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jueves, noviembre 24, 2016


Parecía triste de una forma sublime, como alguien firmemente decidido a sobrevivir a inviernos persistentes en algún punto septentrional del mapa.

Don DeLillo, Fin de campo. Traducción de Javier Calvo.

domingo, febrero 15, 2015


El matrimonio es algo que construimos a partir de materiales que tenemos disponibles. En ese sentido, es algo no preparado, casi improvisado. Acaso sea ése el motivo por el que sabemos tan poco acerca de él. Es algo demasiado inspirado y azogado como para que podamos comprenderlo con claridad. Dos personas forman una mancha borrosa.

Don DeLillo, Los Nombres. Traducción de Gian Castelli.

jueves, febrero 27, 2014


Pammy y Lyle comenzaron a tocarse. Conocían las imágenes cambiantes de la similitud física. Era un vínculo tácito, parte de su conciencia compartida, el silencio minado entre personas que viven juntas. Acurrucado cada cual en las extremidades y silueltas del otro, parecían repetibles, células hijas de alguna división muy precisa. Sus lenguas derivaron sobre carne más húmeda. Este presentimiento de lo húmedo, una intuición de la naturaleza sumergida, fue lo que los puso a cien uno con otro, a mordiscos, a arañazos de ansia. A él le supo a vinagre el pelo alborotado de ella. Se separaron un momento, se tocaron desde una distancia calculada, se sondearon introspectivamente, un intercambio complejo. Él se levantó de la cama para apagar el aire acondicionado y subir la ventana. La velada se había recargado de fragancias. Atronaba encima de ellos. Lo mejor del verano esan esas tormentas que llenan una habitación, casi medicinalmente, de climatología, de luz variable. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Vieron los árboles golpear vientos racheados. Lyle se había mojado al abrir la ventana , las manos y el abdomen, y ambos esperaron a que se secara, hablando con acentos extranjeros de una tormenta que les había pillado en coche, en los Alpes, riéndose en "portugués" y en "holandés". Ella se retorció apretándose contra él, la soledad de ambos convertida en un refugio contra la tormenta. Perdieron contacto durante un momento. Ella lo atrajo hacia sí, necesitada de ese conflicto de superfícies, la palpable lógica de su polla dentro de ella. Lo agarró con fuerza, se soltó al contagio del movimiento recurrente, alzándose, doloridos y juguetones, asilvestrados como dos cachorros de tigre.

Es hora de "actuar", pensó él. Ella tenía que quedar "satisfecha". Él tenía que ponerse a "su servicio". Ambos harían esfuerzos por "interactuar".

Cuando estuvo seguro de que habían acabado los dos, él se apartó y notó una mínima rociada de lluvia después de que alcanzara el aféizar. Tumbados de espaldas recuperaron el aliento. Ella quiso una pizza. Se sintió culpable por no apetecerla la fruta. Pero se había pasado el día trabajando, tomando ascensores, trenes. No podía afrontar las consecuencias de la fruta, su condición perecedera, la obligación que entrañabla el comerla. Quería sentarse en un rincón, sola, y atiborrarse de comida basura.

Don DeLillo, Jugadores. Traducción de Miguel Martínez-Lage.

miércoles, agosto 26, 2009

Memoria de los asesinados

Ricardo Menéndez Salmón.

El Corrector

Seix Barral, Barcelona, 2009.


La propuesta es arriesgada: una novela española post11M que concluya una trilogía del Mal que el escritor ha empezado con La Ofensa. Empieza con una cita de Thomas Bernhard, cuyo estilo contemplativo y existencial es la referencia para el devenir espiritual de su protagonista, un hombre con parecidos a Menéndez Salmón, que se encuentra traduciendo Los Demonios de Feodor Dostoievski.


Sin embargo, mis problemas con El Corrector son dos: la renuncia de Menéndez Salmón a seguir la estela de DeLillo y recuperar y bucear en las ruinas no del futuro, pero sí del atentado. Lo propuso con su ensayo y luego lo hizo en Falling Man, que tenía partes enteramente dedicadas a hablar de ello, del dolor, de la confusión y de supervivencia. Curiosamente, la otra novela post11M española, La piedra en el corazón de Luis García Montero, también renuncia, con una elipsis lírica, a situarse en el lado de los supervivientes o de las víctimas, de recuperar la pequeña narrativa.


La renuncia es para situarse en los hogares. El 11M fue una tragedia de hechos, no-hechos y hechos a medias, asegura Vladimir. Pero en los hogares ahonda más en la psique responsable y corriente, en las posibilidades de su yo (como asegura en la entrevista con Vicente Luis Mora) que en algún tipo de moral adormecida que votó, por Mayoría Absoluta, al Partido Popular en 2000, en una etapa marcada por el easy listening y el pop rock de furia inofensiva (Dover y la simpatía por el diablo de la que habla Jordi Costa en Vida Mostrenca) y que tuvo su epílogo en la contraprogramación. El motivo de la victoria de Zapatero sigue en el aire, con las hemerotecas todavía intactas. Por eso mismo, hay algo más pos11M, algo más cercano e hipócrita en los personajes de La Soledad (2007, Jaime Rosales) cuya historia parece escrita en los prólogos y en los epílogos del desastre y ahondando en una clase media todavía representada por El Corte Inglés.


Vladimir consigue una redención, un respiro, pero no el lector que se encuentra escenas que más que espirituales, parecen camp. Por ejemplo, la descripción del hijo que da su padre, el misántropo Vladimir (pag. 43).:



Mi hijo, la persona que cierra el póquer de la gente a la que más quiero en el mundo, es el gran secreto de mi vida. En realidad es mi único secreto, pero es tan grande, tan desproporcionado, que vale por cien mil pequeños secretos que pudiera atesorar en mi pecho



El personaje más humano de la novela, curiosamente, es el padre, cuya insustancial conversación sobre Le Mépris de Godard (pag. 93) parece más verosímil, más coherente que los escasos diálogos que se conceden a Zoe, Robayna o Uribesalgo e incluso conceden la virtud de Menéndez Salmón como hábil crítico de cine.



Mmmm – era obvio que mi padre, ese día, tenía ganas de discutir - . Ya sabes que con Godard es difícil decidirse. Todo parece una parece una parodia, pero al tiempo hay algo muy serio funcionando por debajo.



¿Tal vez las últimas páginas de la novela sean una parodia seria?


Observen la escena onírica con una banda sonora 'que recuerda a la música de Giorgio Moroder' (pag. 118) y que llega a su clímax a la página siguiente:




La música inspirada en Giorgio Morodr se debatía ahora entre un riff epiléptico y uns intetizador fastuoso. Imaginé a músicos vestidos de negro, con tupés de ciencia ficción y chapas de los Sex Pistols prendidas de sus chupas de cuero. Los créditos de la película, en apariencia inagotables, desgranaban los nombres y apellidos de carpinteros, camioneros, camareros, maquilladores, conductores de autobuses y adiestradores de perros, toda esa gente que pulula alrededor de una película y ayuda a que se geste.



Hay descripciones excesivamente dulzonas ('la noche griega sosegada y dulce como la respiración de un niño', pag. 138) e incluso sus habituales cierres perfectos, encuentran aquí una escena excesiva:




Supe así que sólo poseía aquel gesto para recordarle cuánto la amaba. Y supe también por aquél pequeño gesto me redimía de toda la poesía del mundo, de todas las grandes, bella, inútiles palabras que nos rodean. (pg. 141)



Sigo pensando que Menéndez Salmón es uno de nuestros mejores escritores, pero creo que en El Corrector está la menos deseable de las novelas posibles, que no la menos personal y que la ruta nueva que se emprende en este final espiritual deberá lograr un equilibrio entre sus preocupaciones existenciales y sus resultados, cercanos al camp a ratos inconsciente y a ratos forzado, inevitablmente cómica.


En todo caso, incluso en una obra fallida como esta, quedan restos del Menéndez Salmón que nos gusta e interesa, como el tour de force de las páginas 62-63 o la impresionante reflexión sobre Arnaldo Otegi y su lenguaje en la página 91:




A las 13:22, en declaraciones al diario vasco Gara, Arnaldo Otegi, empeñado en convertirse en celebridad por un día, expresó la siguiente idea:" Tengo en la cabeza como hipótesis que efectivamente haya podido ser un operativo de sectores de la resistencia árabe."


Analizada con cierto detalle, la frase no dejaba de resultar asombrosa. En primer lugar por los dos eufemismos que contenía: "un operativo" y "la resistencia"; después por su enrevesada sintaxis, no sé si fruto de la traducción del euskara al castellano o de la peculiar Weltanschauung del líder batasuno, que por fuerza había de expresarse en un lenguaje no menos arcano; en tercer lugar por esa peculiarísima expresión, "tengo en la cabeza, que nunca, a pesar de su uso más o menos convencional, dejará de asombrarme cada vez que la escucho; y por último, en definitiva, gracias a la inquidad que escondía: era el verbo de un vampiro, de alguien que hubiera bailado el zorcico, Deutschland über alles o la jodida danza de la lluvia sobre nuestras tumbas.



jueves, julio 10, 2008

El hombre del salto

El Hombre del Salto (Seix Barral, 2007, Trad. de Ramon Buenaventura)

Parece que Don DeLillo, naturalmente empeñado en narrar desde las ruinas del futuro, haya hecho su obra más incontestable, más díficil, más irreprochable. Con un compromiso (más con la conciencia que con la política in strictu sensu) que es capaz de desarmar a sus detractores, esos que le llaman histérico o posmoderno. Da igual, al revisar su última novela los resultados siguen siendo escalofriantes, de una valentía indudable. John Updike estaba, para supongo deleite del lector, con algo de esperanza todavía. Situaba su acción en su contexto clásico (sexo y madurez) pero también la reflexión en un lugar inhóspito, pesimista. Quedaba para el narrador todavía algo de esperanza, humanista toda ella. DeLillo no conoce la esperanza pero tampoco es ese misántropo que se disfraza de escritor. DeLillo se mete directamente en el dolor. En las conversaciones. En el hundimiento. Y eso es lo que me parece francamente díficil. Por supuesto, algunos pasajes de esta novela son 100% marca de la casa. En la página 221 escribe:

"Contaba al revés de siete en siete, empezando en cien. La confortaba hacerlo. Había contratiempos de vez en cuando. Los números impares eran espinosos, como ir dando tumbos violentos por el espacio, resistiéndose a la fácil marcha de lo divisible por dos. Por eso era por lo que querían que fuera restando de siete en siete, para hacérselo menos fácil. Podía bajar hasta los números de una cifra sin un solo tropezón, normalmente. La transición más inquietante era de veintitrés a dieciséis. Lo primero que le ventía era diecisiete. Siempr eestaba a punto de ir de treinta y siete a treinta, a veintitrés, a diecisiete. El número impar, autoafirmándose."

Y otros en los que urga, en calle, en las víctimas, en la impotencia. Esto ya me resulta de una ejemplaridad que no veía desde…. Camus. Que DeLillo era un genio lo dudaban pocos pero que era un irresponsable (por posmoderno, convertido en adjetivo por los que se niegan a cultivar significados y sí palabras prejuiciosas) todavía muchos. Y esto escribe en la página 227.

"-Si ocupamos el centro, es porque vosotros nos ponéis ahí. Ése es nuestro verdadero dilema – dijo -. A pesar de todo, nosotros seguimos siendo América, vosotros Europa. Vais a ver nuestras películas, leéis nuestros libros, escucháis nuestra música, habláis nuestro idioma. ¿Cómo vais a dejar de pensar en nosotros? Nos sestáis viendo y nos estáis oyendo todo el tiempo. Pregúntate una cosa. ¿Qué viene después de Estados Unidos de América?

Martín contesto en voz baja, casi distraídamente para sí mismo.

-A Estados Unidos ya no lo conozco. No lo reconozco – dijo – Hay un vacío donde antes se hallaba Estados Unidos"