Ah, Lost. Con todas sus carencias y sus diálogos a marchas más forzadas que los personajes por tal de ser útiles, Lost. La única serie capaz de convertir en algo verosímil una llave gigantesca de madera, templos y al menos tres líneas narrativas situadas no ya en épocas distintas, sino en universos despoblados de Dioses (o reconquistado por rivales). El inicio de anoche fue asombroso. No es una serie, solamente. No es un hallazgo en la narrativa audiovisual, nada más. Es un evento y una mitología compartida. Justo lo que no tiene el cine, porque las fuerza y las saca de viejas historias ya anacrónicas en los cincuenta o porque se centra en el asombro de la imagen, tarea comprensible, claro, pero no tiene, ni tendrá, nada más, pasado el asunto Star Wars y especificados los públicos de Harry Potter o Twilight. Por desgracia, la mayoría de los otros autores parecen condenados a una distribución menor. Pese a ser emitida en la ABC, Lost se emite en directo. En el directo de la red. Observen el Twitter Topic.
Esta serie ha pasado de jugar con los ecos del pasado para definir presentes tumultosos, versión autojustificativa de una narrativa á la Faulkner, a los saltos adelantes hasta llegar a la entropía retorcida y nada fácil de ahora, mezcla imposible entre Pynchon y un Greg Egan ready made. Sus reglas parecen más severas que lo que podemos ver, pero lo que es evidente es que esta Final Season va a ser memorable, incluso más allá de la decepción o del aplauso. Ya es memoria y aprendizaje, claro.