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jueves, junio 30, 2016


Sentí pena por nosotros, por los dos, por todos, extraños organismos bajo el sol. Grandes mentes que convivían demasiado cerca de almas exaltadas. Y además, almas desterradas que añoraban su propio mundo, su hogar. Todo ser vivo llora la pérdida de su mundo-hogar.

Saul Bellow, El Legado de Humboldt. Traducción de Vicente Campos.

jueves, junio 23, 2016


El Maestro

Cuando muere un gran escritor - un evento inusual, dado que ésta es una especie rara - rendimos tributo con una visita a nuestras estanterías, biblioteca o librería; el lamento y la celebración se fusionan honorablemente. Pasará un cierto tiempo antes de que tengamos la medida completa del logro de Saul Bellow, y no hay razón por la cual no deberíamos empezar por algo pequeño, una frase u oración que se ha convertido en parte de nuestro mobiliario de la mente, y una parte de los placeres de la vida. Después de todo, los buenos lectores, como Nabokov advertía a sus estudiantes, "deberían percibir y acariciar los detalles". Los amantes de Bellow a veces evocan un perro determinado,  ladrando desamparadamente en Bucarest durante la larga noche de la dominación soviética en Rumania. Lo escucha un americano de visita, Dean Corde, el héroe soñador típicamente belloviano del Diciembre del Decano, que se imagina estos sonidos como una protesta ante la estrechez del entendimiento canino, y una súplica: "Por el amor de Dios, ¡abrid el universo un poco más!" Aprobamos esa observación porque somos, en cierto sentido, ese perro y Saul Bellow, nuestro maestro, nos escuchó y obligó.
De hecho, la misma libertad que Henry James reclamó para el novelista en su ensayo El arte de la ficción ("toda la vida te pertenece") fue generosamente abrazada por Bellow: se propuso, y también las generaciones venideras, liberarse de las trampas formales del modernismo, que hacia la mitad del siglo veinte había empezado a parecer una pesada restricción. No tuvo tiempo para aquella afirmación de Virginia Woolf en la que el personaje de la novela moderna estaba muerto. El mundo de Bellow está tan densamente poblado como el de Dickens, pero sus ciudades no son ni caricaturas ni grotescos. Toman asiento en la memoria como gente que te podrías convencer de que has conocido: el chantajista sin esperanza Lustgarten ("parcialmente sutil, parcialmente enfermo") en las memorias de Mosby, que trae la ruina financiera a su família al importar un Cadillac a la Francia de posguerra; el exaltado vividor, Cantabile, llevando una pistola en El Legado de Humboldt - en su agitación de repente necesita una mierda, y fuerza a su víctima, Charlie Citrine ("un hombre de cultura o compromisos intelectuales") al establo con él. Citrine se distrae con reflexiones acerca del comportamiento de los monos mientras Cantabile "se agazapaba ahí con sus cejas curtidas y arrastradas".
Y el más vivo de todos, al menos para mí, Moses Herzog, el más logrado soñador de Bellow, el hombre menos práctico de una América de vigorosas, materiales búsquedas. En Herzog Bellow llevó a la perfección el arte de la digresión ficcional. Cuando el héroe va a visitar a su amante, la adorable Ramona, espera en la cama mientras va a ponerse lo que Martin Amis llamaría su "ropa de burdel". En esos momentos Herzog reflexiona en el modo en que el mundo entero le presiona, y Bellow parece situar una especie de manifiesto, una lista resonante de los retos que debe afrontar el novelista, o la realidad que debe contener o describir. También sirve como la guía al material crudo de la obra de Bellow. He terminado sabiéndome este pasaje de memoria a través de la relectura, y lo he tomado como epígrafe de una novela. Era un riesgo, porque el pulso de su prosa era probable que hiciera sonar a la mía escuchimizada.
"Bueno, por ejemplo, lo que significa ser un hombre. En una ciudad. En un siglo. En transición. En la masa. Transformado por la ciencia. Bajo el poder organizado. Sujeto a controles tremendos. En una condición causada por la mecanización. Después del fracaso tardío de las esperanzas radicales. En una sociedad que no es una comunidad y devalúa a la persona. Debido a los poderes múltiples de números que han hecho el yo despreciable. Que gastan billones militares contra enemigos extranjeros pero no pagarán por algo de orden en casa. Que permiten la salvajada y el barbarismo en sus propias grandes ciudades. Al mismo tiempo, la presión de millones humanos que han descubierto lo que pueden hacer los esfuerzos concertados y los pensamientos. Como megatones de organismos acuáticos en el fondo marino. Como mareas puliendo piedras. Como vientos ahuecando montes." 
La ciudad de Bellow, por supuesto, era Chicago, tan decisiva para él, y tan hermosa, rebosantemente evocada, como el Dublin de Joyce; las novelas no estaban situadas simplemente en el siglo veinte, eran acerca de ese siglo - sus transformaciones alucinantes, su salvajismo, sus nuevas maquinarias, las grandes batallas de los sistemas de pensamiento, el sonoro fracaso de los sistemas totalitarios, las bendiciones variadas del modo americano. Estos elementos no se tomaban en abstracto sino que se cribaban a través de los caprichos del personaje, de un individuo tratando de pensar donde está en relación a la masa de la que forma parte. Y siempre el pasado presionando, memorias de la infancia, las calles atiborradas y las viviendas, habitaciones compartidas, despóticos y excéntricos familiares y vecinos - los pobres inmigrantes, atendiendo a la llamada de la identidad americana.
El crítico americano Lee Siegel escribió recientemente que cada escritor británico con una conexión intelectual o emocional quiere reivindicar a Bellow: "Es como su Plymouth Rock, o incluso su Rhodesia..." Hay algo de verdad en esto. ¿Qué es lo que encontramos en él que no podemos encontrar aquí, entre los nuestros? Creo que admiramos la generosa inclusividad de su obra - ningún escritor desde el diecinueve ha sido capaz de reproducir a toda una sociedad, sin condescendencia o auto-consciente antropología social. Sin problemas puede Bellow moverse entre los pobres y sus malas calles, y las élites del poder en la universidad y el gobierno, y el soñador privilegiado con el "pensamiento de alta mar". Su obra es la encarnación de la visión americana de la pluralidad. En Gran Bretaña no parecemos ser capaces de escribir a través de las groseras y sutiles distinciones de clase - o más bien, no podemos hacerlo graciosamente, sin parecer esforzados o sin caricatura. Por eso, Bellow aparece grande, más de lo que puede aspirar a ser cualquier escritor británico.
Otra razón: en una cultura literaria que ha favorecido generalmente todo el esquema de una novela contra la frase hermosamente trabajada, honramos la musicalidad, la sapiencia, el sonido encantador de una buena línea belloviana. Un ejemplo, acertadamente alabado por el crítico James Wood, es la descripción de Behrens, el florista dentro del relato "Algo por lo que recordarme": "En medio de las flores, solamente él no tenía color  - algo así como el precio que tuvo que pagar por ser humano". Otro ejemplo, de un significado especial para mí porque rendí tributo a Bellow al hacer una variación: en Herzog, leemos a propósito de Gersbach con su pierna de palo, "doblándose y enderazándose grácilmente como un gondolero" .
No resulta sorprendente que algunas de las mejores celebraciones de la escritura de Bellow se originaran en Gran Bretaña. Algunos ensayos tal vez estén ya en sus estanterías, y en este tiempo de hacer balance, tal vez sea animoso ir a buscarles. Uno es la magnífica defensa de Martin Amis de Las aventuras de Augie March como Gran Novela Americana Definitiva en la introducción de la edición Everyman; otro es la introducción de James Wood a los Cuentos Reunidos en Penguin, en el que la alegría es el elemento central como reacción a su obra.
Los escritores a los que admiramos y releemos terminan absorbidos en la letra pequeña de nuestra conciencia, en el ruido blanco de nuestros pensamientos, y en este sentido, no pueden morir jamás. Saul Bellow empezó a publicar a los cuarenta y su obra se esparce por todo el siglo que ayudó a definir. También redefinió a la novela, la ensanchó, la liberó, la hizo cálida con una sensación humana y con sabiduría y un gran propósito. Henry James propuso una vez una obvia pero servicial verdad: "La cualidad más profunda de una obra de arte será siempre la calidad de la mente del que la hace". Estamos despidiéndonos de una mente de una calidad sin rival. Abrió nuestro universo un poquito más. Se lo debemos todo.
Ian McEwan, Tributo a Saul Bellow. Publicado aquí. Traducción propia. 

viernes, febrero 22, 2013

-¡Yo tendría esperanzas! - dijo Tamkin-. Si el amor es amor, es por nada. Quince, no demasiado para que se lo pida a la vida un hombre de su inteligencia. Los locos, los delincuentes empedernidos y los asesinos tienen millones para derrochar. Queman el mundo: petróleo, carbón, madera y el suelo mismo y hasta chupan el aire y el cielo. Un hombre como usted, con humildad ante la vida, que quiere sentir y vivir, tiene apuros...no queriendo - dijo Tamkin con su aire de paréntesis - cambiar una onza de alma por una libra de influjo social...nunca saldrá adelante sin ayuda en un mundo como éste. Pero no se preocupe-. Wilhelm se aferró a esa seguridad-. No tiene por qué preocuparse. Fácilmente superaremos su cifra.

Saul Bellow, Carpe Diem (traducción de José María Valverde)

martes, diciembre 01, 2009

Los emigrados

Jorge Carrión

'Crónica de viajes'

Edición de Autor, 2009.

Hubo una lectura inicial, personalísima e intransferible de este libro: como el autor, he crecido en Mataró (de hecho, compartimos incluso barrio) y mis orígenes familiares también están en Andalucía antes que en Cataluña. Esa primera lectura fue emocionada, pero apenas podía acceder a la complejidad de su discurso y sus aciertos sin sentir que lo que se contaba funcionaba porque era parte de mí.

Al cabo de unos meses, lo leí de nuevo ya en otra clave. Porque es ya habitual pensar que con Jorge Carrión no funcionan los marcos, sobretodo después de sus dos últimos años en los que ha publicado un libro cada vez mejor que el anterior. Empezó a revelar su talento con un revelador y magnífico libro de viajes. Inició el Proyecto Asebald y publicó Australia, seguida de una obra maestra portátil y contemporánea como es La piel de la boca. Este año ha publicado su tesis, Viaje contra espacio: Juan Goytisolo y WG Sebald una tesis en la que establece los lazos, en principios imposibles, entre los discursos creativos de ambos y da como resultado el del propio Carrión. A través de este libro puede releerse entonces Australia como un desafiante experimento narrativo escrito con la segunda persona de Señas de identidad de Goytisolo, pero con la mirada extraviada y benjaminiana del autor de Los emigrados. Lo que añadiría Carrión en Australia lo ha sacado de su tiempo puesto que ya no es posible una desnudez política y una conciencia a la manera de Goytisolo, sino solo volver a la Memoria.

El origen de este libro está en la antología Mutantes (2007, Nova/Berenice), seleccionada y prologada por Julio Ortega y Juan Francisco Ferré. El relato Búsquedas (Para un viaje Futuro a Andalucía) proponía un modelo pangeico, por decirlo usando la terminología de Vicente Luis Mora, el listado de Google, para desmenuzar el concepto de catalanidad que se establece después de la Transición y que establece Pujol y la vigencia del término charnego. El uso del listado tenía una capacidad expresiva y poética sorprendente que hacía pensar que no podía ampliarse hasta convertirse en una obra.

En su estupenda crítica de La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, Carrión concluía, hablando de Primo Levi y Jean Améry, que eran "testigos directos del horror, se negaron a perpetuar la noche del realismo decimonónico para retratarlo. Por eso inventaron un idioma personal. Ésa es la única opción del arte." Con Crónica de viajes lo ha hecho, aunque no sea un idioma exactamente, sí es un modo excelente de ensamblar fotografía, declaraciones, listados, e incluso citas. La cita del relato de Quignard abre ahora el libro con otra de Carson McCullers, definiciones y un índice imposible.

El estilo proporciona aciertos. Por ejemplo: cuando uno introduce en el buscador las palabras catalunya andalucía literatura migración . Fíjense: el primer resultado el relato original. Carrión domando a Google, haciéndose espacio. Otro detalle es la página que muestra a Google con las palabras antes de la búsqueda realizada: en el diseño del libro no se ha señalado si la búsqueda será en la web, en páginas en español o en páginas de España lo que acentúa la licencia poética del diseño, siempre puntuado por el habitual catalá, galego, euskera que también tiene otras resonancias. Otro es la transcripción literal de los testimonios que da una rara inventiva verbal que viene condicionada por el formato Google Videos y por una apariencia documental: "Mi padre tuvo calenturas maltas, unas calenturas muy malas, que te duraban mucho tiempo, bueno, que si duraban. Mi madre, que de noche no dormía, porque mi padre estaba malo, dice que se dormía en lo alto de la burro, con el cerón con cubos llenos de higos chumbos, para venderlos. Tu dirás la vida que llevaron los antiguos, que llevaron mis padres." Hay una musicalidad en la prosa, un uso adecuado de las repeticiones. ¿Está el texto filtrado por la imaginación de Carrión o solamente seleccionado? No importa, pues el resultado es genuino y pura narración oral.

Creo que es importante saber que Carrión no prolonga el discurso de Sebald, porque la obra del autor de Austerlitz habla del dolor, de la pérdida y de las consecuencias irreparables de ello. En ese sentido pienso no ya en Levi, que llegó a declarar que Auschwitz le sirvió para encontrar sentido a su vida, sino en Saul Bellow y Philip Roth. Bellow con Las aventuras de Augie March ofrece una lección de humanismo, de supervivencia y lucidez que no le será desconocida al autor, que ha escrito una estupenda crónica sobre Chicago, la ciudad de Bellow par excellence. Pero también el Philip Roth de Los Hechos y las partes retrospectivas de Patrimonio: Una historia verdadera. Hay diferencias, claro, porque las obras de Roth llegan a tiempo para reinventarse, para tomar conciencia de su carrera y su vida y las de Carrión para ampliar su obra. Pero los rasgos de ambos, los rasgos bellowianos, están: a diferencia de Sebald, para Carrión (y Bellow y Roth) los emigrados tienen a algún sitio al que llegar y su condición de pasado familiar merece ser contada. Comparten todos ellos la idea benjaminiana de que los objetos son memorias, la idea de que la literatura es la máxima fuente de memoria, pero para Carrión la literatura es un trozo hermoso de vida, por extraña difícil que sea.

Resulta difícil predecir si en veinte años este libro será un artefacto camp o una innovación avant la lettre. Pero es evidente que el autor se ha desnudado más que nunca, ha tomado el camino más difícil asumiendo los riesgos de caer en la reiteración prolongando un relato brillante,se ha enfrentado, de nuevo, a la Historia y ha hecho la mejor crónica posible de la Transición, del Pasado y de sí mismo.


jueves, julio 12, 2007

Herzog(s)

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Sanford Pinsker apunta en Jewish American Fiction (1917-1987) que con Herzog, Bellow empieza a tomar otras direcciones fuera del territorio intelectual y las irritaciones de sus cada vez más agresivos protagonistas. Es cierto: Herzog trasciende los problemas intelectuales de una forma muy parecida a la de las cintas de Woody Allen. Comparte muchas pretensiones con Deconstructing Harry (1997) sobretodo de la misma historia de Harry Block, serían hermanas en muchos momentos sino fuera porqué la cinta de Allen tiene una condición autorreflexiva que la inunda de muchas otras subtamas brillantes.

La solución, dice Pinsker, está en el corazón de Herzog. Yo me atrevería a decir que está también en la delicadeza de Bellow. Bellow es capaz de incluir una subtrama de abusos sexuales iniciando el momento como una comedia de situación, digamos amarcordiana, haciendo que el momento dramático interrumpa sin más dilaciones. No convierte esto en un trauma paródico-freudiano, sino en una reaparición breve e inquietante. Y el corazón de Herzog (eres un buen hombre) delata también esa condición de Bellow de retratar a sus buenos hombres como fracasos. Deconstructing Harry comparte con Herzog, no se sí voluntariosamente (pero Bellow aparecía en Zelig así que no sería tan extraño), la escena del coche de policía en la que se destruye la figura del progenitor como héroe ocasional via expeditiva. También la visita al hermano, en la que Bellow-Allen tejen similar mensaje: una relación maracada por la admiración del protagonista hacia su hermano/a pero también cierta cabezonería de demostrarse a si mismo que pueden seguir adelantes. Harry Block y Moses Herzog, frenéticos y neuróticos, acuden a ver sus hermanos como maestros del sosiego, de la tranquilidad. Allen, no obstante, opta por un final mucho más optimista que el de Bellow, que situa la escena de la visita al hermano y la del coche policía en el centro mismo de su clímax final y el descorazonador viaje de Herzog por su extrañeza vital.

martes, junio 26, 2007

Herzog y sus mujeres

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El problema que tienen muchos con Saul Bellow es muy similar, al menos en su argumentación central, al que se puede tener con Woody Allen: ven sus obras como unos róman a clef cargados de lo que consideran pretenciosas reflexiones intelectuales.

Esta es una forma, desde luego, errónea de interpretar una obra que es más honesta que pretenciosa. Sobre el róman a clef no resulta muy atractivo: cierto es que Humboldt's Gift lo es, pero en gran medida, lo interesante de Bellow no es reducirlo todo a un simple roman a clef conversacional. Los mismos que están en su contra, le reprochan la simplicidad de su lenguaje. Desde luego es otro error, parecido además.

Con frecuencia me pregunto acerca del nuevo trayecto de la bigger american novel y las respuestas que me dan, novela tras novela, es la del lenguaje cuidado. Volvemos a BR Myers y su A Reader's Manifesto. Creo que en la narrativa de Saul Bellow hay muchas salidas para la novela actual, que se han olvidado porqué a veces la corriente postmoderna se convierte en lo que yo llamo la fiebre posmoderna. La fiebre posmoderna es la completa desvirtuación (o si se quiere la derivación) de ciertos autores que decidieron tener que ocuparse de la gran novela dickensiana desde la forma y, además, marginaron a ciertos autores (completamente relacionados con sus referentes) por no estar en la onda. El síntoma de negación, a cada generación, es bueno pero en una gran tradición como la literatura norteamericana puede resultar patán: recordaba Mailer que en el mismo Twain se encontraban Salinger, Vonnegut y Bellow. Recordar a Barth y Pynchon es inteligente, pero es una bobada si no se tiene en cuenta que Bellow, colega universitario de Vonnegut, tiene esa aparente distancia formal sobre ellos como, intrínsecamente, esa unión de fondo.

Herzog es una novela ejemplar en casi todos estos sentidos: Bellow está en todas partes. Es el triunfo del autor, podría decirse. En su lenguaje, en sus intenciones y en su primera página. Se puede malinterpretar lo que Nabokov llamó su mediocridad miserable, que por supuesto no es tal. Bellow cuestiona a su sociedad, empezando por sí mismo. Pero esto no es falsa humildad: toda la novela está construida con estos principios. Y en cuanto a la estructura en Bellow detectamos también muchas ondas fresanianas (que no por casualidad escribió sobre él y no olvidó citar que su pupilo Philip Roth le superó) respecto a sus novelas (pese a que muchos se empeñen, muchas veces, en buscarlas en Borges): ese work in progress improvisado, esa jam session de diálogos (en Fresán monólogos, en Bellow sus diálogos son al fin y al cabo otro monólogo: el que habla con Herzog es apenas un tesigo y un entrevistador de sus sufrimientos existenciales).

Decía Nacho Vigalondo que cuando un artista es menos consciente de su obra, mejor. No iba equivocado. Pero, cuando lo es, caso de Foster Wallace,, emprenden piruetas suicidas que rara vez salen mal: saben que pueden. Pero a veces (y no descarto al mismo DFW) esto se gira totalmente en su contra.

Cuando la nueva voz perdurable de la literatura judeoamericana (a falta de tener más noticias de David Bezmozgis y algo aburrido por el nuevo proyecto de Nathan Englander) parece ser Michael Chabon, hay que armarse de criterio. Cuando uno lee la estimable e irresistible, pero inconsistente y muy discutible, Las aventuras de Kavalier y Clay, Chabon está convencido a cada paso que está escribiendo su gran obra. Chabon lo deja claro, no sólo físicamente, esta novela es espectacular. Es larga. Pero al fin y al cabo esas pretensiones dinamitan Kavalier y Clay: sus peroratas sobre el holocausto, su dichosa y agotada a las diez páginas comparación con el Golem. resultan contraindicantes para una novela que homenajea al mundo del cómic, carente de pretensiones y hecho para divertir. En esta contradicción, Chabon lleva varios libros después, empeñado en resucitar el pulp de forma más honesta, pero siendo Chabon puede caer en el mismo error: que su intención y ampulosidad le nublen el resultado.

Herzog sólo juega a ser ella misma y no es que sea gracias a ello que sea una maravillosa sátira de la alta cultural, variante epistolar, y del fracaso de la Modernidad que crea seres anónimos, neuróticos e incomunicados. Puede que sea por la vigalondiana inconsciencia que triunfe, aunque también por el innegable talento y transparencia de Bellow, sabio desde sus limitaciones.