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martes, septiembre 02, 2008

Y diez fueron los niños

Detective Conan de Gosho Aoyama siempre ha sido un serial que ha sabido dialogar de forma esquiva y hasta sarcástica con su público potencial. Publicado como manga en 1994 y estrenado su anime en 1996, Detective Conan expande su concepto hasta límites insospechados: es la serie de un inteligentísimo estudiante que tiene como hobby ser detective y que termina condenado a estar dentro del cuerpo de un niño y que es adoptado por la que fuera su novia cuyo padre es precisamente un investigador privado. Así la serie presenta su contradicción: no es otra cosa que una historai de detectives para niños, pero en realidad no tiene ningún problema en ponerse deliberadamente oscura (hay en su trama asesinatos, raptos y asaltos, lo que le da a la serie una calificación moral de mayores de trece años) para demostrar que no es sólo para niños. ¿Hay una actitud más pura y maravillosamente infantil? No y convertir un dilema de la ficción en fórmula de éxito es un síntoma auténtico de entender muy bien los códigos genéricos y lo inocente de algunos dilemas.

Hoy he visto uno de sus mejores episodios, La desaparición de la liga de detectives júnior en el que se propone una nueva vuelta de tuerca al concepto inicial: Conan y sus amigos se van a las afueras para ensayar su versión en títeres de Diez Negritos de Agatha Christie. Pronto los niños desaparecen conforme los negritos… Puede que debamos conformarnos con esta sugestiva y brillante idea, porque el resto del episodio tiene una resolución muy habitual en la serie: haciendo del golpe de efecto propio de la Christie algo entre arbitrario y chorra, desaprovecha toda la idea, pero no logra arruinarla. Hay al menos la habitual y deliciosa planificación visual, convirtiendo muchas veces el estatismo en una forma de narrativa paralela y emotional, y el habitual gadget post-Bondiano: en este caso una bamba capaz de arrancar rocas.

Lo interesante es como el anime de Aoyama es capaz de llevar un clásico (y por lo tanto unos mecanismos narrativos convencionales en su género) a un terreno barroco, digno del grand guignol, en el que los juegos de espejos puedan seguir sucediéndose de forma natural.

sábado, julio 28, 2007

Pieces

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Me sorprende mi decepción ante el anime de One Piece y confirmo la imposibilidad, en terrenos de animación, de continuar con el legado de Dragon Ball que no sea por una via un tanto superficial (ya saben: protagonista alocado, viaje de iniciación y búsqueda postIndiana). He de admitir que el manga puede estar realmente mejor (y eso espero), llevando hasta el final cosas que aquí solo se insinuan o combinando mejor los registros (veremos). En todo caso, la serie animada que parte de las viñetas de Eiichiro Oda aparecido en 1997 y anunciada por su autor como inspirada en Dragon Ball fracasa (y no creo que por deshonestidad, sino por paletismo).

El gran triunfo de Dragon Ball está en la narrativa desfragmentada que se llegó a lograr en Dragon Ball Z ampliando el universo hasta límites nunca vistos: reiniciar la aventura paso por paso (esto lo comparte con su otra sucesora, la un poco mejor Naruto) juega con una desventaja y es la de la reinvención. Situarla en un ambiente de piratas con poderes mágicos parecía un atractivo poderosísimo. Pero nada: la serie confunde las diversas líneas de DBZ con gags a cada cual más reutilizado. ¿Se imaginan las posibildades que tiene hacer gags absurdos, en la mejor línea de los primeros Fantastic Four, con un tipo elástico? Yo si y desde luego es mas interesante que la reedición de situaciones de ojitos con forma de corazón.

La otra gran virtud de Dragon Ball era incorporar ese humor autodestructivo en el centro mismo de su concepción: ahi se situa el fracaso de One Piece, porqué Oda es, previsiblemente, un mal espectador (o sea interpretador) de DB e interpreta que la mejor manera de homenajear a un maestro no estriba en continuar el concepto inicial de una serie, sino de emularlo desde la nostalgia. One Piece es una serie con cierta arritmia que no sustituye su condición de derivado con la hipérbole sino con el gag mimético y ahi encuentra su pozo: en ningún momento se decide por tomar partido en sus elementos más interesantes (como por ejemplo, la facilidad con la que un pirata pega un tiro) y su cambio de registros provoca una descompensación que se traduce en la perplejidad del espectador que asiste a una summa un tanto antinatural de revival mal entendido y toques de seriedad completamente descohesionados. Justo lo contrario que pasaba con tanta fascinante naturalidad en la obra de Toriyama. Si tuviera que escoger un digno sucesor de Dragon Ball en términos innovadores, sin duda alguna me quedo con la maravilla La melancolía de Haruhi Suzumiya serie metanarrativa dispuesta a reinventar los artríticos chistes y lugares comunes que One Piece repite con pretendida épica.