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domingo, marzo 24, 2013

Mi héroe: Philip Roth


Por James Wood (The Guardian)

¿Creyó alguien a Philip Roth cuando, a principios de año, anunció que se retiraba de la escritura? De todos los novelistas contemporáneos, es el único que ha hecho que el escribir parezca un acto necesario y continuado, inextricable de las continuidades y los conflictos del estar vivo. Para Roth, la narración y el yo parecen haber nacido juntos, y, por lo tanto, deben morir juntos también. Más que ningún otro novelista moderna, ha usado la ficción como confesión y  como el desplazamiento de la confesión: sus virulentos, quejicas y alter egos, de Portnoy a Zuckerman o Mickey Sabbath todos parecen rothianos, incluso cuando están solamente siendo suplentes de Roth. Ha hecho de su infancia en Newark, su amor, sus padres irritantes, su condición judía, su sexualidad, su propia vida de escritor algo familiar y vívido para millones de lectores. Ha parecido necesitar la ficción como una clase de reportaje performativo y despiadado, es por lo cual, en años recientes, las grandes novelas (El teatro del Sabbath, Pastoral Americana) han compartido espacio con trabajos mucho más flojos, y por lo que ha sido tan productivo; la ficción al mismo tiempo urgente y algo incompleta, tan necesaria como el arte y tan desesperanzada como la vida.

Admiro a Roth (que cumplió ochenta años esta semana) por muchas razones. Porque no ha seguido siendo el mismo (su prosa enjuta es ahora muy distinta de las pulidas cadencias de sus primeros trabajos).  Porque esa prosa es un instrumento maravilloso, capaz de sorpresas líricas y de la más cruda de las franquezas, al mismo tiempo altamente construida y derrochantemente oral. Porque es muy divertido (pensad en el momento en el El escritor fantasma en el que Nathan Zuckerman que él ha hecho el bien, como un chico judío majo, al casarse con Ana Frank, que ha sobrevivido mágicamente el Holocausto). Y porque ha demostrado que el artificio posmoderno y el realismo americano no son incompatibles, sino que, en realidad, se alimentan el uno al otro - tal vez su mejor novela, La contravida, toma lo que necesita de la autoconciencia posmoderna y los juegos ficticios, y monta una conmovedora investigación sobre qué significa llevar tu vida. Que nuestra perpetua máquina de escribir profundice en las páginas, como con Henry James, hasta que tengamos que pelear por la pluma de su mano moribunda.

martes, enero 19, 2010

Linkes semanales

La estupenda lista de lo mejor del año de Ferré. También tienen el de Marías (Miguel). (en Miradas han reunido a la titanada y a mi).

Y la no menos estupenda introducción de la recién traducida How fiction works de Wood.

Y dos joyitas del Times: Zizek sobre la caída del muro y Bloom sobre una nueva biografía de Johnson.

La excelente columna de Acevedo hablando del Arte de volar con sabiduría johnsoniana y algo más, claro.

Diseñada por Sergio Espín, la campaña de lanzamiento de lo último de Carrión, su retorno a la novela con Los muertos, mezcla estética de la Comic-Con con eslóganes highbrow (una máquina textual, nos dice el primer tráiler).

El último Repronto que sintetiza lo mejor (lo más genialoide) de Minchinela: su oído en la calle, su oído para comprender la ruta de la conversación.

Lardín sobre el Fellini: Book of dreams.

miércoles, julio 08, 2009

Lifeless postmodernism

Uno diría que Quentin Tarantino es un cineasta que suscita debate con cada película, pero sería demasiado genérico: con cada película, el director de Pulp Fiction produce entre la crítica un debate acerca de la naturaleza de su cine, del estilo ultrarreferencial.

En el último número de Sight & Sound, Nick James se cuestiona a Tarantino, aunque también insiste que la crítica cada vez se parece más a la legión de fanboys pasivos que tanto abunda. Lo provocativo no es más que un intento vano para influir en el cine, asegura James y uno no puede dejar de estar de acuerdo y, como hace el crítico, aplicarse el cuento: ¿no se ha llevado demasiado allá la noción del canon alternativo (primero como necesidad para cuestionar las listas oficiales) hasta llegar a un punto en que las películas son consideradas imprescindibles? James quiere personajes con verosimilitud y vitalismo, rechaza la estética deliberadamente falsa del cineasta.
Ya conocemos el lenguaje del fan, siempre sentencioso y profundamente cerrado al debate. Y llega Tarantino, del que James se pregunta si Tarantino es algo más que un director brillante, un buen dialoguista, un mejor guionista que cuenta con un estupendo y original diseño de producción. No es una pregunta nueva, pero sí lógica: Tarantino es la posmodernidad cinematográfica tardía, por lo tanto obvia hasta para los despistados que recelaron de la generación anterior (la de Brian DePalma, Martin Scorsese, Joe Dante y Steven Spielberg que tuvo su transición a Tarantino con Sam Raimi y los hermanos Coen) por haber empezado en los albores de cierta modernidad. ¿Es el cine de Tarantino algo más que una suma de referencias? ¿No es esto su principal virtud? ¿Qué sentido tiene? Hay que posicionarse. James Wood lo hizo cuando escribió que la película era el triunfo de la posmodernidad y del vaciado de todo contenido.

Lo difícil está en que el crítico se posicione y no parezca ajeno (cuando no un ignorante enajenado por el estado del arte) a un estilo y un movimiento que no son nuevos en otros campos y que en el cineasta tienen un origen claro. Jonathan Rosenbaum lo ha hecho, tanto a favor como en contra. También AO Scott y J. Hoberman. El problema es si el debate se mantendrá en sus líneas más elementales, como pasa cada cierto tiempo, o habrá una conversación provechosa.

lunes, diciembre 15, 2008

Against all (W)odds

Lo de James Wood es meritorio, muchísimo más que el polemista de Salon (o de powells.com) Dale Peck, mucho menos elaborado y más convencional. El profesor en Harvard, educado en The Guardian también tiene un blog en contra. Y un texto en el que se le rebate, paso a paso, How Fiction Works. El asunto conspiranoico, del establishment y demás funciona sólo a ratos. Comparto parcialmente el desconcierto del ensayista cuando dice que no sabe lo que es el realismo.

Actualización: La lectura que hizo Jean-François Fogel, siempre atenta y cuidadosa.

viernes, diciembre 12, 2008

The broken status

Un amable lector (anónimo, pero aquí los queremos a todos) ha dejado una brillante respuesta a los textos que critican a James Wood. No dudo de la honestidad del crítico, ni del asunto, lo recalca nuestro bloguero, de que hey, se trata de un scholar. ¿Por qué iba a dudar? Wood votó a Claire Messud para el Booker de 1994 y a bien seguro de que el libro de Messud era el mejor. Lo dice Wood, un scholar, muchacho. El hecho de que Messud fuera su esposa y que Wood, ejerciendo la responsabilidad (ya será menos) de juez en esto de los premios literarios, olvidara mencionar que la señora y él…. Eso es menor. Seguro que Wood olvidó ese pequeño detalle que, por supuesto, no da una imagen global de su integridad. No. ¿Dudar de un hombre que vota a su esposa en unos premios con la historia y categoría de los Booker y lo oculta, cual niño travieso y sonriente, al resto del jurado? Eso jamás. Hay que jugar limpio. También con los hechos y nadie juzga a Wood por su papel en dicho jurado. A fin de cuentas era un premio y Wood sigue siendo uno de los mejores treinta críticos según The Economist.

En todo caso leí con mucho interés The Irresponsible self y creo en Wood como un crítico progresivamente refinado, pero el truco está en su defensa: "Tiene su propio procedimiento" asegura el defensor. ¿Pero y si se estuviera equivocando de procedimiento? Nadie acusa, que yo sepa, a Wood de deshonesto, pero sigue siendo incapaz de enfrentarse a ciertos tipos de ficción y me parece que colocar a Zadie Smith, David Foster Wallace o Thomas Pynchon a una altura similar es una inconcreción impropia de él. Aún así, espero con ganas hacerme esta navidad con How Fiction Works y seguir con la discusión literaria que inteligencias como la de Wood, hacen más agradable día a día.

jueves, noviembre 27, 2008

Algunas Herramientas para Discutir a James Wood

Conversational Reading es el blog literario que usté deseo leer: habla, sin ningún tipo de remordimientos protomarxistas oiga u orgullos (no tan) neoliberales, de la actualidad del Mercado y hace de la relectura y la recepción una parte esencial de su crítica literaria, siempre en construcción.

Sospecho que parte de la naturalidad de Scott Esposito procede de su, evidente, condición norteamericana: en USA el conflicto del best seller se soluciona y se sella con una tranquilidad y amor que aquí serían tachadas de malsanas. Lo cual no evita que Esposito sea uno de los mejores críticos en activo y uno de los más comprometidos puesto que en su interés figuran las literaturas extranjeras, un tema harto olvidado en la Capital del Imperio.

Esposito ha escrito la mejor refutación del envidiable, pero tramposo sistema de análisis de James Wood. Incluso ha ido más allá y ha ofrecido alternativas críticas al ensayista-referente de la crítica norteamericana. Aquí tienen una lectura para entender el conflicto de Wood con DeLillo o dicho de un modo menos sutil, la incapacidad (de herramientas fundamentalmente) del crítico frente a un novelista.

La más interesante es naturalmente Coetzee. Su excelente reseña de The Castle in the Forest (obra póstuma de Mailer) es capaz de analizar con precisión milimétrica y sin caer nunca en el chiste la obsesión, última, de su autor y también la de su investigación, en este caso Mr. Hitler. Uno de los elementos más afortunados de Coetzee es el rescatar que la anterior obra (de ficción) suya estaba protagonizada por, atención, Dios. Y cuestionar entonces el tono. Tan interesante como innovador, Coetzee es uno de los pocos críticos capaces de hablar también tras la novela, habilidad rara. Fijaos (me adjudico las negritas):

If one takes seriously Mailer's reading of world history as a war between good and evil in which human beings act as proxies for supernatural agents—that is to say, if one takes this reading at face value rather than as an extended and not very original metaphor for unresolved and irresoluble conflict within individual human psyches—then the principle that human beings are responsible for their actions is subverted, and with that the ambition of the novel to search out and speak the truth of our moral life.

lunes, marzo 24, 2008

I am Tom Wolfe: Al final, el realismo tiene solución

Stalking The Billion Footed Beast se llama el artículo con el que Tom Wolfe se manifestó a favor del realismo. El artículo se resume en el momento en que Wolfe asegura que los grandes novelistas (o lo que podría traducirse fácilmente en los novelistas que él prefiere) como Dickens, Dostoievski o Zola asumieron que debían ejercer de reporteros en nuestra sociedad para crear grandes obras. El artículo publicado hace más de una década en Harper's Magazine sigue teniendo cierta validez para defender y relanzar una nueva forma de realismo, que por supuesto Wolfe confunde en su relato: el caso de Nocilla Dream es muy significativo. Lo dije en su momento y lo repito de forma casi vieja, no hay que confundir los recursos formales con el fondo de una obra. Wolfe separa los novelistas sociales de los que no lo son, pero sin embargo cuando habla de virtuosos se olvida de que Don DeLillo es heredero de una tradición perfectamente postmoderna y también dickensiana, como aseguró James Wood en su día no sin cierta razón. El debate planteado por Wolfe es que el escritor no puede seguir al margen de su sociedad: de acuerdo. Pero que el escritor que nos fue cronista atento de la psychadelic experience no pretenda erigirse modelo de un realismo, porque es una falsedad. Una falsedad, insisto, terriblemente simpática.

Leí con muchísimo placer am Charlotte Simmons, gracias a Noel. Es divertida hasta la extenuación y es, cualquier cosa, menos una novela realista. Su sorprendente puritanismo (¿Dónde quedo precisamente el psychadelic Wolfe que se ha limpiado al componer una universidad norteamericana libre de drogas pero no de alcohol?) no quita esos momentos cómicos llenos de sexo, que son una mezcla entre una letra de los Psycho Loosers y una versión nihilista de… American Pie. La novela de Wolfe no es una crónica social, más bien es una estupenda, espléndida, y sí, muy dickensiana caricatura social. Northrop Frye señaló el humor en Dickens como una de sus constantes y no sería ninguna impertinencia someter a ese mismo nivel a Wolfe, seguidor de Dickens: muchas veces el autor es su peor juez. No pretendo negar con esto la muy loable intención de Wolfe de ser un personaje, y esto tiene dos lecturas: la primera, la teórica, ya hemos visto que es tremendamente discutible y la segunda es muy evidente pero también muy notoria. Ser un personaje no es tarea fácil y pese a que lo consiguieron Oscar Wilde o Francisco Umbral, también es cierto que muchas veces esto puede oscurecer el grueso de su obra. Y mientras que I am Charlotte Simmons es un folletín divertido, contemporáneo al fin y al cabo, el nuevo realismo no parece que vaya a rendirse: en la literatura española, Circular de Vicente Luis Mora ha puesto de relieve que es posible combinar el compromiso con un experimentalismo sin límites. Algo que en cine tiene en su exponente en el aburrido Alejandro González Iñárritu del que precisamente Fernández Mallo se declaró alérgico. Y a todo esto le sumamos el retorno de Richard Price, el autor de una encomiable coda al estilo de Wolfe que responde al nombre de Clockers, con Lush Life. Porque la novela social entre sus muchas y variadas formas es también llamada muchas veces, novela negra. Aunque eso, es otra historia.

miércoles, octubre 31, 2007

The irresponsible Wood


James Wood en su imprescindible The irresponsible self comete dos errores que no me sorprenden. En su crítica a Tom Wolfe fracasa, como es propio en él: no hace una crítica, hace periodismo de declaraciones. Se queja el crítico Wood de la incoherencia existente entre el Wolfe ensayista (sobre) la novela y su ficción. Supongo que el crítico Wood no sabrá de las obras periodísticas de Wolfe sobre el LSD. Yo sí y por eso al leer la realidad distorsionada, excesiva y altanera de I am Charlotte Simmons las pegas son otras.

Cosa parecidísima le pasa con Jonathan Franzen. Lo que me resulta sorprendente es que Harold Bloom ( a quién frecuentemente malinterpreta Wood, y es que no cuesta imaginarse al joven JW compungido ante Foucault, lloroso ante el maldito Lyotard o el idiota Derrida o el cerdo Baudrillard, gente impura para el finísimo crítico de Nueva Inglaterra, I suppose) sea capaz de tenerlo más claro que el crítico del New Yorker. Y es que Wood construye una buena idea (Las Correcciones como el triunfo de la novela en los medios para ser gran novela) para luego desperdiciarlo con el dichoso periodismo de declaraciones. Extractos de ensayos de aquí y allá, como quién coge extractos de entrevistas. Wood es incapaz (en un sentido literal) de afrontar la novela del siglo XX: no tiene las armas para estructurar bien su pensamiento respecto al motivo claro de los errores de Las correcciones. Pertenecen más bien al salto normalizador que hace Franzen respecto a las novelas anteriores y lo poco conjuntada que resulta su revisitación (reconocida incluso) hacia terrenos de amigos como el de Foster Wallace. La crónica social de Franzen es light en todos sus aspectos, no hay otra traba.

Si se fijan los mejores momentos de Wood son cuando habla y compara y relaciona a genios del humor como Bellow, Babel o Shakespeare. No debería sorprendernos pues que la magnitud de sus errores tenga un marco histórico tan claro: nunca el gusto prejuicioso había evidenciado la carencia de un crítico. Bloom, por otra parte, cree que Pynchon, McCarthy, Roth y DeLillo ya están en el Canon Occidental. El padre de estos críticos vuelve a ser el más revolucionario por desprejuiciado.

domingo, octubre 07, 2007

No os acerquéis a LO banal

The irresponsible self de James Wood es, además de un libro de ensayos sobre literatura norteamericana (por ende, occidental) maravilloso, una herramienta para determinar el diagnóstico de la falacia que se vive en ciertos ambientes (dogmas) literarios en el que lo postmoderno, mal entendido claro, se ha instalado para siempre. Wood es mucho más listo y polémico de lo que aparenta, quizá porqué él puede y nosotros somos un puñado de fans al aire. El crítico toma como ejemplo una de las novelas más horrorosas de Salman Rushdie: Furia. Wood concluye que la visión de la América corrupta de su protagonista es exactamente igual de idiota que la visión de la América gloriosa y de Mickey Mouse.

Precisamente, Fantasmas (y en menor medida, la tolerable Superviviente) juega en esta liga (y también un autor tan deshonesto a ratos como es Chuck Palahniuk): la de ofrecer una visión, venga adjetivémosla compuesto (postmoderna, ultraglobal, neonihilista), tremendamente banal que se excusa en estar en contra. No, el sensacionalismo del que bebe Fantasmas no nutre un corpus ácido, capaz de sublevar sus formas, no, regodea a lo que es, sin más, un libro banal. O como diría, alguien más sabio que yo: Palahniuk ofrece su crítica de la cultura antisistema basándose en su percepción que tiene él sobre Adbusters. Lo que no deja de ser ingenuo, igual que sus lectores que ven una quimera dónde sólo hay una vulgaridad revestida de acidez. La transgresión de Palahniuk es paupérrima y eficaz, en la medida que el sensacionalismo e impacto de sus novelas nos haga creer que jugamos en otra liga. En otras palabras: Palahniuk es el artista del bestseller del siglo XXI, el creador de placeres idiotas profundos. Y ahí es dónde entra Terrorista: una novela que es capaz de defenderse como entretenimiento inteligente por un autor que no engaña a nadie desde su inicio (esa overture llena de erotismo tan propia de su universo), criticado por un escritor tan inteligente como David Foster Wallace (no tiene cojones el tipo de meterse con Moody y Palahniuk: ah, publican en McSweeney's o algo) por la de otro capaz de revender a Stephen King, Easton Ellis, Ballard, DeLillo o la pulp fiction revestida de nihilismo idiota. Porqué en Fantasmas, sólo hay una sucesión de hechos brutales justificados entre sí como postnovela y supracrítica hacia algo de lo que se
es un simple e hipócrita cómplice.