sábado, agosto 26, 2006

NATASHA Y LAS HISTORIAS MAXIMALISTAS

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A medianoche se cierran las urnas.

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Acabo de leer un libro de cuentos que funciona asimismo como una pequeña novela fragmentada: Natsha de David Bezmozgis que narra en tono costumbrista las aventuras de Mark Berman (narrador) y su familia, unos judíos que dejan Letonia para vivir en Toronto.

“La mayoría de los viejos judíos acudían arrastrados por la nostalgia de las cadencias antiguas, al tiempo que yo acudía arrastrado por la nostalgia de los viejos judíos. En ambos casos, la motivación no era la tradición, sino la historia.”

Lleno de una poderosa narrativa que recuerda algunos rasgos de lo mejor de sus maestros como Bernard Malamud, Saul Bellow o sobretodo Philip Roth
[1], Bezmozgis es cierto que narra con una voz nueva y fresca, admirada por gente como Jeffrey Eugenides o TC Boyle, pero en su libro destacan tres cuentos de los siete por encima de los otros: Tapka, Un animal para el recuerdo y el que da título al libro. Me han parecido no sólo emocionantes y conmovedores, sino absolutamente redondos de principio a fin.

Es breve y se lee de una tirada, en apenas un día, y su narrador tiene esos elementos tan propios de la narrativa judeoamericana (a pesar de ser canadiense
[2]) de saber mezclar comicidad, costumbrismo y sensibilidad. Aún así algunos cuentos tienen finales demasiado digamos que “carverianos” o “chejovainos”, buscando el brochazo maestro que es innecesario, pero ya se sabe no siempre se es un maestro y menos en un primer libro de relatos, ese toque artificioso se nota sobretodo al final de Choynski. Así como debut literario lo mejor que se puede decir es que salvo en contadas ocasiones no lo vemos como tal y el narrador tiene una voz completamente nueva sí, pero que nos suena mucho. Un libro pequeño y excelente.

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V se tiene que leer con el ímpetu de un best-seller pero releer con la calma de un navegante. En la primera lectura es fácil quedar abrumado por el estilo de Pynchon maximalista y lleno de cosas tan y tan sabias como esa psicodoncia, que es el psicoanálisis mezclado con la ortodoncia. Pero también se aprende: la importancia tan grande de Pynchon reside en sus aportaciones a la arquitectura de la novela y sería un error querer imitar su estilo. Esa es una lección que si han aprendido bien Don DeLillo o David Foster Wallace.

Extinción el último libro de relatos de DFW (hasta la fecha) se abre con el que posiblemente es el cuento más difícil que he leído. Señor Blandito es un cuento que no se hubiera escrito si Pynchon no hubiese encendido una luz en V y eso creo yo que es indudable. Pero tampoco se hubiera escrito igual sin los tránsitos de DeLillo por la luz pynchoniana.

Así pues Pynchon es maestro pero también inimitable, una doble aportación a la literatura. Su voz irónica, distante, satírica, pero sabia y llena de inteligentes observaciones, puramente maximalista es y será única.

[1] SALVADOR, Mauricio. How to be a jewish fella. Publicado en The Art Of Fiction, el 14 de Mayo de 2005. Léanlo aquí.
[2] FRESÁN, Rodrigo. La sagrada familia. Publicado en El País , 27 de Agosto de 2005. Léanlo aquí.

2 comentarios:

Mauricio Salvador dijo...

Alvin, te dejo un fragmento de una elogiosa reseña de James Wood al libro de DB. La primera frase me parece genial.

A Long Day at the Chocolate Bar Factory
James Wood
‘Natasha’ and Other Stories by David Bezmozgis •

Chekhov may be divine, but he is responsible for much sinning on earth. The contemporary short story is essentially sub-Chekhovian. It is most obviously indebted to what Shklovsky called Chekhov’s ‘negative endings’: the way his stories expire into ellipses, or seem to end in the middle of a thought – ‘It was starting to rain.’ This is so invisibly part of the grammar of contemporary short fiction that we no longer notice how peculiarly abrupt, how monotonously fragmentary much of what we read has become. Consistent with this abruptness is the contemporary idea that the short story should present itself as a victim of its own confusion, a poised bewilderment, in which nothing can really be sorted out; the necessary vehicle for this bewilderment is the first-person narrator, who must get along amid modern confusions without the help of an all-knowing, third-person authorial patron. Chekhov’s simpleness and lucidity – it is easier to see his lucidity than to sense his complexity and lyricism – seem to cast their shadow over the quick, skinned, blank language of so much American short fiction: a prose whose thin roof often houses, unsurprisingly, characters who are themselves rather blank and affectless, as if stunned by the hammer blows of the age. And Chekhovian irony also finds its debased correspondence in contemporary writing; though where Chekhov’s irony is often savage, modern irony is often merely all-nullifying.

It says much for David Bezmozgis’s considerable talents that his apparently skinny, crafty, ironic stories, narrated entirely in the first person in simple, unmetaphorical prose, and fond of abrupt closures, should seem to dip so obviously into the common pool and yet avoid, on the whole, the commonest failings. These tales sometimes surrender to an easy irony or a convenient blankness of narration, but the best of them are passionately full of life: above all, they are true examples of storytelling. Here, Bezmozgis’s great advantage, other than his literary skills – remarkable for a 31-year-old writer publishing his first book – is his material: he writes exclusively about recent Russian-Jewish immigrants to Canada, trailing with ardent curiosity his own world and the world of his parents and grandparents. (Bezmozgis was born in Riga in 1973, and moved to Canada in 1980: the stories are chronologically loyal to that history and dedicated to his parents.)

Francisco Ortiz dijo...

Alvy, lleno de lecturas necesarias y con comentarios personales y sugerentes. A veces vengo tarde, pero todos tus textos los leo. Un saludo.