realmente interesante en la apuesta de Clint Eastwood. Y ahí lo tienen: Banderas de nuestros padres es una película perfectamente triste y valiente, como pocas y llena de motivos.
Cartas desde Iwo Jima es aburrida y es una definición de eso que Nacho Vigalondo llama drama mazacote. Es una forma errónea de entender el lado japonés: a través de la mutación mimética a su tópico y cine, cuyo resultado es poco menos que extravagante.
El caso es que es curioso lo extraño en que se complementa la película con Inland Empire de David Lynch.: en ambas los directores intentan reeditar sus mejores virtudes. La diferencia con Lynch es que su resultado es comparable a una visión más cercana a Deconstructing Harry que otra cosa, y la versión de Eastwood es asmática y agotadora por reiteración.
Puede que a los exóticos les guste pero sus virtudes están por completo anuladas ante un discurso harto tópico e hiperbólico más propio de la comedia que de la verdadera reflexión, como ya digo siempre la hipérbole no acostumbra a gustarme en un drama. Y es que amigos la colección de suicidios es risible. Por no hablar del protagonista, y la confusión que tiene el espectador entre idiotez y candidez en toda la película.
Clint ha confundido empatía con (intento) de simulación, de mutación. Debería haberse conformado con contar con sus propios recursos poéticos, que tienen un origen cultural (norteamericano, él) para acercarse al otro lado. Ello no significa que la idea siga siendo mejor que el resultado y que tenga una escena memorable que resume lo que luego se redunda hasta el flato: la del coronel encarnado por Watanabe charlando con sus amigos norteamericanos en una cena. Y la película puede dar pie a que quizá se empiezen a hacer superproducciones bélicas contadas no ya desde el otro lado sino por el otro lado. Ya hay claro, pero yo hablo de cantidad.
Flags of our fathers.


















