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sábado, junio 05, 2010

El viejo tema del doble

El Libro de Arena de Jorge Luis Borges contiene uno de los relatos más inesperadamente tiernos y hermosos del autor argentino: El Otro, que imagina a un narrador (El propio Borges) encontrándose con su yo joven en un banco frente al río Charles, en Cambridge. El Otro Borges parece estar en otro lugar: en Ginebra. El autor argentino concedía a un lugar cotidiano un raro punto de encuentro, aunque no desdeñaba la lectura onírica ("El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo).

Mirror Image, vigésimo primer capítulo de la primera temporada de The Twilight Zone, propone una lectura del tema del doble a medio camino entre la que propondría Borges casi diecisiete años más tarde y la fundacional El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Serling precede a Borges en el espacio corriente: su punto de encuentro entre dos mundos es una estación de autobuses y el banco en el que se produce la espera. También especula con la posibilidad de lo irreal, en este caso con la locura de la protagonista, Millicent Barnes (Vera Miles) que descubre aterrorizada que ya ha estado preguntando por la hora de llegada del autobús al que espera en una noche de tromenta y que ya ha conocido a la señora de la limpieza del lavabo al que acude todavía más desorientada. Oscar Wilde imaginó una metáfora perdurable: el dobble de su cuadro representaba todo a lo que Dorian Gray había renunciado para lograr su triunfo definitivo y supremo, un triunfo estético.

Rod Serling imagina algo más perverso, en sintonía con el gato de Schrödinger (y con descendientes tan simpáticas y claras como La habitación del niño de Álex de la Iglesia): un punto de encuentro en el que los dobles malignos tengan capacidad y voluntad de reemplazar a los reales. Un lugar que sirva de puerta de acceso para el Doppelgänger. Lo más admirable de Serling, uno de los narradores más brillantes del siglo XX y el fundador del serial de televisión moderno, es hasta qué punto sus narraciones presentan matices sorprendentes. En Mirror Image, todos (el vendedor de la estación, la señora de la limpieza, incluso la policía) parece ser ya un doble: no se nos aclara esa posibilidad. Las dudas las produce su protagonista y sus sentimientos, pero Serling especula con la posibilidad de que el mundo ya haya sido convertido, incluso más allá de la invasión extraterrestre en clave infiltración (otro tema habitual de la serie). El mundo de Mirror Image es espeso: ninguna verdad basta para identificarnos como individuos (o como el mismo tipo de individuo que el resto) y todas son susceptibles de provocar la destrucción de nuestro yo.

lunes, diciembre 08, 2008

Una pizca de tiempo


Parte 2 / Parte 3

Revisar The Twilight Zone es un lujo que ya no se estila: es la serie perfecta, puede que por nueva o puede que porque hubiera un tiempo sin ironía. También lo son algunos de sus tributos, como esta bella web dedicada a clasificar capítulos en delirantes secciones y no menos recapitulaciones entre ellas. Del apartado dedicado a las segundas oportunidades podría encontrarse también un tema más: el Destino. Aparece en muchos de sus episodios, aunque mi favorito sea Nick Of Time, primera aparición en la serie de William Shatner que aquí encarna a un pipiolo enamorado con cierta superstición. Escrita por el maravilloso Richard Matheson, uno de los guionistas clave de la indiscutible calidad de la serie, el episodio se cierra con un estupendo final que revela otra historia (la misma, por supuesto) ocurrida con la máquina y deja clara que la vida sea, tal vez, la historia del hombre contra su propio destino. Es en ese sugerente cierre final donde la serie alcanza una de las cimas de su singularísima y sugerente idea del fantástico: como un juego invisible entre diversas realidades (la mental, tal vez la objetiva y hasta a la que referencia el título con su dimensión desconocida) en el que se puede acceder, de verdad, a los auténticos dilemas del hombre. También, fíjense, resulta encomiable como el director, el televisivo Richard L. Bare, saca partido a todos los encuadres de la cafetería, siendo cada entrada distinta a la anterior y buscando también un espacio cada vez más marcadamente tenso.

Nick of Time, además, deja un legado icónico: su mítica máquina del Sí, el Adivino Mítico está ahora al alcance de nuestra mano y se revelan un regalo navideño artesanal, pero eficaz para deslumbrar a nuestro enemigo íntimo más cercano y que nunca pasa por debajo de las obras (además, el dedicado y entregado coleccionista nos avisa de que sigue fabricando cabecillas luciferinas por si las moscas).